18
Nov
09

“Trick’r Treat”

Trick’r Treat (2008)

De Michael Dougherty.

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Resulta, creedme, demencial que una película como Trick’r Treat haya sido finalmente condenada al lanzamiento directo en DVD en Estados Unidos. De hecho, supone una auténtica injusticia que este estupendo producto no merezca un estreno en salas, puesto que su calidad es muy superior a la mayoría de estrenos fantásticos que hemos visto últimamente. Pero, en cualquier caso, aquí estamos para reivindicarla y subrayar su interés para el aficionado tal y como se está produciendo en foros y blogs (como Hombre Lobo en su bitácora, por ejemplo), en donde se elogia, y con razón, la película de Michael Dougherty, a la que ya hemos podido tener acceso gracias a las redes.

Trick’r Treat es una celebración, una fiesta, a la que hemos sido invitados por cortesía de Dougherty y compañía, cuya labor denota un gran amor por el género fantástico, el cómic, las antologías de historias (cruzadas) y la iconografía de Halloween (perfectamente plasmada en la estética). Desde los títulos de crédito, nos cercioramos de manera explícita de que lo que vamos a ver reverencia el espíritu negro, macabro, fatalista, sorprendente e irónico de los míticos cómics de la EC. Y así, desde luego, es: desde una óptica que mezcla lo siniestro con lo divertido y manteniendo un respeto total por el aspecto lúdico de la fecha, asistimos a los sucesos fantásticos que tienen lugar en una noche embrujada en la que todo puede ocurrir, pues por ahí campan auténticos monstruos que se confunden entre la multitud que sale a las calles. Seres humanos disfrazados, ocultando su identidad, y criaturas extrañas que pasan desapercibidas. ¿Quién es quién? ¿Qué ocurrirá cuando se topen unos con otros? ¿Alguien está a salvo? ¿Cabe mayor estímulo?

Su estructura se basa en la narración de cuatro historias que en algún momento confluyen, se cruzan, en el marco de una misma localidad y durante la noche de Halloween. Principio y final están relacionados, cerrando el círculo y acabando por conectar, con cierta habilidad, lo que ha ido sucediendo. En todas ellas, como es sabido, nada es lo que al comienzo parece, de modo que se desarrollan por vericuetos y giros deliciosos, encantadores, que logran un equilibrio entre ingenuidad (por su grado de previsibilidad y la renuncia a indagar en cotas muy incómodas) y madurez (por asimilar los referentes con inteligencia y criterio). Más que suficiente, por lo tanto, a la hora de satisfacer a espectadores de diversa índole.

No es fácil destacar unas historias por encima de otras, y tal cosa es señal de que el conjunto es sólido y está bien hilvanado. Aunque, a decir verdad, no me resisto a hacer referencia a la protagonizada por Brian Cox, que ha de hacer frente a una violenta criatura cabezona en un fragmento encarnizado.

13
Nov
09

“Mad Men”: Temporadas 1 y 2

Fascinado me hallo, he de reconocerlo. Mad Men, una serie norteamericana del canal AMC creada por Matthew Weiner (bien conocido como guionista de varios capítulos de la también fundamental Los Soprano), está suponiendo, para mí, una experiencia audiovisual que se acerca al orgasmo. Muchas son las razones que me conducen al disfrute total: ambientada en los sesenta, se centra en el retrato de los hombres y las mujeres de la época y, en concreto, en su trabajo en la agencia de publicidad Sterling Cooper, en Nueva York. Lo que se nos ofrece es una detenida mirada a la sociedad, a los comportamientos y a las relaciones entre ambos sexos desde una perspectiva sutil y sugerente, desarrollando su discurso mediante el menos es más y conectándolo con ciertos aspectos de la contemporaneidad. Y es que los personajes, que se suelen expresar por medio de miradas, gestos, silencios significativos o diálogos que en muchas ocasiones nadan en la ambigüedad o que demandan de segundas lecturas, son entes definidos con un cuidado exquisito.

A nivel formal, la serie alcanza una gran altura. Escenarios y vestuarios impecables, suaves transiciones entre escenas, escasos (o ningún) recursos visuales epatantes… En definitiva, un estilo elegante que, de tan ajustado, casi resulta invisible. Y aunque sea un tópico señalarlo, es como si nos transportara a esa época con enorme credibilidad.

Pero es imposible hablar de Mad Men sin resaltar la compleja figura de su protagonista, Donald Draper (Jon Hamm, soberbio), un hombre hecho a sí mismo que ha decidido lanzarse en una constante huida hacia adelante. Las revelaciones acerca de su pasado y de una identidad que le persigue lo sumen en un brete que, a pesar de su gravedad, no impide que mantenga el tipo y continúe su camino a trancas y barrancas, en permanente lidia entre su faceta interior, no del todo explicitada, y su interacción con lo que le rodea. El personaje, de excelente imagen, de ejemplar porte, es un publicista extraordinario cuya vida personal se tambalea. Aunque tiene un hogar idílico (una buena casa, estupendos ingresos, una esposa dulce, dos hijos pequeños), se siente vacío, desencantado, y busca otras alternativas fura del círculo familiar que rellenen sus lagunas existenciales. Los devaneos, claro, le meterán en serios problemas que se acrecientan hasta estallar. Y lo tiene bien empleado por su reprobable conducta moral, aunque, es curioso, el personaje tiene arrestos para cautivarnos, para seducirnos.

No es Draper el único estímulo, desde luego. Otros personajes tienen mucho que decir, como el arribista (y, en el fondo, frustrado) Peter Campbell, el mujeriego Roger Sterling, la atormentada Betty Draper (que fluctúa entre muy diversos estados de ánimo como consecuencia de su situación, encajada en la pasividad de la ama de casa dejada de lado) o la esforzada y tenaz Peggy Olsen. No es una serie, por lo tanto, que se agote en el protagonista estelar como gran alma mater, sino que funciona extrayendo partido del reparto coral, cada vez más entonado y perfilado en apoyo de unos intérpretes excelentes.

Podríamos aquí citar multitud de diálogos modélicos, de frases ingeniosas y sagaces. El texto es grande. Pero no es el lugar: lo mejor es experimentar por uno mismo el arte de la palabra que los guionistas brindan a sus personajes. Ya el primer capítulo es representativo, y me refiero a la ingeniosa manera en la que Draper “salva” a Lucky Strike mediante un slogan publicitario: “It’s toasted”

Actualmente está en emisión la tercera temporada. Seguiremos disfrutando… e informando.

08
Nov
09

“La naranja mecánica” [Colaboración en Pasadizo]

Aprovechando la reposición en salas comerciales de este clásico inmortal, recupero la reseña que escribí, hace unos años, para Pasadizo.com: AQUÍ

LA NARANJA MECÁNICA (A CLOCKWORK ORANGE)  

Alex es el melómano líder de una delirante banda de inadaptados sociales que disfruta sembrando el terror a través de la ultra-violencia y la violación de sus víctimas, dejando un reguero innumerable de crímenes de todo tipo. Cuando Alex es traicionado por sus compinches de fechorías y consecuentemente encarcelado, el gobierno trata de reinsertarlo en la sociedad por medio del innovador y contundente tratamiento “Ludovico”, método que resulta ser efectivo en orden a impedir que el paciente cometa cualquier clase de acto violento. Sin embargo, éste será el inicio de la pesadilla personal del protagonista al sufrir en sus propias carnes el rechazo de sus padres y la cumplida venganza de unos verdugos favorecidos por la indefensión de nuestro protagonista.

Ficha Técnica

Dirección: Stanley Kubrick. Productor: Stanley Kubrick para Hawk Films Ltd./Polaris Prod./Warner Bros. Guión: Stanley Kubrick, según la novela de Anthony Burgess. Fotografía: John Alcott. Música: Wendy/Walter Carlos, Rachel Elkind, Sir Edward Elgar, Gioacchino Rossini, Ludwig van Beethoven, Henry Purcell, Nikolai Andreevich Rimsky-Korsakov; canción “Cantando bajo la lluvia” de Nacio Herb Brown. Montaje: Bill Butler. Diseño de producción: John Barry. Intérpretes: Malcolm McDowell (Alex De Large), Patrick Magee (Mr. Alexander), Michael Bates (jefe de guardas Barnes), Warren Clarke (Dim), John Clive (actor teatral), Adrienne Corri (Mrs. Alexander), Carl Duering, Paul Farrel, Clive Francis, Michael Gover, Miriam Karlin, James Marcus, Aubrey Morris, Anthony Sharp, David Prowse… Nacionalidad y año: Reino Unido 1971. Duración y datos técnicos: 137 min. color-b/n 1.33: 1 (formato de negativo), 1.66:1 (formato de proyección).

Comentario

En esta simbólica y polémica obra clásica del cine de culto, Kubrick, con su habitual carga crítica de virulenta contundencia y hundiendo su afilado bisturí hasta las entrañas del cuerpo de una sociedad enferma de muerte como si de un cirujano se tratase, reflexiona sobre la naturaleza de la violencia inherente al ser humano, las reglas sociales, las rígidas fuerzas del orden, la hipocresía de los gobernantes, el sensacionalismo de los medios de comunicación, la disgregada institución familiar y los métodos de represión y rehabilitación mediante el instrumento de la sátira pura y dura. No es una celebración o apología de la violencia, como algunas voces interesadas han mantenido desde tiempos inmemoriales, sino todo lo contrario, puesto que se reducen los personajes y sus acciones al absurdo, al sin sentido más absoluto.

La historia se concentra en las aventuras y desventuras de un pícaro (impresionante Malcolm McDowell), el personaje principal que es víctima de la sociedad que lo envuelve. Sus acciones son atroces, de una violencia extrema, pero el tratamiento “Ludovico” al que lo someten como presunta medida correctora de la conducta criminal inventado por el gobierno resulta ser negativo a todas luces, puesto que no hace otra cosa que coartar su libertad de acción. El tratamiento restringe su capacidad de decisión: es otra forma de censura más o menos encubierta, de privación de libertad, manteniendo al sujeto en una cárcel virtual. La revolucionaria cura no le produce ningún resultado terapéutico favorable, siendo peor el remedio que la propia enfermedad.

El genio neoyorquino muestra que los métodos de castigo o represión son, incluso, más crueles y peores que los actos vandálicos. Es una crítica al Estado y a sus decisiones populistas, fundamentadas en extraer por métodos expeditivos todo aquello que no case con sus objetivos y que se aleje de la norma impuesta, no teniendo en cuenta los intereses individuales sino tan sólo la estabilidad de su sistema de gobierno cercano al totalitarismo. A Alex no lo rehabilitan, ni lo reeducan, ni lo reforman, ni lo reinsertan en la sociedad, sino que lo dejan abandonado a su suerte e indefenso dentro de un entorno vengativo que le pasa cumplida factura por sus pecados y excesos del pasado: los indiferentes e insolidarios padres que lo rechazan, los antiguos compañeros de fechorías convertidos en policías, el vagabundo apaleado, el escritor lisiado que acaba por reconocerle y obligarle al suicidio… El diabólico Alex es una consecuencia de la sociedad que le ha tocado vivir y, al mismo tiempo, es una víctima de su crueldad sin límite. Es un monstruo (creado por el entorno) que empieza siendo verdugo, pero que acaba siendo casi ejecutado.

En la parte final, recuperamos al “viejo” Alex que, por lo menos, es él mismo. Aunque sea un personaje ética y moralmente reprobable, es, en definitiva, el más “cuerdo” y consecuente de todos cuantos pueblan su mundo. Tras recuperarse en el hospital de su intento de suicidio, regresa a su agresiva personalidad del inicio porque le gusta, porque así lo siente en su interior, porque forma parte indisoluble de su naturaleza humana. No toma su decisión en virtud de ningún interés político, social o moral… Es, al fin y al cabo, el personaje más auténtico, coherente y sincero de cuantos le rodean. Irónicamente, es elevado a la condición de estrella mediática por los medios de comunicación y protegido por sus propios represores que estuvieron a punto de eliminarle.

Más de un espectador acaba la película con una sonrisa de complicidad y de simpatía hacia el protagonista, un personaje que, a pesar de sus salvajadas, siempre resulta atractivo y hasta estimable, ya que Kubrick lo caracteriza como un ser incomprendido dentro de un mundo repugnante, profundamente estúpido. Los restantes caracteres son más que odiosos, de modo que no podemos hacer otra cosa que dejarnos seducir por el malvado por antonomasia de la función.

Argumentar el conocido tópico de la violencia y la provocación aparente para intentar devaluar la película es permanecer en lo superficial y no sumergirse en el quid de la cuestión, algo que, sin ir más lejos, también ocurrió recientemente con la arriesgada El Club de la Lucha (definida por algunos sectores como “La naranja mecánica de los 90″). La obra contiene lecturas mucho más profundas que deben plantearse y que demuestran una complejidad y ambigüedad moral sin desperdicio. Que siga provocando debates a día de hoy no hace sino demostrar su grandeza e influencia en sucesivas generaciones. El director no plasma una violencia cruda, cruel y fría, sino casi cómica, fantástica y hasta socarrona: patear al escritor cantando “I’m singing in the rain…”, golpear a la mujer de los gatos con un enorme falo, vestir esos uniformes tan peculiares, acudir al extravagante “Moloko Bar”, consumir la leche concentrada a modo de droga excitante, hablar en esa extraña jerga…

A esas situaciones surrealistas habría que añadir la caracterización en términos delirantes, hilarantes y prácticamente absurdos de todos los personajes de la película salvo del antihéroe protagonista. Se erigen en una especie de monigotes grotescos de una pieza, como caricaturas excéntricas residentes en el exceso. Esta sensación cómica se ve reforzada por la estética del film, un mundo bizarro decorado con una curiosa y extraña mezcla de viejos e imaginarios elementos, conformando una atmósfera pop y rococó discutible, pero en cualquier caso fascinante. Y lo mismo cabría decir del vestuario o de las pelucas imposibles y psicotrónicas de la madre de Alex.

La música clásica de Beethoven es la guinda que completa el heterodoxo pastel, produciendo un contraste sorprendente con la ambientación futurista y una unión perfecta con las imágenes, elevándolas a una dimensión arrebatadora de poderosa belleza y energía. El director Sam Raimi expresó su punto de vista en los siguientes términos: “La experiencia más poderosa que he tenido nunca con una película fue con La naranja mecánica. Fue el primer film que vi en el que me di cuenta de que el director estaba uniendo imágenes del modo en que un compositor une notas. Cada una llevaba a la siguiente de un modo hermoso, brillante y enternecedor. La suma de las partes sumaba un todo magnífico.”

Este controvertido film, ambientado en un futuro distópico e indeterminado, pertenece al género de la ciencia-ficción, aunque también posee elementos propios de comedia negra, sátira, tragicomedia o drama psicológico, y constituye otro análisis pesimista e intemporal sobre el género humano, como es constante en la mayoría de la inmortal filmografía de Stanley Kubrick, un despiadado cronista de su entorno que siempre logró remover conciencias y reflejar el lado más oscuro y enfermizo de sus semejantes con singular maestría y precisión.

Anécdotas

* En una ocasión, Kubrick declaró que, si McDowell no hubiera estado disponible, quizá nunca hubiera hecho la película… * Antes de que Kubrick se implicase en la adaptación de la novela, ciertos repartos fueron considerados para Alex y su banda: chicas en minifalda, ancianos pensionistas… o Los Rolling Stones. * Malcolm MacDowell sufrió diversos accidentes durante el rodaje: en la escena del tratamiento Ludovico sufrió daños en los ojos; durante la paliza, tuvo roturas de costillas, y durante la escena subacuática el aparato de respiración falló y casi estuvo a punto de ahogarse… * Los fallos de raccord son intencionados -como por ejemplo, los vasos con más o menos líquido- para desorientar al espectador… * Las pinturas exhibidas en el bar de leche son las mismas que luego aparecían en El resplandor. * La inclusión de “Cantando bajo la lluvia” fue debida a que era la única canción que McDowell se sabía.

Bibliografía

Sobre el original literario:

BURGESS, Anthony: La naranja mecánica; traducción de Anibal Leal, capítulo veintiuno e introducción, Ana Quijada. Barcelona: Minotauro, 2002. Colección: Kronos. Traducción de: A Clockwork Orange.

Referente a la película:

MARZAL FELICI, José Javier: La naranja mecánica: Stanley Kubrick (1971), por José Javier Marzal Felici y Salvador Rubio Marco. Valencia : NAU Llibres; Barcelona : Octaedro, 1999. Colección: Guía para ver.

MOLINA FOIX, Vicente: La naranja mecánica: [diálogos españoles]. Madrid: [El autor], 1980.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

07
Nov
09

“The Orphan”, “The Children” y “Grace”

Tres películas recientes se refieren a los infantes malévolos, y bajo este encuadre aprovechamos para hablar brevemente sobre ellas:

The Orphan (2009) supone un paso adelante para su director, Jaume Collet-Serra, tras la, al fin y al cabo, delirante y desvergonzada La casa de cera (House of Wax, 2005). Mediante mayores medios de producción, intérpretes más convincentes y un guión mejor elaborado, el catalán ofrece una película cuya virtud principal es la corrección en sus diferentes apartados. Bien es cierto que no se libra de los clichés formales del género (léase: algunos sustos típicos fabricados con apariciones repentinas y subidas sonoras) y resultan forzados detalles irritantes como las escasas luces del personaje de Peter Saarsgard (que representa el colmo de la memez), la nulidad de la psicóloga o el consabido aislamiento de la madre interpretada por Vera Farmiga (a la que, como era previsible, nadie cree); pero, a pesar de las objeciones, el film se mantiene a flote gracias a la potente presencia de ese gran descubrimiento llamado Isabelle Fuhrman (un total acierto de casting dando vida a la perversa Esther), la credibilidad de los niños, la buena labor de la citada Farmiga y el trabajo, en general eficaz, de un realizador esforzado por tratar de llevar a término la empresa con elegancia y sin aspavientos.

Su giro final, para mí sorprendente, ha sido discutido hasta el punto de que se ha hablado de cobardía, de falta de atrevimiento, pero, en mi opinión, la revelación añade un aspecto aún más dramático y frustrante, e incluso menos previsible. Y, con todo, diría más: tampoco cabe despreciarlo en virtud de lo enloquecido que resulta.  

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The Children (2008), de Tom Shankland, en unos ajustados y concisos 80 minutos de metraje presenta a unos niños, en principio inofensivos, que, de repente y sin saber muy bien por qué, se tornan peligrosísimos; y los sitúa, a ellos y a sus padres, en un lugar apartado y nevado para que el enfrentamiento se convierta en un mano a mano sangriento que destroza la unidad familiar.

A pesar de caer en algún recurso típico y cansino del género, al igual que The Orphan, la película me ha parecido más que digna. La situación va degenerando con buen pulso, en una lograda progresión de intensidad y sin caer en la tentación de precipitarse, y las figuras infantiles inquietan en buena medida, lo que vuelve a certificar que los niños y su verdad… funcionan. Además, sin abusar de lo explícito en demasía, la película no renuncia a mostrar la violencia y sus consecuencias de manera gráfica; y creo que ese equilibrio entre lo que se ve y lo que queda fuera de campo está muy bien conseguido.

Incluso cabe destacar alguna escena virtuosa, como la que está filmada en plano cenital y que muestra a un personaje descubriendo algo terrible dentro de una especie de tienda de campaña para pequeños. La escena está rodada de manera atractiva y narrada con un tempo preciso, o sea, muy estudiado para tensionar y remover al espectador.

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Grace (2009), de Paul Solet, la más floja de este tridente, cuenta, evidentemente, con un tono perverso que gira en torno a las angustias de la maternidad en la figura de una mujer deseosa de quedarse embarazada y que da a luz un bebé que, en principio, parece morir. Sin embargo, se produce una especie de resurrección y la madre se aferra a su hijo, dándose inicio a una enfermiza relación que se plasma mediante alguna imagen incómoda en el conjunto de una puesta en escena cálida y hasta elegante.

Lo que sucede es que, desde mi punto de vista, la propuesta se desenvuelve con anemia, es decir, con déficit de tensión, nervio, fuerza… Es como si transcurriera, durante casi todo su metraje, amagando y sin decidirse a soltar el derechazo. No alcanza las cotas malsanas que uno podría esperar ni logra extraer todo el partido posible a su planteamiento, que lanza ideas al final no consumadas, como el comportamiento de esa inquisitiva suegra que pretende hacerse con la criatura caiga quien caiga.

07
Nov
09

“Two-Lane Blacktop”

Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-Lane Blacktop, 1971).

De Monte Hellman.

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En el último número de la revista Cahiers du Cinéma España aparecen unos textos (artículo y entrevista) acerca del director Monte Hellman, apadrinado por Roger Corman en sus comienzos y admirado por Tarantino, que ahora se encuentra rodando su próxima película, Road to Nowhere.

El otro día vi Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-Lane Blacktop, 1971), una extrañísima y vanguardista road movie que tiende a la abstracción. Dos personajes sin nombre se ganan la vida en duelos de alta velocidad con otros conductores a los que retan y encuentran en el camino. En su recorrido, se cruzan con otro conductor sin nombre, interpretado por Warren Oates, y con una chica sin rumbo, que salta de unos a otros. Llama la atención los escasísimos diálogos, la parquedad expresiva de los actores y el tono sobrio y seco de la propuesta, verdaderamente lacónico, que evade la dramatización y no alza la voz. Asimismo, se percibe cierto fetichismo a la hora de tratar y retratar los automóviles. Digamos, por lo tanto, que Hellman dirige una película atípica, personal, vaciando la escena y mostrando cuerpos y máquinas en acción, en movimiento. Una obra, en fin, que no desentonaría si se estrenara ahora, pues su modernidad y sus características permiten que se disfrute de ella sin tener muy en cuenta el contexto de su época, sitúandola en común con ciertas propuestas actuales que apuestan por el vaciado, el minimalismo y el peso del entorno, del ambiente. En definitiva, uno de sus valores es su atemporalidad, su no esclavitud a un tiempo de determinado y su condición de mantener la frescura sin envejecer.

Desasosegante, desconcertante, atmosférica e intrigante (famosa es, además, por el plano que se quema), dicen que es una de las road movies más puras que el cine nos ha dado. Richard Linklater, por ejemplo, es un admirador absoluto, y ha llegado a establecer 16 razones por las que hay que ver esta película: CLICK!.

Y enlazo una excelente crítica de esta hipnótica película en Miradas de cine, en donde se explican sus muchas virtudes con profusión: CLICK!.

PD: A corto plazo, volveremos a hablar de Monte Hellman en este blog.

PD2: Vía Focoforo, aquí tenéis una ilustración de Mauro Entrialgo acerca de la obra de Hellman: CLICK!.

06
Nov
09

Falsa alarma: Videodrome… se reabre

La experiencia de abrir un nuevo blog (Mad Men) no ha resultado precisamente productiva, hay que reconocerlo. Cerrando Videodrome y lanzándome a una nueva aventura al crear otro blog, esperaba renovarme y actualizar más a menudo. Pero no: nada de ello se ha producido. Además, según las estadísticas de wordpress el blog Videodrome ha continuado recibiendo muchísimas visitas, mientras que Mad Men, aunque recién nacido, continúa, prácticamente, en el anonimato.

Conclusión: reabro Videodrome, cierro Mad Men y que sea lo que Dios quiera. Seguiré actualizando de uvas a peras y tal. Pero al menos seguirá vivo un blog que ya lleva varios años en el candelero y que, por lo tanto, no puede morir así como así.  

Y perdón por todos estos cambios de camisa. ¡Videodrome renace! ¡Regresad a mí! ¡No os vayáis aún del todo!

18
Sep
09

Cierre y apertura: Muere Videodrome y nace Mad Men. Nos mudamos.

Saludos, amigos.

Ya habéis visto la escasísima actualización del blog. El trabajo, la falta de tiempo, la desgana, la pereza, el cansancio… Digamos que todo ha influido para que este blog, Videodrome, se haya quedado casi huérfano de nuevos contenidos. Y en este punto, por supuesto, os debo unas disculpas muy sentidas a los que hayáis seguido pasando por aquí.

Reflexionando sobre el asunto, sinceramente creo que este blog que abrí en abril del 2006 ya está agotado y exprimido. De algún modo necesito mudarme a una nueva casa. Estrenar algo. Comenzar de cero. Renovarme. Así pues, con la esperanza de sentir un nuevo estímulo por el cambio de aires, he decidido cerrar Videodrome (que no volveré a actualizar) e inaugurar un nuevo blog, cuyo título es Mad Men .

¿Y qué es Mad Men? Pues se trata, ya sabéis, de una serie televisiva norteamericana de prestigio que está obteniendo mucho reconocimiento. Y teniendo en cuenta que estoy del todo seducido por esta maravilla de la pequeña pantalla, he bautizado mi nuevo blog con el mismo título de la serie: Mad Men. Es una especie de pequeñita señal de admiración.

Así que ya sabéis. A partir de ahora mismo, me podréis leer, si os apetece, en la siguiente dirección: 

Mad Men (hombreslocos.wordpress.com)

Gracias y allí nos vemos.

03
Jul
09

“La última casa a la izquierda” (2009) [Colaboración en Pasadizo]

En Pasadizo.com, mi reseña de “La última casa a la izquierda” (2009): CLICK AQUÍ! 

THE LAST HOUSE ON THE LEFT (2009)

Mari y Page, dos adolescentes, caen en las garras de unos criminales despiadados tras ser atraídas por el inocente Justin, hijo del sádico Krug, el líder del grupo. Perseguidos por la justicia, no pueden dejar escapar a las dos chicas, que ya han visto sus rostros, y la situación degenerará hasta la violación, la tortura y la muerte. Después, por un caprichoso azar del destino, los malvados acabarán por buscar refugio en la casa del lago de los Collingwood, los padres de la vejada Mari, que acogen a los extraños sin conocer, aún, lo sucedido. No tardarán en descubrirlo…

Ficha Técnica

Dirección: Dennis Iliadis. Productores: Wes Craven, Sean S. Cunningham, Marianne Maddalena para Rogue Pictures, Film Afrika Worldwide, Midnight Entertainment. Guión: Adam Alleca, Carl Ellsworth, según el guión de Wes Craven. Fotografía: Sharone Meir. Música: John Murphy. Montaje: Peter McNulty. Efectos especiales: Jamison Scout Goei. Intérpretes: Garret Dillahunt (Krug), Michael Bowen (Morton), Joshua Cox (Giles), Riki Lindhome (Sadie), Aaron Paul (Francis), Sara Paxton (Mari Collingwood), Monica Potter (Emma Collingwood), Tony Goldwin (John Collingwood), Martha MacIsaac (Paige), Spencer Treat Clark (Justin)…. Nacionalidad y año: Estados Unidos 2009. Duración y datos técnicos: 110/114 min. color.

Comentario

Hay quien considera que rehacer una película de culto como La última casa a la izquierda (The Last House on the Left, 1972), una obra tan esclava de su tiempo, carece de sentido e interés en la actualidad por considerar que el efecto primigenio es casi irrepetible. Fuera del agitado contexto de su época, el rabioso periodo de finales de los sesenta y principios de los setenta, este descenso a los infiernos cimentado en la violencia, la crueldad y la venganza, que a su vez seguía el perverso esquema de la magistral El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1960, Ingmar Bergman), corría el riesgo, según algunos, de perder su potencial aterrador en clave camp, su capacidad de impacto en las audiencias menos curtidas, al estar despojada, en el remake, de las circunstancias y condiciones en las que fue rodada la original habida cuenta no sólo de lo intrínsecamente cinematográfico, sino también de la situación política y social de la América convulsa de aquel momento. No en vano, al parecer sus máximos responsables, Wes Craven, como realizador debutante, y Sean S. Cunningham, en el cargo de productor, pretendieron crear un filme atrevido y contestatario en contraposición al cine de Hollywood y aprovechando influyentes factores externos como el desencanto de una sociedad sacudida por la Guerra de Vietnam, las vicisitudes del movimiento hippie o el crimen perpetrado por Charles Manson.

En realidad, para el abajo firmante, a favor de la cinta de 1972 se puede argumentar que su (irritante) tosquedad era, curiosamente, beneficiosa para dotar de un realismo amateur, espontáneo, bruto, a lo que allí acontecía. Si bien las interpretaciones de los actores se antojaban, en el mejor de los casos, mediocres, y las acciones y reacciones de los personajes ciertamente demenciales, lo que generaba algo delirante e incluso inverosímil, se daba la circunstancia de que su muy imperfecta plasmación visual y los escasísimos medios de producción contribuían a contagiar al espectador una sensación de desconcierto, de filmación no profesional, de sordidez y suciedad desquiciantes. Todo ello, junto al contexto de la época y a su violenta sinrazón (vista hoy, excesivamente mitificada y menos turbadora de lo que su fama promulga), dio como resultado que el producto fuera situado, en algunos círculos, al nivel de un clásico de inexcusable referencia a pesar de su deficiente acabado y su chirriante voluntad de epatar.

Ahora, Dennis Iliadis, en su remake producido por las mismas cabezas visibles de la original, Craven y Cunningham, actualiza el material incorporando determinadas variaciones que otorgan mayor solidez y plausibilidad al relato, limando aristas y dotando al conjunto de una entidad más convincente y de una progresión dramática mejor hilvanada y lograda en ritmo y densidad. También en cuestiones de puesta en escena se produce un gran salto cualitativo al apostar por una oscuridad atmosférica que casi todo lo envuelve y manejar con destreza los puntos de vista y los espacios, la dosificación de los instantes más furiosos y la cadencia en la administración del suspense que desemboca en lo atroz. Más allá de que los medios técnicos actuales le permitan elaborar una factura formal correctísima, parece evidente que el conocimiento del lenguaje cinematográfico de Iliadis supera, en mucho, al que poseía el, por entonces, iniciático Craven.

Cabe reconocer que la nueva película se decanta, en cierta medida, por el llamado torture porn, signo de los tiempos que corren en buena parte del cine de terror actual, que tiende a lo explícito, es decir, a la exhibición gráfica, ruidosa y esteticista del horror aliñado con elementos sexuales. Pero, por fortuna, aquí se elude la tentación moderna y demasiado frecuente de encadenar una simple retahíla de meros golpes de efecto propulsados sin ton ni son, puesto que existe una lógica interna que sirve de soporte y espacia con sorprendente calma la barbarie, además de tener la habilidad de construir instantes emotivos (véase la desesperada huida a nado).

Esta versión, pues, reexplora con contundencia, turbiedad moral y sin ápice de sentido del humor la pesadillesca vorágine de abusos, vejaciones y torturas por la que han de pasar unas chicas a manos de unos villanos de gran peligrosidad, cuya maldad se encuentra sublimada ya desde la inesperada y bestial escena en la que irrumpen los secuaces del líder. Estos delincuentes sin escrúpulos encabezados por el temible Krug merecen todo nuestro rechazo, lo que nos coloca, por lo tanto, en una postura de odio hacia esos personajes desalmados, y es en la segunda mitad de metraje, que contiene el ajuste de cuentas de los Collingwood como consecuencia de sus ansias de venganza y la necesidad de ejercer una autodefensa pasando al ataque, cuando sentimos una liberación y sentimos que la justicia se ha cumplido, concibiendo la salvaje ejecución como la solución inevitable. En tal brete y en el rol de público que observa los acontecimientos, aplaudimos, en definitiva, el ojo por ojo.

Tal vez Iliadis recurre a lo obvio en el sentido de que define a los personajes de un modo maniqueo con el fin de provocar el choque entre clases y el dilema de cómo proceder ante el conflicto. La protagonista, así, está caracterizada como una joven limpia, atlética, pura, angelical, de fina figura, mientras que los malvados, por su parte, son escoria, gente enfermiza, demonios terrenales. El mal mancilla al bien de tal modo que el contraste se hace evidente y deriva en un enfrentamiento saldado con una catarsis liberadora (para los “buenos” de ficción y para el espectador) tan previsible, dado que ya conocíamos la historia, como, en el fondo, eficaz por su componente visceral.

Si incidimos algo más en la cuestión, hemos de citar, estemos o no de acuerdo, la intención del director griego, que en declaraciones asegura que su película conduce a que nos cuestionemos que no todo es blanco o negro, que incluso los personajes civilizados incurren en la violencia en límites extremos, lo que denota que este “virus” corre, en realidad, por la sangre de todos. Nadie parece estar exento: así es la naturaleza humana. Y es entonces cuando la línea que separa a los unos de los otros se difumina, dado que entra en juego la supervivencia como catalizadora de la emisión de nuestros instintos primitivos. Porque yendo más lejos, se puede pensar que la animalización experimentada por los padres de la víctima se ve empeorada por un factor únicamente humano: el sadismo, la sed de infligir un daño, un castigo, que en verdad duela al enemigo para satisfacer nuestros impulsos.

Pero dejándonos de lecturas éticas, morales, patológicas o sociales más o menos discutibles, estamos ante una película sombría, incómoda, vigorosa y, en ocasiones, hasta enervante, al alcanzar un grado tortuoso en pasajes como el de la dilatada violación rodada en fragmentos que sugieren una prolongada agonía. De hecho, hay que reconocer que, con independencia de la validez o no de sus instrumentos, crea tensión y perturbación, virtudes que no se han de despreciar.

Y que la innecesaria y burda escena final, casi a modo de epílogo, dé la impresión de ser un postizo, una concesión de cara a la galería, un retal añadido muy mal enlazado e integrado en la narración, no estropea las fortalezas de un filme, como mínimo, estimable que dignifica el derecho a rehacer horrores setenteros y ochenteros siempre y cuando se cubran unos mínimos de calidad.

Anécdotas

* Título en Venezuela: La venganza de la casa del lago. * Ganadora del premio al mejor director en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Bruselas, en 2009. * Se dice que el estudio consideró al menos a ¡cien! directores, antes de decidirse por Dennis Iliadis. * El co-productor Jonathan Craven, hijo de Wes, aparecía en la película original: es el niño con el balón. * Parece ser que la película se rodó con destino a estrenarla directamente en dvd en octubre de 2009, pero tras pases de prueba con gran éxito a finales de 2008 optaron por estrenarla en cines.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

23
Abr
09

“Déjame entrar” [Colaboración en Pasadizo]

En Pasadizo.com, mi reseña de Déjame entrar: CLICK!

DÉJAME ENTRAR (LÅT DEN RÄTTE KOMMA IN)

Oskar, un niño solitario y de apariencia tranquila que sufre abusos por parte de sus compañeros y cuyos padres parecen ausentes, colecciona siniestros recortes de periódicos y posee un arma blanca que nunca se atreve a usar. En su vida aparece repentinamente una extraña niña de su misma edad, Eli, que se ha mudado al mismo bloque de viviendas. Entre ambos pronto surgirá una relación tan difícil como, en el fondo, irrompible que se verá salpicada de víctimas colaterales.

Ficha Técnica

Dirección: Tomas Alfredson. Productores: Carl Molinder, John Nordling. Guión: John Ajvide Lindqvist, sobre su propia novela de título homónimo. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Johan Söderqvist. Montaje: Tomas Alfredson, Dino Jonsäter. Efectos especiales: Jens Martensson, Kalle Schröder. Intérpretes: Kare Hedebrant (Oskar), Lina Leandersson (Eli), Per Ragnar (Hakan), Henrik Dahl (Eric), Karin Bergquist (Ivonne), Peter Carlberg (Lacke), Ika Nord (Virginia), Mikael Rahm (Jocke), Karl Robert Lindgren (Gösta)… Nacionalidad y año: Suecia 2008. Duración y datos técnicos: 115 min. color 2.35:1.

Comentario

En el cine de terror de los últimos tiempos, se antoja especialmente valiosa (y valiente) la apuesta por el tono minimalista, la sugerencia, el fuera de campo, la elipsis, la parquedad, la audacia visual en modo de juego de simbolismos formales, la ocultación con visos a ir edificando un conjunto que se revele con majestuosidad… Acostumbrados a un género proclive, en muchas ocasiones, al golpe de efecto, al exceso, al subrayado, al abuso de lo explícito, a la exhibición impúdica, resulta grato encontrarse con propuestas que creen en la fórmula del menos es más, aplicándola con mano firme y mediante una plena convicción en sus posibilidades. No se trata, pues, de asaltar al espectador a través de lo obvio o de lo enteramente visible, sino de desgranar con cuentagotas y de forma esquinada detalles que componen un todo y que van perfilando un universo regido por el silencio, la contención, la soledad, la frialdad… En lugar de una sobre-explicación o de una ostentación innecesaria, se invoca al espectador, en definitiva, para que interprete, para que extraiga una lectura de lo visto sin necesidad de ofrecerle un ejercicio del todo evidente que presente el material ya masticado y regurgitado.

Tomando como base la novela homónima de John Ajvide Lindqvist, Déjame entrar contiene numerosas ramificaciones temáticas en su relato: acoso escolar, rabia reprimida, soledad, miedo, incomprensión, necesidad de afecto, ausencia de los progenitores, disfunción familiar, desprotección, incomunicación, venganza, amor eterno, fin de la inocencia, fascinación por lo siniestro, fragilidad de los sistemas de seguridad, sacrificio, autoexilio y, en suma, muchos más focos de atención susceptibles de ser citados. Así, la aparente sencillez de la propuesta, fruto de su transcurso en voz baja que sólo se rompe por puntuales alaridos, engloba, en verdad, una multitud de cuestiones que se dirimen en un universo gélido, impoluto, aislado, en cuyo seno bullen pasiones y violencias soterradas que, tarde o temprano, estallan con fuerza. Desde lo íntimo, desde una mirada a pequeña escala que se enfoca a los márgenes, la película se expande y, a partir de los códigos del fantástico, nos somete a un escrutinio: la naturaleza humana, percutida por la monstruosidad, es objeto de estudio.

Ya los primeros minutos sintetizan y anticipan de manera ejemplar las líneas maestras que luego desarrollará la película. En el arranque está todo. A saber: Nieva. Vemos el reflejo en una ventana de un chico rubio y blanquecino. Se acerca un taxi. En el interior del vehículo, un hombre mayor, de rostro lleno de surcos, ladea la cabeza y sonríe a una niña que está a su lado. Ella no le devuelve la mirada. Volvemos al chico, que está en casa, y apoya su mano en el cristal de la ventana, adelantando su intención de comunicarse y la conexión futura con alguien que se aproxima. El taxi llega a su destino. Baja una niña y se introduce en el edificio. El chico la observa por una ventana, con curiosidad, y acto seguido blande un arma blanca, pronunciando una frase amenazante sin destinatario físico. Sólo está fantaseando. A continuación, el hombre mayor, que ya se ha hecho cargo del equipaje, tapa con cartón las ventanas de la vivienda que comparte con la niña. Este párrafo resume a la perfección la condición de los personajes: un niño sólo visto a través de un cristal y mediante una imagen borrosa, signo de su carácter algo fantasmagórico, aislado y cerrado en sí mismo; un hombre que se ocupa y preocupa, que carga las maletas y previene que la luz del sol invada la vivienda; y una niña misteriosa mostrada sólo en fragmentos.

Uno tiende a pensar que la nacionalidad sueca de la película ha sido un factor fundamental para concebir Déjame entrar según lo anteriormente expuesto: como un cuento macabro, romántico, intimista y de implicaciones terribles, que, aún así, no necesita de aspavientos ni de grandes algarabías para golpear, puesto que su poder se mantiene agazapado, oculto, listo para salir propulsado ante nuestras narices con ferocidad. Un silencio, un sutil sonido o un pequeño gesto son suficientes para comunicar algo; una gota de sangre, una ventana tapada o un gato en estado de alerta, también. Tan gélido es el ambiente en el que se desarrolla la película como sobria y precisa es la plasmación de una puesta en escena ajustadísima a las necesidades narrativas. La gramática visual de Tomas Alfredson luce una elegancia y una exquisitez que sólo pueden ser calificadas como maravillosas. Con qué aplomo avanza, con qué exactitud plasma la historia y la contagia de una atmósfera glacial y según un soporte de realismo social. Y yendo más lejos, tampoco cabe desdeñar la definición de unos personajes interesantísimos que vagan, solos, en un entorno que promete cerrazón (paredes, puertas y ventanas como elementos divisores de espacios físicos y vitales de difícil acceso) a pesar de los paisajes abiertos.

Resulta conmovedora y compleja la relación de ese niño que es objeto de burlas y abusos por parte de sus compañeros y esa extraña e inquietante niña que un buen día aparece y se convierte en la vecinita de al lado. A su alrededor, todo es desapacible y la sensación es de desamparo. Pero existe una unión entre ellos inquebrantable, que quema. Ambos tienen, en teoría, la misma edad, aunque ella hace mucho que continúa en los doce años. Él colecciona recortes de periódicos concernientes a brutales sucesos e imagina, hundiendo su arma en la corteza de un árbol, la posibilidad de herir con sadismo a los que le importunan. Una bestia parece estar agazapada en su interior a la que sólo hay que desatar. Es posible que Oskar, que entra en proceso de madurez y de auto-asimilación de sus rasgos primitivos, y Eli, animalizada cuando entra en liza su sed de sangre, sean las dos caras de una misma moneda, es decir, dos seres capaces de amar y matar. Y como parte accesoria, los adultos prácticamente son un telón de fondo, un elemento secundario, casi un “objeto” más del decorado. Reducidos a jugar el papel de meras comparsas, sólo refuerzan la sensación de que la pareja protagonista no puede apoyarse en ellos.

El tratamiento del vampirismo aquí expuesto se ha de considerar respetuoso, ya que, sin pervertir los cánones tradicionales del mito, explora la vertiente trágica y maldita del mismo sobre parámetros emocionales muy creíbles, a lo que contribuye de manera decisiva la primorosa interpretación de los dos actores principales y la medida dirección de Tomas Alfredson, un realizador siempre alejado del cine de terror que, ajeno a los tics habituales de muchos otros, acierta a la hora de hacer uso de la cotidianidad y la normalidad para otorgar mayor empaque a esta fantasía que combina liberaciones, tristezas y amores suicidas y condenatorios.

Cabe señalar, al menos, una escena como candidata mayor para lucir el sello del recuerdo permanente: el clímax, localizado en la piscina, de modélica y atípica resolución, exprime el fuera de campo como pocas veces hayamos visto, componiendo una culminación de la catarsis que quita el aliento. Y el final, tan abierto como coherente, tan romántico como evocador, supone un colofón idóneo, pues ya nos permite imaginar cómo continuarán las vidas de estos amantes.

No creo muy aventurado afirmar que la película, premiada y alabada con merecimiento en multitud de citas internacionales, puede ser, fácilmente, uno de los máximos referentes del género fantástico del nuevo siglo y, desde luego, no hay duda de que se ha erigido en la rutilante última sensación del cine europeo.

Anécdotas

* El título de la novela y, por consiguiente, de la película se inspiró en una canción de Morrissey, “Let the Right One Slip In”. Por otro lado, es alusión al mito vampírico de que el ser de las tinieblas ha de ser invitado a entrar en una casa por poder acceder a ella. *Ha sido aclamada y premiada en numerosos festivales y citas cinematográficas. Algunos de los premios más destacados que ha recibido son: mejor película extranjera nombrada por las Asociaciones de Críticos de Chicago, Toronto, Washington o Boston; premio del público de la XIX Semana de Cine de Terror de San Sebastián; Méliès de Oro en el XLI Festival de Cine Fantástico de Sitges; mejor película europea/norteamericana/sudamericana en el Fant-Asia Film Festival; etc… * Ya se está planeando el pertinente remake americano, a estrenar en 2010.

Bibliografía

LINDQVIST, John Ajvide: Déjame entrar; traducción de Gema Pecharromán. Madrid: Espasa-Calpe, 2008. Traducción de: Låt den rätte komma in (2004).

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea. Alicante. España)

31
Mar
09

Dossier Cine fantástico 2008 en Pasadizo.com

Desde hace ya diez años, Pasadizo.com está presente en la red ofreciendo contenidos para el lector aficionado al género fantástico. En nuestro empeño por seguir mejorando día a día publicamos este Dossier 2008, realizado por más de veinte colaboradores del portal, y en donde encontrarás un amplio repaso a todo lo que nos ha dejado el género a lo largo del año, tanto en películas como en series de televisión.

Un repaso por medio de completas críticas, dividiendo la producción por temáticas y nacionalidades: cine de animación, adaptaciones del cómic y literarias, secuelas y remakes, cine americano, europeo y de otras latitudes, fantaterror español, estrenos directos a dvd, series de televisión, así como tablas de puntuaciones de todas las películas estrenadas en 2008 por nuestro equipo de críticos a los que se este año se suman especialistas en género fantástico de la talla de Ángel Sala, Carlos Losilla, Pedro Calleja, Tonio L. Alarcón, Tomás Fernández Valentí, Antonio José Navarro o Sergi Sánchez, entre otros.

Carlos Díaz Maroto (Ed.)

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Ya está aquí el Dossier de Cine fantástico 2008 de Pasadizo.com: Se trata de un completísimo repaso de más de 300 páginas sobre todo lo que nos ha dado el género fantástico en el 2008 tanto en cine (estrenos en España) como en televisión, incluyendo algunas de las películas estrenadas directamente en DVD. Una enorme cantidad de reseñas (de calidad) por parte del Equipo Pasadizo y un cuadro de puntuaciones elaborado por críticos y colaboradores de la web conforman el espléndido contenido de un trabajo elaborado, de estupendo diseño y maquetación y apto para ser degustado con detenimiento.

He tenido el placer de colaborar en el Dossier mediante algunos textos, escribiendo sobre dos series de TV (True Blood y Fear Itself) y unas cuantas películas (Soy un Cyborg, El territorio de la bestia (Rogue), Saw 5, El patito feo y yo, El valiente Despereaux, Parking 2, Storm Warning, Aparecidos, Bottom Feeder, Boogeyman 2 y Wind Chill) .

Podéis descargar este extenso documento en formato .pdf en el siguiente enlace: CLICK!

Espero que sea de vuestro interés.

01
Mar
09

“La duda (Doubt)” [Colaboración en Pasadizo]

En Pasadizo.com, mi reseña de La duda: CLICK! 

Estamos en 1964 y el lugar es el colegio católico de St. Nicholas, en el Bronx. Allí se produce un escándalo en ciernes, puesto que la hermana Aloysius inicia una firme cruzada al sospechar que el padre Flynn ha podido llevar a cabo actos intolerables con un alumno. No existen pruebas, sólo algún vago indicio. Sobre la mesa se plantean diversos y numerosos temas: el rumor, la sospecha, la verdad, la comprensión, la integración, la familia disfuncional, el abuso, la duda, el pecado, la fe…

Ficha Técnica

Dirección: John Patrick Shanley / Productores: Mark Roybal, Scott Rudin / Guión: John Patrick Shanley, adaptando su propia obra teatral / Fotografía: Roger Deakins / Música: Howard Shore / Montaje: Dane Collier, Ricardo González, Dylan Tichenor / Dirección artística: Peter Rogness / Intérpretes: Meryl Streep (hermana Aloysius Beauvier), Philip Seymour Hoffman (padre Brendan Flynn), Amy Adams (hermana James), Viola Davis (señora Miller), Alice Drummond (hermana Verónica), Mike Roukis (William London), Joseph Foster (Donald Miller)… / Nacionalidad y año: Estados Unidos 2008 / Duración y datos técnicos: 104 min. color. 1.78:1.

Comentario

Adaptando al cine su propia y exitosa obra teatral, John Patrick Shanley, cuya única experiencia cinematográfica anterior como realizador se circunscribe a la cómica y aventurera Joe contra el volcán (Joe Versus the Volcano, 1990), ofrece una valiosísima rara avis en la cartelera actual y reciente al recurrir, de manera modélica, a la sutileza, la sugerencia y la ambigüedad como pilares básicos de un relato de múltiples lecturas y reflexiones y dotado de una fuerza irresistible. Nada es explícito, todo está en el aire, como corresponde al origen de la sospecha y la duda sobre hechos no probados, es decir, cuando no existe una certeza absoluta. Obtener la verdad, si es que ello es posible, dependerá de los personajes y, por ende, de nosotros, si bien la complejidad del particular desafía cualquier intento de veredicto.

Uno de los más grandes méritos de la propuesta consiste en haber concebido todos sus elementos en consonancia con lo que se pretende transmitir. Así, se despliega un riquísimo abanico de pequeños detalles, gestos, silencios, miradas, luces o sombras con el objetivo de sugerir, aunque sea subliminalmente, simbolizar y promover la interpretación del espectador, quien es puesto a prueba ante lo que sucede en la pantalla. Shanley nos hace partícipes, nos involucra en este retazo de la conducta humana ilustrado desde una aparente sencillez. Y nos sitúa, no en vano, en la posición no de un observador pasivo y acomodado, sino en el dilema de tomar partido frente a la escandalosa problemática, de decantarnos de un modo u otro, de cuestionarnos la información recibida. Somos testigos, entonces, de las pesquisas detectivescas de la muy estricta hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep), en cuyo interior se instala la indoblegable convicción de que el padre Brendan Flynn (Philip Seymour Hoffman) ha cometido un acto intolerable y pecaminoso. Su cruzada es imparable.

Decíamos, por lo tanto, que cada aspecto de la película, y nada es gratuito, está medido al milímetro y puesto al servicio de la causa en virtud de un guión de oro. Desde los discursos, plenos de significado, del padre Flynn ante sus feligreses hasta los nada casuales fenómenos atmosféricos, enlazados con una posible reacción/señal divina, o la decisión de ambientar la historia en un colegio católico en el año 1964, tras los sentimientos de incertidumbre y desprotección que causó el asesinato del presidente Kennedy, es imposible encontrar algo que resulte baladí. Todo contribuye a potenciar el fondo de la cuestión: la sospecha o rumor que se convierte en “verdad” sin suficiente base para ello y las consiguientes dudas que desmoronan lo que creemos cierto y nos corroen, incluso en términos de fe católica. Y en este punto, resulta interesante citar al director y guionista, John Patrick Shanley, que resume muy bien sus intenciones cuando él mismo afirma lo siguiente: “Me resultaba, dramáticamente (puede que incluso metafísicamente), interesante contraponer los dogmas de fe con la poderosa sombra de la duda. Vivimos en una sociedad en la que se dan por cierto casi todo tipo de rumores, y esas cosas que decimos, esas acusaciones, pueden acabar siendo verdades. En el film, como en la pieza teatral, esa sombra, esa duda, se desliza sigilosamente, terriblemente. Duda para bien o para mal. Una duda que crea el conflicto íntimo de los personajes.”

La presente es una película tan poderosa que ni siquiera su carácter teatral, que la ciñe a escenarios limitados y a una realización elegantísima pero sobria y contenida, sin aspavientos ni alharacas, atenúa su energía interna. Más allá de la riqueza que antes hemos expuesto acerca del conjunto, es de justicia remarcar especialmente el engranaje de los aspectos técnicos (fotografía, diseño de producción, dirección artística, vestuario…) y, sobre todo, la intensidad de un duelo enorme, de rompe y rasga, que contrapone el gesto serio y el compromiso con una reglas clásicas de Aloysius con la modernidad y la mentalidad abierta de Flynn. Lo viejo y lo nuevo. Un choque cuyo antecedente se encuentra ya en el contraste, sensacional, entre la escena que plasma la silenciosa y muy formal cena de las hermanas y la que retrata, por otro lado, el alborotado y lujurioso banquete de los sacerdotes.

Los extraordinarios enfrentamientos verbales entre ambos resultan vibrantes, afilados, hasta coléricos. Y si exquisitos se consideran los diálogos, no lo son menos los intérpretes, en absoluto estado de gracia y brillando en cada instante. Porque lo cierto es que se aventura muy difícil destacar a unos por encima de otros: en realidad, Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman encabezan el cartel y ofrecen un delicioso recital aprovechando sus maravillosos y tan bien definidos personajes, pero no hemos de olvidar el pletórico nivel que también alcanzan Amy Adams, en el papel de la novicia que enciende la mecha, y Viola Davis, asumiendo el rol de la madre del niño y protagonizando una escena memorable en la que expone sus argumentos desarmantes ante el estupor de la hermana Aloysius.

En la producción cinematográfica reciente pocas veces hemos visto un mecanismo de relojería tal en el que cada pieza encaje y funcione a la perfección. Y menos veces aún hemos tenido la ocasión de enfrentarnos con una película que nos cuestione y/o desafíe intelectual, moral y emocionalmente.

Anécdotas

* En la obra de teatro de John Patrick Shanley exhibida en Broadway, el reparto estaba compuesto, en sus papeles principales, por Cherry Jones (hermana Aloysius), Brian F. O’Byrne (padre Flynn), Heather Goldenhersh (hermana James) y Adriane Lenox (señora Miller). *La obra ha sido galardonada con los premios Tony y Pulitzer.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

20
Feb
09

“El luchador (The Wrestler)” [Colaboración en Pasadizo]

EL LUCHADOR (THE WRESTLER)

Randy “The Ram” Robinson destacó en la década de los ochenta por ser uno de los luchadores profesionales más conocidos y admirados. Veinte años después, todo ha cambiado para él: sobrevive a duras penas mediante un trabajo indeseado y efectúa apariciones esporádicas en cuadriláteros venidos a menos. Caído en el olvido y ya en el ocaso de su carrera y de su vida, Randy, en franca decadencia, hace un último esfuerzo por remontar el vuelo, por obtener algo de calor humano en las figuras de Cassidy, una stripper también dolida, y Stephanie, su hija adolescente con la que nunca se relaciona. Sin embargo, es el ring, y todo lo que ello abarca (oponentes, público, espectáculo), el único lugar que le ofrece comprensión, su único hábitat posible.

Ficha Técnica

Dirección: Darren Aronofsky / Productores: Darren Aronofsky, Scott Franklin / Guión: Robert D. Siegel / Fotografía: Maryse Alberti / Música: Clint Mansell / Montaje: Andrew Weisblum / Efectos especiales: Drew Jiritano / Intérpretes: Mickey Rourke (Randy “The Ram” Robinson), Marisa Tomei (Cassidy), Evan Rachel Wood (Stephanie Robinson), Mark Margolis (Lenny), Todd Barry (Wayne), Wass Stevens (Nick Volpe), Judah Friedlander (Scott Brumberg), Ernest Miller (The Ayatollah)… / Nacionalidad y año: Estados Unidos, Francia 2008 / Duración y datos técnicos: 115 min. color. 2.35:1.

Comentario

Resulta obvio que una de las virtudes principales de El luchador es el hecho de apoyarse, como soporte esencial, en la imponente presencia de Mickey Rourke, quien realiza casi una genuina performance mediante la que el propio sujeto, el intérprete, constituye la obra artística. Su cuerpo castigado y su rostro algo deforme son, en definitiva, la expresión fehaciente de una vida tormentosa marcada por el conflicto, la decadencia y el acercamiento al abismo personal y profesional. Así, el actor hurga en sus tripas y en su corazón para poner a disposición de su personaje gran parte de sus experiencias vitales con una convicción y una verdad que conmueven. Este papel, el del luchador Randy “The Ram” Robinson, que trata de resurgir a pesar de sentirse desplazado y olvidado tras una trayectoria otrora reconocida, simboliza la épica del perdedor cincelado por la soledad y los sueños rotos. En otras palabras, sería el paradigma del tipo caído en desgracia que, en un proceso de redención personal, persigue exorcizar sus demonios, enmendar sus errores y reconducirse.

Por consiguiente, el cineasta Darren Aronofsky, consciente de la naturaleza del material y sin renunciar a su estilo, opta por la contención, la sobriedad y el enfoque realista a la hora de abordar esta descarnada crónica del ocaso. Ya ajeno a sus tan cuestionados artificios que le reportaron críticas furibundas en base a su incomprendida pero magistral La fuente de la vida (The Fountain, 2006), retrata con cercanía el deambular de un pobre diablo crepuscular y condenado, de una vieja gloria vapuleada por la vida y su entorno. Y, como decíamos, Rourke, con su rostro demacrado, su físico dañado y su llamativa y extravagante melena tintada, se erige en el vehículo idóneo para plasmar la decrepitud del ser humano, la pertenencia a un pasado que ya no volverá y el hundimiento del que es objeto. Y es que este luchador profesional, llegado el estertor de su carrera, no es sino un alma solitaria que sobrevive a duras penas y cuyos intentos de redención o encauzamiento son abortados o frustrados: véase su relación con una stripper, encarnada por una Marisa Tomei en excepcional periodo de madurez, que tiene mucho de alma gemela y a la que desearía como compañera sentimental y el reencuentro con su hija ignorada.

Lo único que le queda a este personaje, al que en cierto modo podríamos situar en la galería del bigger than life, es el ring. El cuadrilátero, ese impúdico lugar de exhibición, es el único mundo en el que sabe desenvolverse y en el que encaja. Su principio y su fin, su nacimiento y su muerte, incluso su heroísmo, estriba en la lucha. Los oponentes son sus cómplices compañeros de esfuerzos; los espectadores, su familia. Es, en fin, su hábitat natural, ese sitio que se rige por unas reglas y códigos de honor que conoce y acepta, y fuera de ahí se siente desubicado, ninguneado y maltratado.

El devenir del personaje de Rourke ostenta una credibilidad fuera de lo común, lo que genera emoción y conmoción. Con un actor entregado a la causa en cuerpo y alma, la cámara de Aronofsky, que apuesta por un estilo próximo y sin exceso formal alguno que distraiga la atención o asfixie el relato, se sitúa a su altura, a sus espaldas, a ras de suelo, y jamás le abandona. Hay aquí una mirada humana, profunda y respetuosa al interior de un ser amargado que va agonizando, y es de lo más curioso e irónico que la bravucona, estrafalaria y febril escenificación de la lucha libre sea, al fin y al cabo, un entorno más auténtico que la cotidianeidad de lo que se cuece ahí afuera.

No caben recursos lacrimógenos en una excepcional película que se define por la crudeza, la turbiedad, el dolor… El protagonista provoca que le amemos y comprendamos por su suicida profesionalidad, sus surcos de humanidad y sus deseos de salir adelante del mejor modo que sabe; y que, claro, suframos por él y su sacrificio de perfil cristiano: en este sentido, el sangriento combate cuya puesta en escena incluye alambres de espino, y que supone una de los fragmentos más físicos e hirientes que hayamos visto en los últimos tiempos, se constituye en una flagelación tan tangible que traspasa la pantalla.

Anécdotas

* La película fue premiada con el León de Oro, el máximo galardón que concedió el jurado presidido por el director alemán Wim Wenders en el Festival de Venecia de 2008. También obtuvo los Globos de Oro al mejor actor principal y a la mejor canción original, escrita expresamente por Bruce Springsteen. * Mickey Rourke fue la primera elección de Darren Aronofsky para el rol protagonista, pero el estudio no confiaba en el polémico actor y sugirió a Nicolas Cage. No obstante, el director insistió en su apuesta por Rourke y, tras hacer que éste se comprometiera a tomarse en serio el papel, consiguió su objetivo. * En una escena de lucha, Rourke, con el fin de otorgar más realismo a su personaje, verdaderamente se cortó en la frente mediante una cuchilla, lo que supone una práctica usual en el ring para muchos luchadores. Además, en la búsqueda de obtener la mayor autenticidad posible, Aronofsky contó con público auténtico en los combates así como con luchadores profesionales que aparecen actuando ante las cámaras o asesorando tras ellas. * Uno de los oponentes de Randy, “El Ayatollah”, está interpretado por Ernest Miller, un luchador auténtico. Otras figuras del wrestling que forman parte del reparto son Ron Killings, Smooth Tommy Suede, Necro Butcher, Mike Millar y Johnny Valiant.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

12
Feb
09

“Los Cronocrímenes”

Pesadilla en clave de paradoja temporal

Nacho Vigalondo, el muy zorro, toma la temática de los viajes en el tiempo para elaborar un guión muy hábil e inteligente que explota al límite las paradojas espacio-temporales que necesariamente se han de originar en una propuesta tal. Por ello, Los Cronocrímenes (2007) propone una pesadilla en forma de bucle infinito sin principio ni fin que comienza y finaliza en sí mismo. Conforme avanza, se va retroalimentando de lo que hemos visto antes para liar la madeja e ir introduciendo al protagonista en un desorden desquiciante de acciones paralelas. Y este encaje de bolillos, señores, es muy excitante si se sabe manejar con tino, convicción y sin avergonzarse de su naturaleza.

Hay que tener en cuenta que lo que consigue no es nada fácil: desde una gran economía de medios (las limitaciones presupuestarias habrán influido) y con el lastre que supone, a priori, que tanto el cine como la literatura haya tratado tantas veces este manido tema, Vigalondo logra que su película no derive en una cutrez inmersa en el déjà vu, sino en una pequeña, refrescante e irresistible pieza de carácter minimalista y de resultados tan entretenidos como desafiantes y descarados.

El guión, perfectamente hilvanado y consistente dentro de su premisa fantástica, nos lleva en volandas a lo largo de una película intensa, ingeniosa y juguetona en la que se percibe un encantador aroma de serie B. Así, ejerce como divertimento pulp que no se toma demasiado en serio a sí mismo (véase la delirante máquina, el personaje un tanto ridículo que encarna el propio realizador, el vendaje rosa y demás atributos…), claro, pero también incita a la reflexión acerca del yo múltiple, las consecuencias irreparables de nuestros actos y la conversión del protagonista en componente y desencadenante de una escalada trágica de la que es imposible escapar.

Todo ello, a partir de la sencillez y la irrupción tremendamente convincente de lo fantástico en un contexto cotidiano que engloba una serie de escasos personajes y escenarios muy bien aprovechados.

Por no hablar del tipo de las vendas rosas, el abrigo hecho trizas y las tijeras. Porque, encima, se ha permitido el lujo de crear un personaje-icono.

Una de las películas más disfrutables que he visto últimamente, sin duda. Y se agradece, y mucho, tener la ocasión de ver propuestas de esta índole (es decir, de género puro) que vengan a refrescar el demasiado mimético y repetitivo panorama patrio.

07
Feb
09

“Crepúsculo”

Crepúsculo (Twilight)

Bella Swan se muda del cálido estado de Arizona a un pueblo gris y húmedo, Forks, para pasar una temporada con su padre divorciado. En el instituto conoce a un misterioso chico, el apuesto y blanquecino Edward Cullen, con el que entablará una relación cada vez más cercana. Pero, pronto, descubrirá la condición vampírica de él, quien, tratando de dominar sus impulsos, sólo bebe sangre animal y mantiene las distancias con los seres humanos. Las dificultades surgen, pues el acercamiento y el deseo son peligros candentes, pero el amor se impone.

Ficha Técnica

Dirección: Catherine Hardwicke / Productores: Wyck Godfrey, Greg Mooradian, Mark Morgan, Karen Rosenfelt / Guión: Melissa Rosenberg, sobre la novela “Twilight”, de Stephenie Meyer / Fotografía: Elliot Davis / Música: Carter Burwell / Montaje: Nancy Richardson / Efectos especiales: Andy Weder / Intérpretes: Kristen Stewart (Bella Swan), Robert Pattison (Edward Cullen), Billy Burke (Charlie Swan), Ashley Green (Alice Cullen), Nikki Reed (Rosalie Hale), Peter Facinelli (Dr. Carlisle Cullen), Jackson Rathborne (Jasper Hale), Cam Gigandet (James)… / Nacionalidad y año: Estados Unidos 2008 / Duración y datos técnicos: 122 min. color 2.35:1

Comentario

Durante buena parte de su metraje, Crepúsculo proyecta una interesante mirada intimista, áspera y sosegada hacia una relación sentimental de difícil aunque predecible éxito. Y es que los enamorados se ven, en principio, separados por la naturaleza de él, un vampiro “vegetariano” que sólo se alimenta de sangre animal, y el miedo que siente por no poder controlarse ante una fémina que le seduzca. Atormentado por su temible condición, es reacio al contacto y en un comienzo intenta alejarse de ella para protegerla de sí mismo. De esta manera, por un lado tenemos a Bella (Kristen Stewart, recordada como la hija asmática de Jodie Foster en La habitación del pánico), una chica algo distante que acaba de mudarse a Forks, un pueblo húmedo y gris, para vivir con su padre divorciado, con el que entabla, también, una relación fría; y por otro, a Edward Cullen, que, junto a su familia, trata de convivir en el seno de la sociedad a pesar de que se autoexcluye de las relaciones y se sitúa en un segundo plano.

Esta historia de amor que deviene de imposible a posible, como no podía ser de otro modo, es la base del filme, el motor que impulsa la narración. Se agradece que Catherine Hardwicke se acerque a los dos personajes principales y configure un ambiente apagado y mortecino que envuelva la melancolía de los mismos. Nada nos distrae de lo fundamental. Ni siquiera la realización, ciertamente sobria, participa de efectismos propios de la MTV. Existe, desde luego, un ánimo por no usar recursos de montaje epiléptico ni por mover la cámara de modo constante. La forma resulta, entonces, más contenida de lo esperado, y la narrativa se despliega a ritmo calmado, subrayada por la música de Carter Burwell, lo que va en beneficio de un enfoque atento a los personajes y sus disyuntivas, consiguiendo una pausa y una proximidad que no son habituales en productos de target adolescente-multisalas.

También resulta sugerente (y discutible) la aséptica y conservadora visión del vampiro que aquí se establece. Despojado de sexualidad ardiente y de un carácter malvado o perverso, Edward es un chico de 17 años que, para su desgracia, es incapaz de consumar el deseo puesto que si lo hiciese convertiría a su amada en una criatura como él. Allí donde Sookie y Bill, otro vampiro civilizado, traspasan la línea, y de qué manera, en la serie televisiva True Blood, en cambio Bella y Edward, como decíamos, se mueven en un amor casto y virginal de pasión soterrada, desconexión carnal y tintes tópicos y cursilones.

Es necesario reconocer que Crepúsculo no pertenece a una atrevida y transgresora corriente posmoderna que, por ejemplo, sea capaz de cuestionar con ironía su género, explorar los límites del mito vampírico en otra vuelta de tuerca o derribar constantes. En realidad, la película cree firmemente en sí misma, con convicción, y se toma en serio su tono romántico ingenuo y sus puntuales destellos de violencia inofensiva. Su conservadurismo, su falta de mordiente, es algo que los responsables de la cinta parecen asumir sin mayor problema, al igual que el espectador y/o lector, que ha convertido el producto en un fenómeno mediático y de ventas.

No obstante, algunos elementos que huelen a concesión fácil de cara a la galería o que, en su defecto, parecen haber sido muy poco trabajados, quebrantan la inicial solidez del conjunto y disuelven el tono intimista. A saber: la aparición de una descafeinadísima banda de vampiros hostiles y el previsible enfrentamiento que se origina a partir de la algo ridícula secuencia del partido de béisbol, que desencadena en un clímax final tremendamente rácano de emoción, tensión o fuerza; las breves referencias a una raza de lobos como material inexplorado y sólo apuntado y sugerido que, a buen seguro, será usado en sucesivas secuelas de esta más que probable saga; el apresurado, simplista y plano dibujo de los personajes secundarios, tanto los compañeros de instituto como la familia de Edward, que responden a clichés huecos; el carácter trash de los deficientes efectos especiales, por fortuna no muy abundantes, y el maquillaje excesivo…

Un balance final que, perjudicado por la concesión quinceañera, es, si bien no despreciable ni odioso, sí pasablemente mediocre.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

03
Feb
09

“Rescate al amanecer”

No sé si estaré en lo cierto, pero Rescate al amanecer (Rescue Dawn, 2006), de Werner Herzog, pasó bastante desapercibida en su momento, ¿no creéis?… Al menos, esa es la impresión que tengo, puesto que la he recuperado recientemente y, vista su calidad, creo que la película debió de merecer mucha más atención.

Herzog efectúa un paréntesis en su fase documental para dirigir esta obra de ficción que se inspira en hechos reales. Nos cuenta, en esta ocasión, una historia de supervivencia extrema protagonizada por un piloto, Dieter Dengler (Christian Bale), que, volando sobre Laos en ejercicio de una misión secreta, es derribado y tiene que aterrizar forzosamente en la selva. Sobrevive a la caída, pero poco después es apresado, torturado y sometido a un encarcelamiento en condiciones infrahumanas. Por supuesto, tratará de escapar, junto a otros prisioneros, de sus captores aunque lo que le espere ahí fuera sea el dictado de la naturaleza indómita y la amenaza constante de un enemigo que en cualquier momento puede aparecer. 

Como es habitual en el realizador alemán, aquí se enfrenta el hombre con la selva, y en el proceso se producen episodios de desesperación, locura, destrozo físico y anímico… Después de un arranque aéreo preñado de bombardeos y que remite al comienzo de Apocalypse Now, todo se antoja de una autenticidad tremenda, especialmente debido a la habilidad del director alemán para, desde la desnudez de su puesta en escena, extraer verdad y fuerza primigenia de las imágenes y, claro, a la labor de Christian Bale, que vuelve a dejarse el alma y el cuerpo (a lo largo del filme observamos cómo el actor adelgaza de una manera brutal, al igual que otros compañeros de reparto) en el papel.

Por lo tanto, estamos ante un trabajo cinematográfico de suma fisicidad, ante una aproximación descarnada a la Guerra de Vietnam que prescinde de adornos para centrarse en lo esencial, en lo visceral, en el dolor y la tenacidad fuera de lo común de su protagonista. Tal vez, eso sí, la recta final sea lo menos convincente, pues se adentra en terrenos ya más convencionales, pero en general se trata de un survival bélico y dramático de lo más recomendable.




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El título del presente weblog, "Videodrome", está extraído de la película del mismo nombre, dirigida por David Cronenberg en 1983. Haber usado este título es una muestra de admiración y homenaje hacia una obra capital y trascendente en su género. Y de igual modo, el nick del autor de este weblog, Max Renn, supone un tributo al personaje protagonista.

¿Qué es Videodrome?

"The battle for the mind of North America will be fought in the video arena: the Videodrome. The television screen is the retina of the mind's eye. Therefore, the television screen is part of the physical structure of the brain. Therefore, whatever appears on the television screen emerges as raw experience for those who watch it. Therefore, television is reality, and reality is less than television" (Videodrome, 1983)