“La última casa a la izquierda” (2009) [Colaboración en Pasadizo]

Posteado en Cine sobre Julio 3, 2009 por Max Renn

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THE LAST HOUSE ON THE LEFT (2009)

Mari y Page, dos adolescentes, caen en las garras de unos criminales despiadados tras ser atraídas por el inocente Justin, hijo del sádico Krug, el líder del grupo. Perseguidos por la justicia, no pueden dejar escapar a las dos chicas, que ya han visto sus rostros, y la situación degenerará hasta la violación, la tortura y la muerte. Después, por un caprichoso azar del destino, los malvados acabarán por buscar refugio en la casa del lago de los Collingwood, los padres de la vejada Mari, que acogen a los extraños sin conocer, aún, lo sucedido. No tardarán en descubrirlo…

Ficha Técnica

Dirección: Dennis Iliadis. Productores: Wes Craven, Sean S. Cunningham, Marianne Maddalena para Rogue Pictures, Film Afrika Worldwide, Midnight Entertainment. Guión: Adam Alleca, Carl Ellsworth, según el guión de Wes Craven. Fotografía: Sharone Meir. Música: John Murphy. Montaje: Peter McNulty. Efectos especiales: Jamison Scout Goei. Intérpretes: Garret Dillahunt (Krug), Michael Bowen (Morton), Joshua Cox (Giles), Riki Lindhome (Sadie), Aaron Paul (Francis), Sara Paxton (Mari Collingwood), Monica Potter (Emma Collingwood), Tony Goldwin (John Collingwood), Martha MacIsaac (Paige), Spencer Treat Clark (Justin)…. Nacionalidad y año: Estados Unidos 2009. Duración y datos técnicos: 110/114 min. color.

Comentario

Hay quien considera que rehacer una película de culto como La última casa a la izquierda (The Last House on the Left, 1972), una obra tan esclava de su tiempo, carece de sentido e interés en la actualidad por considerar que el efecto primigenio es casi irrepetible. Fuera del agitado contexto de su época, el rabioso periodo de finales de los sesenta y principios de los setenta, este descenso a los infiernos cimentado en la violencia, la crueldad y la venganza, que a su vez seguía el perverso esquema de la magistral El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1960, Ingmar Bergman), corría el riesgo, según algunos, de perder su potencial aterrador en clave camp, su capacidad de impacto en las audiencias menos curtidas, al estar despojada, en el remake, de las circunstancias y condiciones en las que fue rodada la original habida cuenta no sólo de lo intrínsecamente cinematográfico, sino también de la situación política y social de la América convulsa de aquel momento. No en vano, al parecer sus máximos responsables, Wes Craven, como realizador debutante, y Sean S. Cunningham, en el cargo de productor, pretendieron crear un filme atrevido y contestatario en contraposición al cine de Hollywood y aprovechando influyentes factores externos como el desencanto de una sociedad sacudida por la Guerra de Vietnam, las vicisitudes del movimiento hippie o el crimen perpetrado por Charles Manson.

En realidad, para el abajo firmante, a favor de la cinta de 1972 se puede argumentar que su (irritante) tosquedad era, curiosamente, beneficiosa para dotar de un realismo amateur, espontáneo, bruto, a lo que allí acontecía. Si bien las interpretaciones de los actores se antojaban, en el mejor de los casos, mediocres, y las acciones y reacciones de los personajes ciertamente demenciales, lo que generaba algo delirante e incluso inverosímil, se daba la circunstancia de que su muy imperfecta plasmación visual y los escasísimos medios de producción contribuían a contagiar al espectador una sensación de desconcierto, de filmación no profesional, de sordidez y suciedad desquiciantes. Todo ello, junto al contexto de la época y a su violenta sinrazón (vista hoy, excesivamente mitificada y menos turbadora de lo que su fama promulga), dio como resultado que el producto fuera situado, en algunos círculos, al nivel de un clásico de inexcusable referencia a pesar de su deficiente acabado y su chirriante voluntad de epatar.

Ahora, Dennis Iliadis, en su remake producido por las mismas cabezas visibles de la original, Craven y Cunningham, actualiza el material incorporando determinadas variaciones que otorgan mayor solidez y plausibilidad al relato, limando aristas y dotando al conjunto de una entidad más convincente y de una progresión dramática mejor hilvanada y lograda en ritmo y densidad. También en cuestiones de puesta en escena se produce un gran salto cualitativo al apostar por una oscuridad atmosférica que casi todo lo envuelve y manejar con destreza los puntos de vista y los espacios, la dosificación de los instantes más furiosos y la cadencia en la administración del suspense que desemboca en lo atroz. Más allá de que los medios técnicos actuales le permitan elaborar una factura formal correctísima, parece evidente que el conocimiento del lenguaje cinematográfico de Iliadis supera, en mucho, al que poseía el, por entonces, iniciático Craven.

Cabe reconocer que la nueva película se decanta, en cierta medida, por el llamado torture porn, signo de los tiempos que corren en buena parte del cine de terror actual, que tiende a lo explícito, es decir, a la exhibición gráfica, ruidosa y esteticista del horror aliñado con elementos sexuales. Pero, por fortuna, aquí se elude la tentación moderna y demasiado frecuente de encadenar una simple retahíla de meros golpes de efecto propulsados sin ton ni son, puesto que existe una lógica interna que sirve de soporte y espacia con sorprendente calma la barbarie, además de tener la habilidad de construir instantes emotivos (véase la desesperada huida a nado).

Esta versión, pues, reexplora con contundencia, turbiedad moral y sin ápice de sentido del humor la pesadillesca vorágine de abusos, vejaciones y torturas por la que han de pasar unas chicas a manos de unos villanos de gran peligrosidad, cuya maldad se encuentra sublimada ya desde la inesperada y bestial escena en la que irrumpen los secuaces del líder. Estos delincuentes sin escrúpulos encabezados por el temible Krug merecen todo nuestro rechazo, lo que nos coloca, por lo tanto, en una postura de odio hacia esos personajes desalmados, y es en la segunda mitad de metraje, que contiene el ajuste de cuentas de los Collingwood como consecuencia de sus ansias de venganza y la necesidad de ejercer una autodefensa pasando al ataque, cuando sentimos una liberación y sentimos que la justicia se ha cumplido, concibiendo la salvaje ejecución como la solución inevitable. En tal brete y en el rol de público que observa los acontecimientos, aplaudimos, en definitiva, el ojo por ojo.

Tal vez Iliadis recurre a lo obvio en el sentido de que define a los personajes de un modo maniqueo con el fin de provocar el choque entre clases y el dilema de cómo proceder ante el conflicto. La protagonista, así, está caracterizada como una joven limpia, atlética, pura, angelical, de fina figura, mientras que los malvados, por su parte, son escoria, gente enfermiza, demonios terrenales. El mal mancilla al bien de tal modo que el contraste se hace evidente y deriva en un enfrentamiento saldado con una catarsis liberadora (para los “buenos” de ficción y para el espectador) tan previsible, dado que ya conocíamos la historia, como, en el fondo, eficaz por su componente visceral.

Si incidimos algo más en la cuestión, hemos de citar, estemos o no de acuerdo, la intención del director griego, que en declaraciones asegura que su película conduce a que nos cuestionemos que no todo es blanco o negro, que incluso los personajes civilizados incurren en la violencia en límites extremos, lo que denota que este “virus” corre, en realidad, por la sangre de todos. Nadie parece estar exento: así es la naturaleza humana. Y es entonces cuando la línea que separa a los unos de los otros se difumina, dado que entra en juego la supervivencia como catalizadora de la emisión de nuestros instintos primitivos. Porque yendo más lejos, se puede pensar que la animalización experimentada por los padres de la víctima se ve empeorada por un factor únicamente humano: el sadismo, la sed de infligir un daño, un castigo, que en verdad duela al enemigo para satisfacer nuestros impulsos.

Pero dejándonos de lecturas éticas, morales, patológicas o sociales más o menos discutibles, estamos ante una película sombría, incómoda, vigorosa y, en ocasiones, hasta enervante, al alcanzar un grado tortuoso en pasajes como el de la dilatada violación rodada en fragmentos que sugieren una prolongada agonía. De hecho, hay que reconocer que, con independencia de la validez o no de sus instrumentos, crea tensión y perturbación, virtudes que no se han de despreciar.

Y que la innecesaria y burda escena final, casi a modo de epílogo, dé la impresión de ser un postizo, una concesión de cara a la galería, un retal añadido muy mal enlazado e integrado en la narración, no estropea las fortalezas de un filme, como mínimo, estimable que dignifica el derecho a rehacer horrores setenteros y ochenteros siempre y cuando se cubran unos mínimos de calidad.

Anécdotas

* Título en Venezuela: La venganza de la casa del lago. * Ganadora del premio al mejor director en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Bruselas, en 2009. * Se dice que el estudio consideró al menos a ¡cien! directores, antes de decidirse por Dennis Iliadis. * El co-productor Jonathan Craven, hijo de Wes, aparecía en la película original: es el niño con el balón. * Parece ser que la película se rodó con destino a estrenarla directamente en dvd en octubre de 2009, pero tras pases de prueba con gran éxito a finales de 2008 optaron por estrenarla en cines.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

“Déjame entrar” [Colaboración en Pasadizo]

Posteado en Cine sobre Abril 23, 2009 por Max Renn

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DÉJAME ENTRAR (LÅT DEN RÄTTE KOMMA IN)

Oskar, un niño solitario y de apariencia tranquila que sufre abusos por parte de sus compañeros y cuyos padres parecen ausentes, colecciona siniestros recortes de periódicos y posee un arma blanca que nunca se atreve a usar. En su vida aparece repentinamente una extraña niña de su misma edad, Eli, que se ha mudado al mismo bloque de viviendas. Entre ambos pronto surgirá una relación tan difícil como, en el fondo, irrompible que se verá salpicada de víctimas colaterales.

Ficha Técnica

Dirección: Tomas Alfredson. Productores: Carl Molinder, John Nordling. Guión: John Ajvide Lindqvist, sobre su propia novela de título homónimo. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Johan Söderqvist. Montaje: Tomas Alfredson, Dino Jonsäter. Efectos especiales: Jens Martensson, Kalle Schröder. Intérpretes: Kare Hedebrant (Oskar), Lina Leandersson (Eli), Per Ragnar (Hakan), Henrik Dahl (Eric), Karin Bergquist (Ivonne), Peter Carlberg (Lacke), Ika Nord (Virginia), Mikael Rahm (Jocke), Karl Robert Lindgren (Gösta)… Nacionalidad y año: Suecia 2008. Duración y datos técnicos: 115 min. color 2.35:1.

Comentario

En el cine de terror de los últimos tiempos, se antoja especialmente valiosa (y valiente) la apuesta por el tono minimalista, la sugerencia, el fuera de campo, la elipsis, la parquedad, la audacia visual en modo de juego de simbolismos formales, la ocultación con visos a ir edificando un conjunto que se revele con majestuosidad… Acostumbrados a un género proclive, en muchas ocasiones, al golpe de efecto, al exceso, al subrayado, al abuso de lo explícito, a la exhibición impúdica, resulta grato encontrarse con propuestas que creen en la fórmula del menos es más, aplicándola con mano firme y mediante una plena convicción en sus posibilidades. No se trata, pues, de asaltar al espectador a través de lo obvio o de lo enteramente visible, sino de desgranar con cuentagotas y de forma esquinada detalles que componen un todo y que van perfilando un universo regido por el silencio, la contención, la soledad, la frialdad… En lugar de una sobre-explicación o de una ostentación innecesaria, se invoca al espectador, en definitiva, para que interprete, para que extraiga una lectura de lo visto sin necesidad de ofrecerle un ejercicio del todo evidente que presente el material ya masticado y regurgitado.

Tomando como base la novela homónima de John Ajvide Lindqvist, Déjame entrar contiene numerosas ramificaciones temáticas en su relato: acoso escolar, rabia reprimida, soledad, miedo, incomprensión, necesidad de afecto, ausencia de los progenitores, disfunción familiar, desprotección, incomunicación, venganza, amor eterno, fin de la inocencia, fascinación por lo siniestro, fragilidad de los sistemas de seguridad, sacrificio, autoexilio y, en suma, muchos más focos de atención susceptibles de ser citados. Así, la aparente sencillez de la propuesta, fruto de su transcurso en voz baja que sólo se rompe por puntuales alaridos, engloba, en verdad, una multitud de cuestiones que se dirimen en un universo gélido, impoluto, aislado, en cuyo seno bullen pasiones y violencias soterradas que, tarde o temprano, estallan con fuerza. Desde lo íntimo, desde una mirada a pequeña escala que se enfoca a los márgenes, la película se expande y, a partir de los códigos del fantástico, nos somete a un escrutinio: la naturaleza humana, percutida por la monstruosidad, es objeto de estudio.

Ya los primeros minutos sintetizan y anticipan de manera ejemplar las líneas maestras que luego desarrollará la película. En el arranque está todo. A saber: Nieva. Vemos el reflejo en una ventana de un chico rubio y blanquecino. Se acerca un taxi. En el interior del vehículo, un hombre mayor, de rostro lleno de surcos, ladea la cabeza y sonríe a una niña que está a su lado. Ella no le devuelve la mirada. Volvemos al chico, que está en casa, y apoya su mano en el cristal de la ventana, adelantando su intención de comunicarse y la conexión futura con alguien que se aproxima. El taxi llega a su destino. Baja una niña y se introduce en el edificio. El chico la observa por una ventana, con curiosidad, y acto seguido blande un arma blanca, pronunciando una frase amenazante sin destinatario físico. Sólo está fantaseando. A continuación, el hombre mayor, que ya se ha hecho cargo del equipaje, tapa con cartón las ventanas de la vivienda que comparte con la niña. Este párrafo resume a la perfección la condición de los personajes: un niño sólo visto a través de un cristal y mediante una imagen borrosa, signo de su carácter algo fantasmagórico, aislado y cerrado en sí mismo; un hombre que se ocupa y preocupa, que carga las maletas y previene que la luz del sol invada la vivienda; y una niña misteriosa mostrada sólo en fragmentos.

Uno tiende a pensar que la nacionalidad sueca de la película ha sido un factor fundamental para concebir Déjame entrar según lo anteriormente expuesto: como un cuento macabro, romántico, intimista y de implicaciones terribles, que, aún así, no necesita de aspavientos ni de grandes algarabías para golpear, puesto que su poder se mantiene agazapado, oculto, listo para salir propulsado ante nuestras narices con ferocidad. Un silencio, un sutil sonido o un pequeño gesto son suficientes para comunicar algo; una gota de sangre, una ventana tapada o un gato en estado de alerta, también. Tan gélido es el ambiente en el que se desarrolla la película como sobria y precisa es la plasmación de una puesta en escena ajustadísima a las necesidades narrativas. La gramática visual de Tomas Alfredson luce una elegancia y una exquisitez que sólo pueden ser calificadas como maravillosas. Con qué aplomo avanza, con qué exactitud plasma la historia y la contagia de una atmósfera glacial y según un soporte de realismo social. Y yendo más lejos, tampoco cabe desdeñar la definición de unos personajes interesantísimos que vagan, solos, en un entorno que promete cerrazón (paredes, puertas y ventanas como elementos divisores de espacios físicos y vitales de difícil acceso) a pesar de los paisajes abiertos.

Resulta conmovedora y compleja la relación de ese niño que es objeto de burlas y abusos por parte de sus compañeros y esa extraña e inquietante niña que un buen día aparece y se convierte en la vecinita de al lado. A su alrededor, todo es desapacible y la sensación es de desamparo. Pero existe una unión entre ellos inquebrantable, que quema. Ambos tienen, en teoría, la misma edad, aunque ella hace mucho que continúa en los doce años. Él colecciona recortes de periódicos concernientes a brutales sucesos e imagina, hundiendo su arma en la corteza de un árbol, la posibilidad de herir con sadismo a los que le importunan. Una bestia parece estar agazapada en su interior a la que sólo hay que desatar. Es posible que Oskar, que entra en proceso de madurez y de auto-asimilación de sus rasgos primitivos, y Eli, animalizada cuando entra en liza su sed de sangre, sean las dos caras de una misma moneda, es decir, dos seres capaces de amar y matar. Y como parte accesoria, los adultos prácticamente son un telón de fondo, un elemento secundario, casi un “objeto” más del decorado. Reducidos a jugar el papel de meras comparsas, sólo refuerzan la sensación de que la pareja protagonista no puede apoyarse en ellos.

El tratamiento del vampirismo aquí expuesto se ha de considerar respetuoso, ya que, sin pervertir los cánones tradicionales del mito, explora la vertiente trágica y maldita del mismo sobre parámetros emocionales muy creíbles, a lo que contribuye de manera decisiva la primorosa interpretación de los dos actores principales y la medida dirección de Tomas Alfredson, un realizador siempre alejado del cine de terror que, ajeno a los tics habituales de muchos otros, acierta a la hora de hacer uso de la cotidianidad y la normalidad para otorgar mayor empaque a esta fantasía que combina liberaciones, tristezas y amores suicidas y condenatorios.

Cabe señalar, al menos, una escena como candidata mayor para lucir el sello del recuerdo permanente: el clímax, localizado en la piscina, de modélica y atípica resolución, exprime el fuera de campo como pocas veces hayamos visto, componiendo una culminación de la catarsis que quita el aliento. Y el final, tan abierto como coherente, tan romántico como evocador, supone un colofón idóneo, pues ya nos permite imaginar cómo continuarán las vidas de estos amantes.

No creo muy aventurado afirmar que la película, premiada y alabada con merecimiento en multitud de citas internacionales, puede ser, fácilmente, uno de los máximos referentes del género fantástico del nuevo siglo y, desde luego, no hay duda de que se ha erigido en la rutilante última sensación del cine europeo.

Anécdotas

* El título de la novela y, por consiguiente, de la película se inspiró en una canción de Morrissey, “Let the Right One Slip In”. Por otro lado, es alusión al mito vampírico de que el ser de las tinieblas ha de ser invitado a entrar en una casa por poder acceder a ella. *Ha sido aclamada y premiada en numerosos festivales y citas cinematográficas. Algunos de los premios más destacados que ha recibido son: mejor película extranjera nombrada por las Asociaciones de Críticos de Chicago, Toronto, Washington o Boston; premio del público de la XIX Semana de Cine de Terror de San Sebastián; Méliès de Oro en el XLI Festival de Cine Fantástico de Sitges; mejor película europea/norteamericana/sudamericana en el Fant-Asia Film Festival; etc… * Ya se está planeando el pertinente remake americano, a estrenar en 2010.

Bibliografía

LINDQVIST, John Ajvide: Déjame entrar; traducción de Gema Pecharromán. Madrid: Espasa-Calpe, 2008. Traducción de: Låt den rätte komma in (2004).

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea. Alicante. España)

Dossier Cine fantástico 2008 en Pasadizo.com

Posteado en Cine, Lecturas, Televisión sobre Marzo 31, 2009 por Max Renn

Desde hace ya diez años, Pasadizo.com está presente en la red ofreciendo contenidos para el lector aficionado al género fantástico. En nuestro empeño por seguir mejorando día a día publicamos este Dossier 2008, realizado por más de veinte colaboradores del portal, y en donde encontrarás un amplio repaso a todo lo que nos ha dejado el género a lo largo del año, tanto en películas como en series de televisión.

Un repaso por medio de completas críticas, dividiendo la producción por temáticas y nacionalidades: cine de animación, adaptaciones del cómic y literarias, secuelas y remakes, cine americano, europeo y de otras latitudes, fantaterror español, estrenos directos a dvd, series de televisión, así como tablas de puntuaciones de todas las películas estrenadas en 2008 por nuestro equipo de críticos a los que se este año se suman especialistas en género fantástico de la talla de Ángel Sala, Carlos Losilla, Pedro Calleja, Tonio L. Alarcón, Tomás Fernández Valentí, Antonio José Navarro o Sergi Sánchez, entre otros.

Carlos Díaz Maroto (Ed.)

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Ya está aquí el Dossier de Cine fantástico 2008 de Pasadizo.com: Se trata de un completísimo repaso de más de 300 páginas sobre todo lo que nos ha dado el género fantástico en el 2008 tanto en cine (estrenos en España) como en televisión, incluyendo algunas de las películas estrenadas directamente en DVD. Una enorme cantidad de reseñas (de calidad) por parte del Equipo Pasadizo y un cuadro de puntuaciones elaborado por críticos y colaboradores de la web conforman el espléndido contenido de un trabajo elaborado, de estupendo diseño y maquetación y apto para ser degustado con detenimiento.

He tenido el placer de colaborar en el Dossier mediante algunos textos, escribiendo sobre dos series de TV (True Blood y Fear Itself) y unas cuantas películas (Soy un Cyborg, El territorio de la bestia (Rogue), Saw 5, El patito feo y yo, El valiente Despereaux, Parking 2, Storm Warning, Aparecidos, Bottom Feeder, Boogeyman 2 y Wind Chill) .

Podéis descargar este extenso documento en formato .pdf en el siguiente enlace: CLICK!

Espero que sea de vuestro interés.

“La duda (Doubt)” [Colaboración en Pasadizo]

Posteado en Cine sobre Marzo 1, 2009 por Max Renn

En Pasadizo.com, mi reseña de La duda: CLICK! 

Estamos en 1964 y el lugar es el colegio católico de St. Nicholas, en el Bronx. Allí se produce un escándalo en ciernes, puesto que la hermana Aloysius inicia una firme cruzada al sospechar que el padre Flynn ha podido llevar a cabo actos intolerables con un alumno. No existen pruebas, sólo algún vago indicio. Sobre la mesa se plantean diversos y numerosos temas: el rumor, la sospecha, la verdad, la comprensión, la integración, la familia disfuncional, el abuso, la duda, el pecado, la fe…

Ficha Técnica

Dirección: John Patrick Shanley / Productores: Mark Roybal, Scott Rudin / Guión: John Patrick Shanley, adaptando su propia obra teatral / Fotografía: Roger Deakins / Música: Howard Shore / Montaje: Dane Collier, Ricardo González, Dylan Tichenor / Dirección artística: Peter Rogness / Intérpretes: Meryl Streep (hermana Aloysius Beauvier), Philip Seymour Hoffman (padre Brendan Flynn), Amy Adams (hermana James), Viola Davis (señora Miller), Alice Drummond (hermana Verónica), Mike Roukis (William London), Joseph Foster (Donald Miller)… / Nacionalidad y año: Estados Unidos 2008 / Duración y datos técnicos: 104 min. color. 1.78:1.

Comentario

Adaptando al cine su propia y exitosa obra teatral, John Patrick Shanley, cuya única experiencia cinematográfica anterior como realizador se circunscribe a la cómica y aventurera Joe contra el volcán (Joe Versus the Volcano, 1990), ofrece una valiosísima rara avis en la cartelera actual y reciente al recurrir, de manera modélica, a la sutileza, la sugerencia y la ambigüedad como pilares básicos de un relato de múltiples lecturas y reflexiones y dotado de una fuerza irresistible. Nada es explícito, todo está en el aire, como corresponde al origen de la sospecha y la duda sobre hechos no probados, es decir, cuando no existe una certeza absoluta. Obtener la verdad, si es que ello es posible, dependerá de los personajes y, por ende, de nosotros, si bien la complejidad del particular desafía cualquier intento de veredicto.

Uno de los más grandes méritos de la propuesta consiste en haber concebido todos sus elementos en consonancia con lo que se pretende transmitir. Así, se despliega un riquísimo abanico de pequeños detalles, gestos, silencios, miradas, luces o sombras con el objetivo de sugerir, aunque sea subliminalmente, simbolizar y promover la interpretación del espectador, quien es puesto a prueba ante lo que sucede en la pantalla. Shanley nos hace partícipes, nos involucra en este retazo de la conducta humana ilustrado desde una aparente sencillez. Y nos sitúa, no en vano, en la posición no de un observador pasivo y acomodado, sino en el dilema de tomar partido frente a la escandalosa problemática, de decantarnos de un modo u otro, de cuestionarnos la información recibida. Somos testigos, entonces, de las pesquisas detectivescas de la muy estricta hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep), en cuyo interior se instala la indoblegable convicción de que el padre Brendan Flynn (Philip Seymour Hoffman) ha cometido un acto intolerable y pecaminoso. Su cruzada es imparable.

Decíamos, por lo tanto, que cada aspecto de la película, y nada es gratuito, está medido al milímetro y puesto al servicio de la causa en virtud de un guión de oro. Desde los discursos, plenos de significado, del padre Flynn ante sus feligreses hasta los nada casuales fenómenos atmosféricos, enlazados con una posible reacción/señal divina, o la decisión de ambientar la historia en un colegio católico en el año 1964, tras los sentimientos de incertidumbre y desprotección que causó el asesinato del presidente Kennedy, es imposible encontrar algo que resulte baladí. Todo contribuye a potenciar el fondo de la cuestión: la sospecha o rumor que se convierte en “verdad” sin suficiente base para ello y las consiguientes dudas que desmoronan lo que creemos cierto y nos corroen, incluso en términos de fe católica. Y en este punto, resulta interesante citar al director y guionista, John Patrick Shanley, que resume muy bien sus intenciones cuando él mismo afirma lo siguiente: “Me resultaba, dramáticamente (puede que incluso metafísicamente), interesante contraponer los dogmas de fe con la poderosa sombra de la duda. Vivimos en una sociedad en la que se dan por cierto casi todo tipo de rumores, y esas cosas que decimos, esas acusaciones, pueden acabar siendo verdades. En el film, como en la pieza teatral, esa sombra, esa duda, se desliza sigilosamente, terriblemente. Duda para bien o para mal. Una duda que crea el conflicto íntimo de los personajes.”

La presente es una película tan poderosa que ni siquiera su carácter teatral, que la ciñe a escenarios limitados y a una realización elegantísima pero sobria y contenida, sin aspavientos ni alharacas, atenúa su energía interna. Más allá de la riqueza que antes hemos expuesto acerca del conjunto, es de justicia remarcar especialmente el engranaje de los aspectos técnicos (fotografía, diseño de producción, dirección artística, vestuario…) y, sobre todo, la intensidad de un duelo enorme, de rompe y rasga, que contrapone el gesto serio y el compromiso con una reglas clásicas de Aloysius con la modernidad y la mentalidad abierta de Flynn. Lo viejo y lo nuevo. Un choque cuyo antecedente se encuentra ya en el contraste, sensacional, entre la escena que plasma la silenciosa y muy formal cena de las hermanas y la que retrata, por otro lado, el alborotado y lujurioso banquete de los sacerdotes.

Los extraordinarios enfrentamientos verbales entre ambos resultan vibrantes, afilados, hasta coléricos. Y si exquisitos se consideran los diálogos, no lo son menos los intérpretes, en absoluto estado de gracia y brillando en cada instante. Porque lo cierto es que se aventura muy difícil destacar a unos por encima de otros: en realidad, Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman encabezan el cartel y ofrecen un delicioso recital aprovechando sus maravillosos y tan bien definidos personajes, pero no hemos de olvidar el pletórico nivel que también alcanzan Amy Adams, en el papel de la novicia que enciende la mecha, y Viola Davis, asumiendo el rol de la madre del niño y protagonizando una escena memorable en la que expone sus argumentos desarmantes ante el estupor de la hermana Aloysius.

En la producción cinematográfica reciente pocas veces hemos visto un mecanismo de relojería tal en el que cada pieza encaje y funcione a la perfección. Y menos veces aún hemos tenido la ocasión de enfrentarnos con una película que nos cuestione y/o desafíe intelectual, moral y emocionalmente.

Anécdotas

* En la obra de teatro de John Patrick Shanley exhibida en Broadway, el reparto estaba compuesto, en sus papeles principales, por Cherry Jones (hermana Aloysius), Brian F. O’Byrne (padre Flynn), Heather Goldenhersh (hermana James) y Adriane Lenox (señora Miller). *La obra ha sido galardonada con los premios Tony y Pulitzer.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

“El luchador (The Wrestler)” [Colaboración en Pasadizo]

Posteado en Cine sobre Febrero 20, 2009 por Max Renn

EL LUCHADOR (THE WRESTLER)

Randy “The Ram” Robinson destacó en la década de los ochenta por ser uno de los luchadores profesionales más conocidos y admirados. Veinte años después, todo ha cambiado para él: sobrevive a duras penas mediante un trabajo indeseado y efectúa apariciones esporádicas en cuadriláteros venidos a menos. Caído en el olvido y ya en el ocaso de su carrera y de su vida, Randy, en franca decadencia, hace un último esfuerzo por remontar el vuelo, por obtener algo de calor humano en las figuras de Cassidy, una stripper también dolida, y Stephanie, su hija adolescente con la que nunca se relaciona. Sin embargo, es el ring, y todo lo que ello abarca (oponentes, público, espectáculo), el único lugar que le ofrece comprensión, su único hábitat posible.

Ficha Técnica

Dirección: Darren Aronofsky / Productores: Darren Aronofsky, Scott Franklin / Guión: Robert D. Siegel / Fotografía: Maryse Alberti / Música: Clint Mansell / Montaje: Andrew Weisblum / Efectos especiales: Drew Jiritano / Intérpretes: Mickey Rourke (Randy “The Ram” Robinson), Marisa Tomei (Cassidy), Evan Rachel Wood (Stephanie Robinson), Mark Margolis (Lenny), Todd Barry (Wayne), Wass Stevens (Nick Volpe), Judah Friedlander (Scott Brumberg), Ernest Miller (The Ayatollah)… / Nacionalidad y año: Estados Unidos, Francia 2008 / Duración y datos técnicos: 115 min. color. 2.35:1.

Comentario

Resulta obvio que una de las virtudes principales de El luchador es el hecho de apoyarse, como soporte esencial, en la imponente presencia de Mickey Rourke, quien realiza casi una genuina performance mediante la que el propio sujeto, el intérprete, constituye la obra artística. Su cuerpo castigado y su rostro algo deforme son, en definitiva, la expresión fehaciente de una vida tormentosa marcada por el conflicto, la decadencia y el acercamiento al abismo personal y profesional. Así, el actor hurga en sus tripas y en su corazón para poner a disposición de su personaje gran parte de sus experiencias vitales con una convicción y una verdad que conmueven. Este papel, el del luchador Randy “The Ram” Robinson, que trata de resurgir a pesar de sentirse desplazado y olvidado tras una trayectoria otrora reconocida, simboliza la épica del perdedor cincelado por la soledad y los sueños rotos. En otras palabras, sería el paradigma del tipo caído en desgracia que, en un proceso de redención personal, persigue exorcizar sus demonios, enmendar sus errores y reconducirse.

Por consiguiente, el cineasta Darren Aronofsky, consciente de la naturaleza del material y sin renunciar a su estilo, opta por la contención, la sobriedad y el enfoque realista a la hora de abordar esta descarnada crónica del ocaso. Ya ajeno a sus tan cuestionados artificios que le reportaron críticas furibundas en base a su incomprendida pero magistral La fuente de la vida (The Fountain, 2006), retrata con cercanía el deambular de un pobre diablo crepuscular y condenado, de una vieja gloria vapuleada por la vida y su entorno. Y, como decíamos, Rourke, con su rostro demacrado, su físico dañado y su llamativa y extravagante melena tintada, se erige en el vehículo idóneo para plasmar la decrepitud del ser humano, la pertenencia a un pasado que ya no volverá y el hundimiento del que es objeto. Y es que este luchador profesional, llegado el estertor de su carrera, no es sino un alma solitaria que sobrevive a duras penas y cuyos intentos de redención o encauzamiento son abortados o frustrados: véase su relación con una stripper, encarnada por una Marisa Tomei en excepcional periodo de madurez, que tiene mucho de alma gemela y a la que desearía como compañera sentimental y el reencuentro con su hija ignorada.

Lo único que le queda a este personaje, al que en cierto modo podríamos situar en la galería del bigger than life, es el ring. El cuadrilátero, ese impúdico lugar de exhibición, es el único mundo en el que sabe desenvolverse y en el que encaja. Su principio y su fin, su nacimiento y su muerte, incluso su heroísmo, estriba en la lucha. Los oponentes son sus cómplices compañeros de esfuerzos; los espectadores, su familia. Es, en fin, su hábitat natural, ese sitio que se rige por unas reglas y códigos de honor que conoce y acepta, y fuera de ahí se siente desubicado, ninguneado y maltratado.

El devenir del personaje de Rourke ostenta una credibilidad fuera de lo común, lo que genera emoción y conmoción. Con un actor entregado a la causa en cuerpo y alma, la cámara de Aronofsky, que apuesta por un estilo próximo y sin exceso formal alguno que distraiga la atención o asfixie el relato, se sitúa a su altura, a sus espaldas, a ras de suelo, y jamás le abandona. Hay aquí una mirada humana, profunda y respetuosa al interior de un ser amargado que va agonizando, y es de lo más curioso e irónico que la bravucona, estrafalaria y febril escenificación de la lucha libre sea, al fin y al cabo, un entorno más auténtico que la cotidianeidad de lo que se cuece ahí afuera.

No caben recursos lacrimógenos en una excepcional película que se define por la crudeza, la turbiedad, el dolor… El protagonista provoca que le amemos y comprendamos por su suicida profesionalidad, sus surcos de humanidad y sus deseos de salir adelante del mejor modo que sabe; y que, claro, suframos por él y su sacrificio de perfil cristiano: en este sentido, el sangriento combate cuya puesta en escena incluye alambres de espino, y que supone una de los fragmentos más físicos e hirientes que hayamos visto en los últimos tiempos, se constituye en una flagelación tan tangible que traspasa la pantalla.

Anécdotas

* La película fue premiada con el León de Oro, el máximo galardón que concedió el jurado presidido por el director alemán Wim Wenders en el Festival de Venecia de 2008. También obtuvo los Globos de Oro al mejor actor principal y a la mejor canción original, escrita expresamente por Bruce Springsteen. * Mickey Rourke fue la primera elección de Darren Aronofsky para el rol protagonista, pero el estudio no confiaba en el polémico actor y sugirió a Nicolas Cage. No obstante, el director insistió en su apuesta por Rourke y, tras hacer que éste se comprometiera a tomarse en serio el papel, consiguió su objetivo. * En una escena de lucha, Rourke, con el fin de otorgar más realismo a su personaje, verdaderamente se cortó en la frente mediante una cuchilla, lo que supone una práctica usual en el ring para muchos luchadores. Además, en la búsqueda de obtener la mayor autenticidad posible, Aronofsky contó con público auténtico en los combates así como con luchadores profesionales que aparecen actuando ante las cámaras o asesorando tras ellas. * Uno de los oponentes de Randy, “El Ayatollah”, está interpretado por Ernest Miller, un luchador auténtico. Otras figuras del wrestling que forman parte del reparto son Ron Killings, Smooth Tommy Suede, Necro Butcher, Mike Millar y Johnny Valiant.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

“Los Cronocrímenes”

Posteado en Cine sobre Febrero 12, 2009 por Max Renn

Pesadilla en clave de paradoja temporal

Nacho Vigalondo, el muy zorro, toma la temática de los viajes en el tiempo para elaborar un guión muy hábil e inteligente que explota al límite las paradojas espacio-temporales que necesariamente se han de originar en una propuesta tal. Por ello, Los Cronocrímenes (2007) propone una pesadilla en forma de bucle infinito sin principio ni fin que comienza y finaliza en sí mismo. Conforme avanza, se va retroalimentando de lo que hemos visto antes para liar la madeja e ir introduciendo al protagonista en un desorden desquiciante de acciones paralelas. Y este encaje de bolillos, señores, es muy excitante si se sabe manejar con tino, convicción y sin avergonzarse de su naturaleza.

Hay que tener en cuenta que lo que consigue no es nada fácil: desde una gran economía de medios (las limitaciones presupuestarias habrán influido) y con el lastre que supone, a priori, que tanto el cine como la literatura haya tratado tantas veces este manido tema, Vigalondo logra que su película no derive en una cutrez inmersa en el déjà vu, sino en una pequeña, refrescante e irresistible pieza de carácter minimalista y de resultados tan entretenidos como desafiantes y descarados.

El guión, perfectamente hilvanado y consistente dentro de su premisa fantástica, nos lleva en volandas a lo largo de una película intensa, ingeniosa y juguetona en la que se percibe un encantador aroma de serie B. Así, ejerce como divertimento pulp que no se toma demasiado en serio a sí mismo (véase la delirante máquina, el personaje un tanto ridículo que encarna el propio realizador, el vendaje rosa y demás atributos…), claro, pero también incita a la reflexión acerca del yo múltiple, las consecuencias irreparables de nuestros actos y la conversión del protagonista en componente y desencadenante de una escalada trágica de la que es imposible escapar.

Todo ello, a partir de la sencillez y la irrupción tremendamente convincente de lo fantástico en un contexto cotidiano que engloba una serie de escasos personajes y escenarios muy bien aprovechados.

Por no hablar del tipo de las vendas rosas, el abrigo hecho trizas y las tijeras. Porque, encima, se ha permitido el lujo de crear un personaje-icono.

Una de las películas más disfrutables que he visto últimamente, sin duda. Y se agradece, y mucho, tener la ocasión de ver propuestas de esta índole (es decir, de género puro) que vengan a refrescar el demasiado mimético y repetitivo panorama patrio.

“Crepúsculo”

Posteado en Cine sobre Febrero 7, 2009 por Max Renn

Crepúsculo (Twilight)

Bella Swan se muda del cálido estado de Arizona a un pueblo gris y húmedo, Forks, para pasar una temporada con su padre divorciado. En el instituto conoce a un misterioso chico, el apuesto y blanquecino Edward Cullen, con el que entablará una relación cada vez más cercana. Pero, pronto, descubrirá la condición vampírica de él, quien, tratando de dominar sus impulsos, sólo bebe sangre animal y mantiene las distancias con los seres humanos. Las dificultades surgen, pues el acercamiento y el deseo son peligros candentes, pero el amor se impone.

Ficha Técnica

Dirección: Catherine Hardwicke / Productores: Wyck Godfrey, Greg Mooradian, Mark Morgan, Karen Rosenfelt / Guión: Melissa Rosenberg, sobre la novela “Twilight”, de Stephenie Meyer / Fotografía: Elliot Davis / Música: Carter Burwell / Montaje: Nancy Richardson / Efectos especiales: Andy Weder / Intérpretes: Kristen Stewart (Bella Swan), Robert Pattison (Edward Cullen), Billy Burke (Charlie Swan), Ashley Green (Alice Cullen), Nikki Reed (Rosalie Hale), Peter Facinelli (Dr. Carlisle Cullen), Jackson Rathborne (Jasper Hale), Cam Gigandet (James)… / Nacionalidad y año: Estados Unidos 2008 / Duración y datos técnicos: 122 min. color 2.35:1

Comentario

Durante buena parte de su metraje, Crepúsculo proyecta una interesante mirada intimista, áspera y sosegada hacia una relación sentimental de difícil aunque predecible éxito. Y es que los enamorados se ven, en principio, separados por la naturaleza de él, un vampiro “vegetariano” que sólo se alimenta de sangre animal, y el miedo que siente por no poder controlarse ante una fémina que le seduzca. Atormentado por su temible condición, es reacio al contacto y en un comienzo intenta alejarse de ella para protegerla de sí mismo. De esta manera, por un lado tenemos a Bella (Kristen Stewart, recordada como la hija asmática de Jodie Foster en La habitación del pánico), una chica algo distante que acaba de mudarse a Forks, un pueblo húmedo y gris, para vivir con su padre divorciado, con el que entabla, también, una relación fría; y por otro, a Edward Cullen, que, junto a su familia, trata de convivir en el seno de la sociedad a pesar de que se autoexcluye de las relaciones y se sitúa en un segundo plano.

Esta historia de amor que deviene de imposible a posible, como no podía ser de otro modo, es la base del filme, el motor que impulsa la narración. Se agradece que Catherine Hardwicke se acerque a los dos personajes principales y configure un ambiente apagado y mortecino que envuelva la melancolía de los mismos. Nada nos distrae de lo fundamental. Ni siquiera la realización, ciertamente sobria, participa de efectismos propios de la MTV. Existe, desde luego, un ánimo por no usar recursos de montaje epiléptico ni por mover la cámara de modo constante. La forma resulta, entonces, más contenida de lo esperado, y la narrativa se despliega a ritmo calmado, subrayada por la música de Carter Burwell, lo que va en beneficio de un enfoque atento a los personajes y sus disyuntivas, consiguiendo una pausa y una proximidad que no son habituales en productos de target adolescente-multisalas.

También resulta sugerente (y discutible) la aséptica y conservadora visión del vampiro que aquí se establece. Despojado de sexualidad ardiente y de un carácter malvado o perverso, Edward es un chico de 17 años que, para su desgracia, es incapaz de consumar el deseo puesto que si lo hiciese convertiría a su amada en una criatura como él. Allí donde Sookie y Bill, otro vampiro civilizado, traspasan la línea, y de qué manera, en la serie televisiva True Blood, en cambio Bella y Edward, como decíamos, se mueven en un amor casto y virginal de pasión soterrada, desconexión carnal y tintes tópicos y cursilones.

Es necesario reconocer que Crepúsculo no pertenece a una atrevida y transgresora corriente posmoderna que, por ejemplo, sea capaz de cuestionar con ironía su género, explorar los límites del mito vampírico en otra vuelta de tuerca o derribar constantes. En realidad, la película cree firmemente en sí misma, con convicción, y se toma en serio su tono romántico ingenuo y sus puntuales destellos de violencia inofensiva. Su conservadurismo, su falta de mordiente, es algo que los responsables de la cinta parecen asumir sin mayor problema, al igual que el espectador y/o lector, que ha convertido el producto en un fenómeno mediático y de ventas.

No obstante, algunos elementos que huelen a concesión fácil de cara a la galería o que, en su defecto, parecen haber sido muy poco trabajados, quebrantan la inicial solidez del conjunto y disuelven el tono intimista. A saber: la aparición de una descafeinadísima banda de vampiros hostiles y el previsible enfrentamiento que se origina a partir de la algo ridícula secuencia del partido de béisbol, que desencadena en un clímax final tremendamente rácano de emoción, tensión o fuerza; las breves referencias a una raza de lobos como material inexplorado y sólo apuntado y sugerido que, a buen seguro, será usado en sucesivas secuelas de esta más que probable saga; el apresurado, simplista y plano dibujo de los personajes secundarios, tanto los compañeros de instituto como la familia de Edward, que responden a clichés huecos; el carácter trash de los deficientes efectos especiales, por fortuna no muy abundantes, y el maquillaje excesivo…

Un balance final que, perjudicado por la concesión quinceañera, es, si bien no despreciable ni odioso, sí pasablemente mediocre.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

“Rescate al amanecer”

Posteado en Cine sobre Febrero 3, 2009 por Max Renn

No sé si estaré en lo cierto, pero Rescate al amanecer (Rescue Dawn, 2006), de Werner Herzog, pasó bastante desapercibida en su momento, ¿no creéis?… Al menos, esa es la impresión que tengo, puesto que la he recuperado recientemente y, vista su calidad, creo que la película debió de merecer mucha más atención.

Herzog efectúa un paréntesis en su fase documental para dirigir esta obra de ficción que se inspira en hechos reales. Nos cuenta, en esta ocasión, una historia de supervivencia extrema protagonizada por un piloto, Dieter Dengler (Christian Bale), que, volando sobre Laos en ejercicio de una misión secreta, es derribado y tiene que aterrizar forzosamente en la selva. Sobrevive a la caída, pero poco después es apresado, torturado y sometido a un encarcelamiento en condiciones infrahumanas. Por supuesto, tratará de escapar, junto a otros prisioneros, de sus captores aunque lo que le espere ahí fuera sea el dictado de la naturaleza indómita y la amenaza constante de un enemigo que en cualquier momento puede aparecer. 

Como es habitual en el realizador alemán, aquí se enfrenta el hombre con la selva, y en el proceso se producen episodios de desesperación, locura, destrozo físico y anímico… Después de un arranque aéreo preñado de bombardeos y que remite al comienzo de Apocalypse Now, todo se antoja de una autenticidad tremenda, especialmente debido a la habilidad del director alemán para, desde la desnudez de su puesta en escena, extraer verdad y fuerza primigenia de las imágenes y, claro, a la labor de Christian Bale, que vuelve a dejarse el alma y el cuerpo (a lo largo del filme observamos cómo el actor adelgaza de una manera brutal, al igual que otros compañeros de reparto) en el papel.

Por lo tanto, estamos ante un trabajo cinematográfico de suma fisicidad, ante una aproximación descarnada a la Guerra de Vietnam que prescinde de adornos para centrarse en lo esencial, en lo visceral, en el dolor y la tenacidad fuera de lo común de su protagonista. Tal vez, eso sí, la recta final sea lo menos convincente, pues se adentra en terrenos ya más convencionales, pero en general se trata de un survival bélico y dramático de lo más recomendable.

“Encuentros en el fin del mundo”

Posteado en Cine sobre Enero 31, 2009 por Max Renn

Encuentros en el fin del mundo (Encounters at the End of the World, 2007) es un documental dirigido por Werner Herzog que nos lleva a la Antártida para que, mediante la particular mirada del cineasta, observemos una panorámica no sólo de la fauna y la flora del gélido e intrigante lugar, sino también de la vida de las personas que allí residen.

Una vez más, al director alemán lo que le interesa es plasmar la naturaleza (y su poder) en su más pura expresión y la relación que ésta entabla con un ser humano aventurero, soñador, alternativo, obsesivo, excéntrico y un tanto “suicida” que busca nuevas experiencias limítrofes. Así, entrevista a varias personas/personajes muy especiales para que nos cuenten sus formas de vida, sus inquietudes, sus teorías…

Uno de los mayores atractivos de los documentales de Herzog es su capacidad para trazar una fina línea, en ocasiones imperceptible, que separa la realidad de la ficción (en este sentido, su falso documental Incident at Loch Ness es muy significativo como autoparódica declaración de intenciones). Aunque se supone que todo es real, la elección de los protagonistas de las entrevistas y la filmación de entornos extraños y fascinantes (la Antártida se asemeja a otro planeta o a una superficie lunar) podrían formar parte, de algún modo, de una ficción, de una película. Es el reflejo de que aquello que sucede en nuestro mundo (y sus misterios) a veces supera a aquello que podamos inventar.

Aunque bien es cierto que Encuentros en el fin del mundo no alcanza el magistral nivel de la imprescindible Grizzly Man (2005), en la que nos mostraba los extremos de la obsesión y la supervivencia, hay aquí momentos hipnóticos, de genuina magia, como la inolvidable imagen del pingüino que se aleja del grupo voluntariamente y emprende un viaje en solitario hacia el horizonte con una muerte segura que le espera. Sólo por ese sensacional instante merece la pena ver este documento que nos acerca a lo desconocido con el peculiar toque sui generis y bizarro de un autor que, inquieto como siempre, continúa explorando los márgenes de la existencia y contándonos historias bigger than life.

Y que siga…

Dice Herzog: “Yo no distingo entre realidad y ficción. En el momento en que se sitúa una cámara frente a algo, ya hay un punto de vista, una manipulación de la realidad, una alteración. Para mí siempre ha habido un único objetivo: la búsqueda de una cierta verdad poética en las imágenes. Ha sido una constante en todos mis trabajos y lo será en el futuro.”

“Protegidos por su enemigo” [Colaboración en Pasadizo]

Posteado en Cine sobre Enero 7, 2009 por Max Renn

Mi reseña recién publicada en Pasadizo, aquí: CLICK!

Protegidos por su enemigo (Lakeview Terrace)

Chris y Lisa, entusiasmados, se instalan en su nueva y flamante casa de California, pero pronto surgirá un gran inconveniente que romperá el bienestar: su vecino, Abel Turner, que abusa de su autoridad como oficial de policía, se revela como un racista indoblegable que perturba la paz de la joven pareja interracial, a la que intimida de continuo. La situación de conflicto, claro está, irá a peor hasta desencadenar en un enfrentamiento incendiario.

Ficha Técnica

Dirección: Neil LaBute / Productores: James Lassiter, Will Smith / Productores ejecutivos: John Cameron, Jeffrey Gaup, David Loughery, Joe Pichirallo / Guión: David Loughery, Howard Korder / Fotografía: Rogier Stoffers / Música: Jeff Danna y Mychael Danna / Montaje: Joel Plotch / Efectos especiales: John C. Hartigan / Intérpretes: Samuel L. Jackson (Abel Turner), Patrick Wilson (Chris Mattson), Ferry Washington (Lisa Mattson), Ron Glass (Harold Perreau), Justin Chambers (Donnie Eaton), Jay Hernández (Javier Villareal), Keith Loneker (Clarence Darlington)… / Nacionalidad y año: Estados Unidos 2008 / Duración y datos técnicos: 110 min. color 2.35:1.

Comentario

Por fortuna, Protegidos por su enemigo representa, al menos para el que esto escribe, la relativa recuperación de Neil LaBute tras The Wicker Man (The Wicker Man, 2006), el pésimo remake que perpetró del clásico setentero de Robin Hardy. Remonta el vuelo, por lo tanto, después de la negativa acogida generalizada de su película anterior, que ya se veía lastrada de raíz por el mero hecho de ser comparada con el inimitable original, y ahora regresa, mediante el thriller, al crudo e incisivo retrato de la masculinidad pasado por el tamiz del conflicto racial y su repercusión social.

Una pareja interracial, formada por Chris (Patrick Wilson), un blanco, y Lisa (Kerry Washington), una negra, se instala en su nueva vivienda de Los Ángeles. El problema surgirá cuando su vecino, Abel Turner (Samuel L. Jackson), un policía racista y radical que somete a sus hijos a una férrea disciplina y se emplea con brutalidad en su trabajo, se dedica, en virtud de sus despuntes de psicopatía, a hacerles la vida imposible poco a poco. Esta base argumental de la que parte permite establecer las líneas para constituir un interesante retrato social que, desde las coordenadas del thriller, va desarrollando una situación inquietante que estalla en una lucha entre dos machos: uno, en cuya actitud odiosa tiene mucho que ver una tragedia de su pasado que le otorga una amargura personal que proyecta en sus víctimas vecinales; y otro, que trata de encajar con su mujer guardando pequeños secretos y siendo reacio al compromiso de la paternidad.

La primera mitad de la película resulta modélica por su mirada íntima hacia los personajes y su pausado avance, haciendo evolucionar y crecer el relato con buen pulso y generando una atmósfera tensa a partir de los constantes roces entre estos vecinos. La excelente fotografía del holandés Rogier Stoffers (Quills, 2002) crea un microcosmos palpable, elegante, y LaBute se toma su debido tiempo para poner en liza las bases, de modo que, con contenida sutileza, va dispersando detalles que nos hacen sospechar que todo se pondrá peor a la mínima ocasión. Ya en su segunda mitad, la película transcurre por derroteros más convencionales, predecibles, desmelenados y menos sugerentes, pero, en cualquier caso, no desentona en exceso en el conjunto y funciona como una inevitable catarsis que, en una hábil maniobra de guión, se ve potenciada por el alegórico incendio que se va aproximando a la comunidad angelina.

Sin mácula, además, se puede considerar el apartado de los intérpretes. Por un lado, Samuel L. Jackson se antoja convincente y eficaz adoptando el rol de un personaje que se revela ambiguo y matizado hasta cierto punto. Aun estando lejos de ser el súmmum de la complejidad, su papel escapa de la villanía unidimensional y presenta algún bagaje dramático, lo que se enriquece por medio de la interpretación del actor, enérgico y carismático. Enfrente, por otro lado, encontramos a Patrick Wilson, también notable, que ha de lidiar con la dificultad que supone formar una pareja interracial no sólo ante la figura del insufrible Abel Turner, sino también ante su distante suegro.

En Protegidos por su enemigo, el director de Amigos y vecinos ( Your Friends & Neighbours, 1998 ) equilibra de forma acertada dos vertientes: las constantes del thriller propiamente dicho y la plasmación de la lacra del racismo, la intolerancia, el abuso de la autoridad y la invasión de la intimidad en la sociedad del bienestar. Y todo ello, servido como un producto que no se avergüenza de su condición de entretenimiento comercial no demasiado profundo ni punzante… pero sí jugoso y digno.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

“Wall·E”

Posteado en Cine sobre Enero 5, 2009 por Max Renn

Soberbia, maravillosa, fascinante. Todo, absolutamente todo me parece magistral en la última propuesta de la mágica Pixar. 

Me explico de forma esquemática y en 10 puntos:

1 – El comienzo escenificado en esa Tierra deshabitada, desoladora, donde la basura alcanza el tamaño de los rascacielos. Un arranque rebosante de pesimismo.
2 – Un robot limpiador, el último “hombre” vivo, en absoluta soledad. La presentación del personaje ya nos indica lo increíblemente entrañable que se revelará.
3 – El evidente referente que supone Chaplin en esta parte inicial que remite al cine mudo, haciéndose patente en los gags físicos y la poesía romántica (y visual) que se va escribiendo desde que Wall·E se encuentra con Eve.
4 – El diseño de los personajes, especialmente de la pareja protagonista. Él, caduco; ella, sofisticada. El contraste entre dos mundos. Y es increíble la capacidad de los genios de la Pixar para otorgar grandes significados a pequeños gestos, pues ambos transmiten muchas emociones mediante ligeros cambios en sus ojos, sonidos o en postura corporal.
5 – La historia de amor entre máquinas, que me parece verdaderamente emocionante. Es asombroso cómo dos criaturas animadas pueden calar tan hondo.
6 – La visión deprimente de un futuro sembrado de humanos orondos y acostados ante pantallas permanentes en un universo computerizado, impoluto, frío, impersonal, deshumanizado. En lugar de evolución, ha habido una involución: véase cuando estos humanos comienzan a andar, descubriéndose a sí mismos y un desconocido abanico de pobilidades. Y nótese que ya ni siquiera mantienen contacto físico. La única solución es la vuelta a los orígenes.
7 – El mensaje ecológico, colado con elegancia, sin forzar, para que, de alguna manera, reflexionemos durante un instante sobre lo que le estamos haciendo al planeta.
8 – La narración eminentemente visual. Prescinde casi del diálogo en una decisión muy atrevida. Cine en estado puro de dinamismo ejemplar y que confía en el genuino poder de la imagen.
9 – La animación: tremenda. No sólo por los personajes (es significativo que los robots ostenten muchos más matices que unos humanos secundarios y homogeneizados), sino también por los fondos, los escenarios. Las texturas de La Tierra como territorio postapocalíptico y rebosante de desperdicios y las texturas de la nave como lugar estilizado y esterilizado.
10 – He reído y he llorado; me ha divertido y me ha conmovido.

Me ha tenido hipnotizado. ¿La mejor de Pixar? No lo sé. Lo que sí sé es que, para mí, Wall·E se trata del mejor estreno de este año recién acabado.

Artículo: John Carpenter: Maestro del Horror… catódico [Colaboración en Pasadizo]

Posteado en Cine sobre Diciembre 28, 2008 por Max Renn

Aquí os traigo mi nueva colaboración en la web Pasadizo: CLICK!

John Carpenter: Maestro del Horror… catódico

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

La, en principio, ambiciosa serie televisiva Masters of Horror reunió a varios autores que habían de aportar su personal toque genérico mediante capítulos de casi una hora de duración. John Carpenter fue uno de los directores elegidos más prestigiosos, de manera que se hizo cargo de dos episodios: “Cigarette Burns”, un magistral descenso metalingüístico a los infiernos que desmenuzaremos en el presente artículo, y “Pro-Life”, un refrito simpático pero de resultados decepcionantes.

> Primera temporada, capítulo 8: “Cigarette Burns”

“Una película es magia. Y en ciertas manos, un arma.”

La fin absolue du monde, el filme maldito

El protagonista, Kirby Sweetman (Norman Reedus), que regenta un cine y se dedica a buscar películas raras, es llamado por el señor Bellinger (Udo Kier), un millonario coleccionista de cintas oscuras y extremas que se muestra obsesionado por poseer la única y original copia de un film maldito y de paradero desconocido, La fin absolue du monde. La película fue proyectada por primera vez en la noche de apertura del Festival de Cine Fantástico de Sitges y causó una tragedia inexplicable al morir cuatro personas a raíz de su visionado. Según la leyenda, el público que asistió a la proyección enloqueció y se generó el caos y la violencia en una sala que se tiñó de sangre. En consecuencia, su director, un tal Hans Backovic, la robó con el fin de sacarla del país, pero el gobierno se apoderó de ella y trató de destruirla… sin conseguirlo.

La búsqueda

Bellinger ofrece a Sweetman una enorme suma de dinero a cambio de que encuentre tan ansiada película. El coleccionista, que tiene en su poder ciertos elementos del rodaje como fetiches de su malsana fascinación, desea verla bajo cualquier circunstancia con el fin de averiguar por sí mismo el verdadero alcance de sus perturbadoras y poderosas imágenes, mientras que el rastreador de films necesita imperiosamente el dinero para saldar una vieja deuda. La búsqueda, así, da comienzo…

El ángel profanado

Bellinger no sólo colecciona obras cinematográficas siniestras. También tiene cautiva en su mansión a una extraña criatura, símbolo de los malvados límites del proceso artístico, que aparenta ser una especie de ángel caído con las alas arrancadas, encadenado como un grotesco souvenir y que participó en el largometraje maldito. “Nosotros éramos parte de la película, agarrados al negativo como el alma a la carne”, confiesa este ser de divinidad profanada. Un ángel violado y corrompido como metáfora de la maldad invertida en la creación, en este caso cinematográfica.

Las quemaduras de cigarrillo

Timpson, el proyeccionista del cine de Sweetman, es un aficionado a coleccionar aquellos fotogramas donde aparecen las llamadas “quemaduras de cigarrillo” (cigarette burns) en una esquina y que indican el cambio de rollo en la proyección. Timpson da una de las claves del capítulo cuando afirma que las quemaduras anticipan que “algo va a suceder”. A continuación, apostilla (en relación al fotograma de marras): “Sácalo de donde esté y de repente es anarquía”.

El pasado oscuro

Kirby Sweetman es un hombre atormentado por cierto suceso de su pasado sentimental del que trata de escapar sin conseguirlo. La tragedia le persigue como un insoportable cargo de conciencia imposible de olvidar y capaz de conducirle a la autodestrucción.

La palabra de la crítica

A. K. Myers es un crítico arruinado, posiblemente ido, que jamás logra terminar su análisis crítico de La fin absolue du monde y que se siente irremediablemente atraído por verla de nuevo. Dice: “El film de Backovic en ciertas manos es un arma”. Y alude al poder de los cineastas como máximos responsables de la obra: “Nosotros confiábamos en los directores. Nos sentamos en la oscuridad desafiándoles a que nos afecten, seguros de que ellos saben que no pueden ir muy lejos”. Pero Backovic era “un terrorista. Abusó de esa confianza que depositamos en los cineastas. Él no quería herir a las audiencias; quería destruirlas por completo”.

De tal palo, tal astilla

La música es obra de Cody Carpenter, quien sigue la línea de los temas compuestos por su padre como leit motiv de sus películas. Ya contribuyó en la banda sonora de Vampiros de John Carpenter (John Carpenter’s Vampires, 1998) y Fantasmas de Marte de John Carpenter (John Carpenter’s Ghosts of Mars, 2001) y lo volvería a hacer, a continuación, en “Pro-Life”, un capítulo correspondiente a la segunda temporada de Masters of Horror.

El cine

En “Cigarette Burns”, Carpenter habla, de una u otra manera, de las películas (La fin absolute du monde), de los cines (el modesto cine de Kirby), del público (los espectadores que vieron la película maldita y los personajes que van en su búsqueda para visionarla), de los directores (Backovic), de los actores (el ángel), de los críticos (A.K. Myers), de los programadores (Kirby), de los proyeccionistas (Timpson), de los directores de fotografía (el del film buscado perdió… la vista), de los montadores (cuya labor es aludida por un personaje de piel tatuada con celuloide: el brutal y sanguinario Dalibor), de los productores (la esposa de Backovic se refiere al Mal), de los festivales (Sitges y Rotterdam), de los archivos de películas (el que está ubicado en París), de los coleccionistas (Bellinger), etc… Es posible encontrar, por lo tanto, alusiones al universo del cine en sus diversos aspectos. En una pirueta interesantísima, es cine sobre cine sobre cine. Por ello, estamos ante un ejercicio metalingüístico apasionante y apasionado; un sórdido canto de amor a la cinematografía especialmente dirigido al cinéfilo y al conocedor del fantástico en general y de las constantes de Carpenter en particular. Es la prueba, en definitiva, de que el director neoyorquino aún está en forma y tiene mucho que decir.

El outsider

Backovic es la transgresión en el cine, el distanciamiento de los cánones, la experimentación suicida, la negación a la falsedad y complacencia de Hollywood (un par de referencias punzantes se diseminan en el metraje). Y Carpenter, precisamente, defiende un cine muy alejado de las modas comerciales representadas por la gran maquinaria y es fiel a su personal estilo aunque le reporte dificultades a la hora de iniciar nuevos proyectos.

Los homenajes y los puntos comunes

Cabe localizar a lo largo de su metraje referencias cinéfilas a Nosferatu, el vampiro (Nosferatu: eine Symphonie des Grauens, 1922) -en un cuadro que decora la mansión del millonario-, El abominable Dr. Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971) -mencionada por Bellinger cuando dice que prefirió ver esta película en Sitges antes que el film de Backovic-, Rojo oscuro (Profondo rosso, 1975) -que se proyecta en el cine de Sweetman- y Dario Argento. Y, además, los puntos en común con la carpenteriana En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1995) no son precisamente escasos: el director (Hans Backovic) y el escritor (Sutter Cane) como desaparecidos autores de una obra maldita que causa un efecto enloquecedor, mortal, a quienes se acercan a ella; los personajes de Norman Reedus y Sam Neill como encargados de esclarecer el misterio y cumplir una misión suicida a lo largo de tortuosos senderos dirigidos a la fatalidad; la presencia de fuerzas diabólicas y sobrenaturales alrededor de la creación artística (o quizás inherentes a ella); la imposibilidad de obtener una salida, una esperanza, para unos protagonistas cuyo fin ya escrito se encuentra ante una pantalla de cine…

La Nueva Carne y la percepción de la realidad

Algo de la “Nueva Carne” de David Cronenberg y de su visionaria película, Videodrome (Videodrome, 1983), cabe percibir aquí. Por un lado, Kirby Sweetman es, a la manera de Max Renn en Videodrome, un personaje que se somete a la influencia peligrosa de la obra audiovisual que busca, provocando en él un proceso de transformación que le lleva a sufrir una percepción distorsionada de la realidad y marcada por los círculos que se asemejan a las propias “quemaduras de cigarrillo”, señales que indican el comienzo de sus pequeñas pesadillas en las que cualquier atrocidad puede ocurrir. Si Max Renn perdía la razón y sufría alucinaciones a partir de ver la señal de un misterioso canal de televisión, nuestro protagonista sufre alteraciones conforme se acerca al objeto de su búsqueda. Por otro lado, también tenemos esa fusión entre celuloide y carne, como demostrará gráficamente Bellinger al querer ser parte, literalmente, del cinematógrafo con sus propias entrañas, o las lesiones que se autoinfligen para destruir sus cuerpos quienes se someten a ella. Y no olvidemos la presencia, en ambas, de las snuff movies como foco de la depravación humana.

El formato televisivo

“Cigarette Burns” es el magistral capítulo 8 de la primera temporada de la serie Masters of Horror, creada por Mick Garris para la cadena Showtime, pero es más que televisión. No sería descabellado, en realidad, afirmar que se trata de cine de muchos quilates aunque se nos presente en estado comprimido en función de los medios y la duración que caracterizan al formato doméstico. Y lo cierto es que es una lástima que el capítulo, de ingenioso guión y de ajustada y enérgica puesta en escena, no se convirtiese en un largometraje y, así, se estrenase en cines para el disfrute de todos.

Las limitaciones televisivas provocarán, quizás, que su calidad no sea debidamente apreciada y que al público se le escape.

Una compleja oda, en fin, de amor y homenaje al cine de género desde el metalenguaje más apasionado, perverso… y visceral.

> Segunda temporada, capítulo 5: “Pro-Life”

Por desgracia, la alarmante mediocridad de la segunda temporada de Masters of Horror pareció contagiar al mismísimo John Carpenter, que con “Pro-Life”, su segundo capítulo para la serie, realizó el que es, posiblemente, uno de sus trabajos más prescindibles y desangelados. Si en el extraordinario “Cigarette Burns” el director californiano había trascendido, con maestría, las limitaciones del formato televisivo para ofrecernos un discurso metalingüístico de fascinantes implicaciones y modélicos resultados en narrativa y puesta en escena, ahora confiere la sensación de haber sido absorbido y anulado por la estética televisiva más plana. Y tampoco ayuda, precisamente, el vulgar guión de Drew McWeeny y Scott Swann (los mismos responsables, aunque no lo parezca, del brillante libreto de “Cigarette Burns”), dado que tratan de revisitar, por enésima vez y con poca fortuna, las marcas de estilo carpenterianas, dando como resultado un refrito un tanto cansino de referencias que van desde la situación de encierro y asedio en un escenario reducido, tan habitual en el realizador desde Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13, 1976), hasta la monstruosidad que remite, de algún modo, a La cosa (The Thing, 1982).

La historia, que como se ha dicho sirve para mostrarnos varias alusiones más o menos evidentes a la filmografía del director, es de gran simplicidad: una joven embarazada huye desesperadamente de su radical padre, Dwayne (interpretado por el siempre eficaz Ron Perlman), y acaba ingresando en una clínica, donde suplicará que le sea practicado un aborto de inmediato. Asegura que dentro de ella reside una semilla del Mal que debe ser extirpada de su interior. Por su parte, Dwayne, al que le han prohibido el paso y cree oír voces del más allá, se convierte en un fiero guardián de la vida y decide asaltar por todos los medios la clínica con el fin de evitar que su hija aborte…

Lo cierto es que lo anterior funciona como una excusa argumental, no más, para provocar el guiño cómplice a ese espectador que conoce la trayectoria artística del autor. Sin embargo, las intenciones se quedan cortas ya que para rellenar con enjundia casi una hora de metraje se necesita algo más: al fin y al cabo, “Pro-Life” es una gamberrada entretenida y graciosa, sí, pero demasiado ligera, escasa de contenido y floja de continente, que parece haber sido acometida por un imitador aplicado que, en cualquier caso, ni siquiera compensa el desequilibrio con un ejercicio de estilo atractivo. Así, tanto la forma como el fondo no logran convencer en demasía y hasta se aprecia una apatía general.

Asimismo, su parábola acerca del derecho a la vida se antoja pueril y gruesa, quedando enterrada por unos excesos que se acercan a la autoparodia. El efecto exagerado de la violencia a través de un gore desatado, lo explícito de unas criaturas de diseño grotesco (y divertido) y el casting de actores de saldo (salvo el ya citado Ron Perlman) contribuyen a que el cachondeo zetoso sea generalizado y tengamos la certeza de que no estamos viendo más que un pasatiempo de elevado nivel bizarro que, a estas alturas, tal vez ya sabe a poco. Y es una pena, porque el estrambótico final, que provoca un perverso giro en nuestras simpatías, sugiere una lectura de interesante ambigüedad acerca de su mensaje: ¿Pro-vida o pro-aborto? ¿De qué parte estás?

Masters of Horror: “Cigarette Burns” (2005)

Emisión: 16 de diciembre de 2005 en la cadena Showtime. Capítulo 8 de la primera temporada.

Director: John Carpenter / Guión: Drew McWeeny, Scott Swann / Fotografía: Attila Szalay / Música: Cody Carpenter / Montaje: Patrick McMahon / Intérpretes: Norman Reedus, Udo Kier, Gary Hetherington, Christopher Britton, Zara Taylor, Chris Gauthier, Douglas Arthurs… / Nacionalidad y año: Estados Unidos, Canadá 2005 / Duración y datos técnicos: 59 min. color 1.78:1.

Masters of Horror: “Pro-Life” (2006)

Emisión: 24 de noviembre de 2006 en la cadena Showtime. Capítulo 5 de la segunda temporada.

Director: John Carpenter / Guión: Drew McWeeny, Scott Swann / Fotografía: Attila Szalay / Música: Cody Carpenter / Montaje: Patrick McMahon / Intérpretes: Ron Perlman, Caitlin Wachs, Emmanuelle Vaugier, Mark Feuerstein, Biski Gugushe, Jeremy Jones…Nacionalidad y año: Estados Unidos, Canadá 2006 / Duración y datos técnicos: 57 min. color 1.78:1

Artículo: “Daredevil: Born Again” [Colaboración en Pasadizo]

Posteado en Lecturas sobre Diciembre 16, 2008 por Max Renn

- Artículo que he publicado en Pasadizo.com: CLICK!

BORN AGAIN: LA ÉPICA DEL RENACIMIENTO SEGÚN FRANK MILLER

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

Frank Miller, que había despuntado relanzando la colección de Daredevil, retomó el personaje para crear, junto al dibujante David Mazzucchelli, una de sus obras más logradas y capitales: Daredevil: Born Again, un arco narrativo rompedor e inolvidable que, publicado en 1986, abarcaría un total de siete números (del 227 al 233 USA) que figuran con letras de oro en la historia del cómic norteamericano.

1 – Sentando las bases de su visión del superhéroe

Pero antes de escribir la odisea definitiva del superhéroe, en 1979 Miller ya había comenzado a revolucionar la colección de Marvel tras debutar en el número 158 USA. Primero como dibujante y luego haciéndose cargo tanto del guión como del apartado gráfico (con la colaboración inestimable de Klaus Janson), el autor desplegó unos niveles de calidad que hoy por hoy se antojan indiscutibles y cuya influencia ha sido fundamental en el devenir de esta suerte de justiciero urbano ciego. Daredevil, entonces, fue relanzado gracias a un joven e impetuoso artista decidido a hacer algo grande, a llevar al superhéroe a la mayoría de edad mediante guiones inteligentes y adultos que le otorgaban matices psicológicos que progresivamente fueron desarrollados y exprimidos hasta las últimas consecuencias. Miller, así, escarbó con fruición en la psique del protagonista y le dotó de un peso realista enfrentándolo a dilemas morales, hablando de su pasado, haciéndole experimentar tragedias y tormentos sin desperdicio, llevándole a sufrir con sangre, sudor y lágrimas…

Se trataba, en definitiva, de caracterizarlo con profundidad, de perfilar una personalidad definida e, incluso, de situarlo a ras de tierra para que el lector se identificase, se involucrase. Aquel que se aproximase al cómic tenía que vibrar con los avatares de un tipo con mallas y bastón. Daredevil, por lo tanto, no había de ser un superhombre intocable por encima del bien y del mal y cuyas acciones no tuvieran consecuencias. No, no era una deidad intocable, sino un hombre con un don poderoso que, en cualquier caso, no le eximía de frecuentar las luces y las sombras. El componente dramático y emocional que se generaba a raíz de la humanización del protagonista tenía que existir y ser convenientemente potenciado.

Naturalmente, tal introspección se combinaba con altas dosis de épica como consecuencia del contundente estilo de Frank Miller basado en una apasionada fuerza narrativa gracias al recurso del poderoso monólogo interior, un ritmo que jamás desfallecía y unas viñetas tendentes a sublimar la acción por medio de violentas coreografías muy físicas, además de elaborar una composición de página siempre dinámica. Lo plano, lo banal y las medias tintas no tenían cabida, pues se buscaba la intensidad y la grandeza en todos los órdenes del cómic.

Muy probablemente, la aportación más valorada del autor durante esta etapa fue la creación del personaje de Elektra Natchios, una fascinante antiheroína ninja azotada por la tragedia familiar y abocada a ganarse la vida como asesina a sueldo gracias a su rabia interna y a un dominio sobrenatural de las artes marciales. Su affaire amoroso con Matt Murdock y su salvaje enfrentamiento con el temible y psicótico Bullseye, un villano remozado por Miller, fueron, sin duda, algunos de los clímax que alcanzó la colección a nivel dramático y épico, que son, precisamente, los dos pilares sobre los que se asentaba el estilo milleriano.

La concepción de la urbe como escenario inmenso y rugoso fue, asimismo, otra de las constantes esenciales, pues ejercía como peligroso telón de fondo en el que acontecía la acción. La Cocina del Infierno (Hell’s Kitchen), ese barrio de Manhattan tradicionalmente considerado como el underworld de Nueva York, se erigía en un campo abonado para la delincuencia y el crimen organizado. La presencia de la ciudad, de esta manera, era muy palpable y requería, por supuesto, de alguien que pusiese orden en ella: un héroe comprometido e identificado con el lugar en el que creció.

Ya en 1982, como decía al inicio de este artículo, el autor cerró su primera etapa con el personaje, y para ello se empleó a fondo con una excelente historia titulada Ruleta, donde exploraba con madurez y prisma reflexivo el papel influyente del superhéroe y la violencia en el mundo (caótico) de hoy.

2 – Born Again: La épica del renacimiento

Afortunadamente, y tras el discreto paso del guionista Denny O’Neil por la serie en lo que se antoja una fase de transición, Frank Miller regresó a sus orígenes para obviar lo que habían hecho otros y finiquitar su labor con el personaje que había desarrollado con tanto mimo. La guinda final consistiría en contar una última y explosiva historia en la que mataría al superhéroe (Daredevil) para que sólo sobreviviese el hombre (Matt Murdock).

Tal era su ambicioso objetivo.

2.1 – Simbología e iconografía católica

Born Again. Nacer otra vez. Muerte y resurrección. El fallecimiento del pecador y el resurgimiento de un ser redimido y purificado tras la agonía de su paso por el infierno.

Sirviéndose de la simbología católica como perfecta metáfora, Miller derrumba al protagonista, lo despoja de asideros, lo somete a un purgatorio donde expía su culpa, lo desciende al infierno, lo destroza física y moralmente en un calvario sin fin… Unas etapas necesarias, en fin, para que después sea posible provocar su renacimiento como un hombre nuevo mediante la ayuda ¿simbólica? de la maternal monja Maggie, quien acoge en su seno al caído y reza por él implorando piedad y salvación. Resultan emblemáticas, en este sentido, dos geniales viñetas: en una, vemos a Murdock demacrado junto a Maggie, estando ambos en una postura que remite directamente a La Piedad de Miguel Ángel; en otra, Murdock/Jesucristo se encuentra en paz, en postura de ya crucificado y bajado de la cruz. La redención se ha completado.

“Su alma está aturdida.
Pero es un hombre bueno, Señor.
Sólo necesita que le enseñes tu camino. Entonces se levantará y
será en esta ciudad una espada de luz en tus manos, Señor.
Si he de ser castigada, sea.
Si he de ir al infierno, sea.
Pero perdónalo.
Tanta gente le necesita.
Escucha mi plegaria.”

(Maggie)

Daredevil es un personaje complejo y ambiguo. Abogado defensor de día y justiciero urbano de noche. Un hombre que defiende la ley bajo la identidad de Murdock y que, sin embargo, se toma la justicia por su mano cuando anochece y se enfunda su traje: ¿Cabe mayor contradicción? ¿Qué vertiente es más efectiva para combatir el crimen? ¿Quizás una combinación de ambas? ¿Puede alguien mantenerse en su sano juicio ante tal dicotomía?… El Hombre sin Miedo no es un superhéroe al uso. No cabe el maniqueísmo. Tampoco los blancos y negros. Porque, sin ir más lejos, estamos ante la tesitura de un tipo católico que se disfraza de diablo.

2.2 – Archienemigos “bigger than life”

En Born Again, Wilson Fisk (alias Kingpin), presentado como el archienemigo que actúa en la sombra en el papel de un gran jefe de la mafia, el crimen y la corrupción de Nueva York, averigua la identidad de Daredevil a raíz de la traición que comete Karen Page/Judas, antigua novia de Murdock, que, desesperada y desamparada, vende su mejor secreto a cambio de una dosis de droga. Este hecho provoca el comienzo de un infierno vital que casi reduce a cenizas a un tipo ya en declive y a quien ni siquiera es capaz de salvar su amigo Foggy Nelson. Y a la decadencia del mismo contribuye un Kingpin tratado como un ser casi omnipotente, inabarcable, y no sólo de presencia física en forma de mole, sino también como un estratega calculador. Su plan no es otro que el de ir haciendo pedazos, con lentitud y sadismo, la vida de un hombre que sólo se siente cómodo y liberado cuando asume el rol de Daredevil, lo que le permite desahogar la furia y la frustración de su anodina existencia como abogado en paro. Es fruta madura. Tan sólo es necesario mover algunos hilos para sacudir el frutal…

2.3 – Auge, caída y levantamiento

Lo que acontece después, relativo al desmoronamiento, apocalipsis, purificación, redención y renacimiento, ya ha sido apuntado previamente y supone un esquema seguido por Miller a lo largo de su trayectoria. Hacer morder el polvo al héroe e impulsar una nueva puesta en pie del mismo para que luche frente a un enemigo poderosísimo en un entorno hostil que no le ofrece comprensión (ni compasión) es recurrente, de hecho. Así, la victoria, si es que se produce, se entiende como el producto del sacrificio y de la superación personal de alguien que jamás se rinde. Y el autor de Batman: Año Uno lo hace mejor que nadie sirviéndose no sólo del factor visual sino también de la densidad de unos personajes que se confiesan al lector mediante feroces monólogos internos (Murdock, Karen, el periodista Ben Urich y Kingpin) que aportan sus diferentes puntos de vista.

2.4 – Vitriólica sátira sociopolítica

Resulta imposible obviar, por si no fuera suficiente, la sátira sociopolítica de ramificaciones militares que tanto gusta al autor. Ahí tenemos, de hecho, al supersoldado Nuke, que se antoja un trasunto perturbado y oscuro del Capitán América, siendo utilizado, tras una breve referencia a Vietnam, como letal arma en una incursión intervencionista del ejército norteamericano en Nicaragua y que, después, es reclutado y manipulado ideológicamente por Kingpin para que siembre el caos y el terrorismo. O al mismísimo Capitán América en una aparición estelar como idealista extremo (“No soy leal a nada… excepto al Sueño”) de valores patrióticos indoblegables.

O, también, la alusión a lo corrompible que puede resultar el ejército y al poder de destrucción masiva y de devastación de las armas. Unas buenas cargas de profundidad nada anecdóticas.

2.5 – Un equipo creativo bien avenido

Todo lo expuesto fue servido en bandeja de oro por Frank Miller y David Mazzucchelli (espléndido de veras sacando partido de ese estilo de dibujo clásico, claro, sin aspavientos) con crudeza, visceralidad, realismo y un toque de extravagancia un tanto desconcertante (esa enfermera forzuda…). Sin ir más lejos, esta dupla creativa logró con creces algo que está al alcance de muy pocos: contar esa crónica de caída y ascenso sólo haciendo uso de lo estrictamente necesario, sin aditivos superfluos, es decir, desde una envidiable capacidad de síntesis habida cuenta de un conjunto (guión y dibujo) de precisión casi matemática. Los dibujos, que tan pronto nos acercaban a los personajes hasta tocarlos como nos impactaban con secuencias de acción o imágenes reveladoras (ese Daredevil rodeado por las llamas de un infierno figurado, por ejemplo), ejercía como perfecta plasmación.

La pasión y el dolor, presentes en todo momento, imprimían su marca a fuego para no abandonarnos hasta una última viñeta a toda página de efecto liberador.

3 – La etapa cumbre de Frank Miller

Fue a mediados de la década de los años 80 cuando el hoy polifacético Frank Miller (Olney, Maryland, 1957) deslumbró encadenando una serie de magníficos cómics, lo que supuso, muy posiblemente, el punto creativo más alto de su carrera. Aparte de las excepcionales cotas alcanzadas en Daredevil: Born Again, en 1986 sacudió a la crítica y al público mediante una obra maestra, Batman: El Regreso del Señor de la Noche (Batman: The Dark Knight Returns), que mostraba a un Batman envejecido y de vuelta de todo enmarcado en un mundo decadente, ultraviolento, enloquecido y cercano a lo posapocalíptico. Este personaje icónico de DC fue concebido como un hombre belicoso, brutal, solitario, de tendencias suicidas y ajeno al sistema. Incluso compartía algo con Born Again: la aproximación al crepúsculo de un super(anti)héroe herido pero no muerto, la mirada despiadada hacia sus miserias en forma de inmersión psicológica y moral, las referencias a una política del terror y la inclinación a desarrollar una de sus historias definitivas.

También en 1986 apabullaría con otro espectacular e inquietante título, Elektra: Asesina (Electra: Assassin), una miniserie donde edificaba un abrumador tour de force narrativo convenientemente enriquecido con múltiples aspectos pasados por su particular túrmix (ninjas, cyborgs, implicaciones políticas extremadamente ácidas que remiten a la era Reagan, destrucción por doquier, armamento pesado, etc…) y llevado a las máximas alturas con la contribución de un gran Bill Sienkiewicz, cuyo estilo gráfico de tintes experimentales resultaba impagable. Esta propuesta del todo magistral amplificó el universo de Elektra hasta lo imposible al concebir una historia que soporta infinitas relecturas.

Este Frank Miller en estado de gracia, en permanente derroche de ideas y más afianzado que nunca en virtud de su vigorosísimo pulso como storyteller superdotado, afrontaría, a continuación, otro de sus cómics más inspirados. De nuevo junto a David Mazzucchelli, en Batman: Año Uno (Batman: Year One) reformuló los orígenes del personaje sobre una clara base de género negro y policial y siempre pendiente de un enfoque realista. Otorgando un importante protagonismo al comisario Gordon como observador privilegiado, nos cuenta los primeros pasos de un hombre marcado por una tragedia de su infancia y su posterior conversión en un Caballero Oscuro en lucha obsesiva contra la delincuencia de la ciudad de Gotham. Otro ejemplo de concisión y dominio total de la narrativa.

El arco narrativo Born Again comprende los siguientes números (con sus títulos en castellano):

Nº 227 – APOCALIPSIS

Nº 228 – PURGATORIO

Nº 229 – ¡PARIA!

Nº 230 – NACER OTRA VEZ

Nº 231 – SALVADO

Nº 232 – DIOS Y PATRIA

Nº 233 – ARMAGEDDON

El cine de Budd Boetticher

Posteado en Cine sobre Diciembre 4, 2008 por Max Renn

En los últimos días me he programado un ciclo privado (con la indispensable ayuda del animalito de carga) sobre la filmografía de Budd Boetticher. Estas son las películas y mis impresiones, recopilando todos los comentarios que he ido escribiendo al respecto en el foro de Pasadizo:

Los cautivos (The Tall T, 1957)

Mi primera experiencia en el cine de Boetticher ha sido de lo más positiva, destacando, en forma de lista:

- Los paisajes áridos y rocosos como escenario descarnado.
- La concisión narrativa y el estilo directo de Boetticher, lo que supone una buena intensidad. 1 hora y 17 minutos de metraje única y exclusivamente y la impresión de que nada sobra, de que no hay floritura alguna ni redundancias ni adornos innecesarios. Nada se alarga más allá de lo necesario. Depuración narrativa por todo lo alto.
- La sequedad con la que el director resuelve la acción. Ni grandes tiroteos, ni heridos que “resucitan”, ni gente a la que haya que disparar 100 veces para que muera. Aunque no se regodee en el espectáculo de la muerte, están filmadas con contundencia.
- Los inesperados destellos de crueldad.
- Cierta fascinación del villano (Richard Boone) respecto al héroe (Randolph Scott). De los dos se sabe muy poco. Boetticher sólo necesita algunas pinceladas, algunos trazos. Personajes casi abstractos, en definitiva.
- Western “desglamourizado”, por decirlo de algún modo. Pocas tonterías. Se cuenta algo aquí y ahora. Directo al grano, sin concesiones.

Como dato curioso, The Tall T es del mismo año que El tren de las 3:10 y son películas similares pero contrarias: en la primera, el villano (Richard Boone) tiene cautivo al héroe (Randolph Scott); en la segunda, el héroe (Van Heflin) tiene cautivo al villano (Glenn Ford). Y en ambas películas, héroe y villano parece estar algo fascinados mutuamente, como si tuvieran un grado de complicidad o, incluso, como si no estuvieran demasiado lejos el uno del otro.

Por otro lado, ambas películas comparten ese estilo directo y de narración concentrada, tal y como hemos hablado.

Cita en Sundown (Decision at Sundown, 1957)

Un western estimable, correcto, aunque tal vez inferior al anteriormente comentado. Me sigue gustando el hecho de que, al igual que en la película anterior, Boetticher no se entretiene en rodeos y va al grano. El planteamiento es muy rápido y el desarrollo opta por la concisión. No en vano, abarca una hora y cuarto de metraje, nada más.

El amor y la venganza son, en este caso, los temas principales. Randolph Scott vuelve a asumir el protagonismo, y lo hace encarnando a un personaje angustiado y cegado por sus ansias de vengarse a toda costa. Sin embargo, luego descubrirá algo que lo hundirá aún más en la amargura.

Cabalgar en solitario (Ride Lonesome, 1959)

También aquí el recurrente Randolph Scott interpreta a un hombre obsesionado con la venganza. Un tipo hierático y duro que arrastra una tragedia personal. El último plano, con la quema del árbol del ahorcado, es grandioso.

Una vez más, llama la atención el paisaje. Todo es roca y arena. Un territorio árido o escarpado de gran fuerza atmosférica y que denota las difíciles condiciones del lugar.

Y de nuevo cabe destacar la pureza narrativa de Boetticher, que lima todo elemento superfluo en una tarea de poda que reduce la película a la mínima expresión de lo justo y necesario. Ni sobran planos, ni sobran diálogos, ni sobran tiros. Cada elemento tiene su función en el relato a partir de un llamativo minimalismo que debe de resultar dificilísimo de conseguir. En este sentido, el director parece vaciar el cuadro y sólo contar y mostrar lo que le interesa para que se desencadene la acción y comprendamos las motivaciones de los personajes. No es necesario, por lo tanto, que sepamos más.

Además, se percibe bastante atrevimiento a la hora de manejar la figura de la mujer. El personaje de una Karen Steele DESLUMBRANTE es mostrado sacando partido de sus encantos, sin tapujos. Boetticher se inclina por marcar sus formas (ojo a la sostenida imagen de Karen Steele de perfil) y por hacer que los personajes masculinos queden embobados por ella y lo digan bien a las claras mediante diálogos cristalinos.

Muy buen western, ya digo. Y de una modernidad tremenda… porque esta misma película, vista ahora, no denota envejecimiento alguno.

Una hora y nueve minutos, señores. Boetticher cada vez necesita menos tiempo.

La ley del hampa (The Rise and Fall of Legs Diamond, 1960)

Me ha parecido, lo digo ya, sencillamente impresionante.

Es una película absolutamente trepidante. Narrada a un ritmo imparable, no hay tiempo muerto alguno, y, así, esta crónica de ascenso y caída de un ambicioso aspirante a gangster está contada con una fuerza tremenda. Boetticher, en todas las películas que he visto hasta ahora, demuestra que era un narrador superdotado. Esa capacidad de síntesis, esa pureza en el proceso narrativo, esa economía de medios, esa increíble mesura suya para saber cómo poner en escena lo estrictamente necesario…

Además, es una película de una enorme modernidad. Añádanle algo más de violencia explícita, algo más de agresividad en los diálogos, coloréenla y… estrénenla ahora. No chirriaría, no.

También me ha parecido magnífico Ray Danton en la piel de “Legs” Diamond. Me lo creo del todo. E igual de excelente es el retrato del personaje: un tipo incapaz de amar, un recalcitrante arribista solitario… No hay redención ni perdón para este personaje totalmente negativo que sólo mira por sí mismo. Nada le diferencia de otros hampones. Incluso puede ser peor porque va dejando atrás a todos aquellos que representan un lastre para él. Un villano.

Obra maestra. La mejor película que he visto, por el momento, de este director.

Reseña: “Calvaire” [Colaboración en Pasadizo]

Posteado en Cine sobre Noviembre 16, 2008 por Max Renn

- Reseña que publiqué en la web Pasadizo.com: CLICK!

Allmovie.com

Imagen: Allmovie.com

CALVAIRE [DVD: CALVARIO]

Formato: DVD

Un artista itinerante vive una indescriptible pesadilla en sus carnes cuando, tras un temporal de viento y lluvia, se pierde y va a parar a un espacio rural, abrupto y aislado. Envuelto por una hospitalidad aparente, trata de reparar su vehículo estropeado y seguir su camino, pero alguien no parece dispuesto a que así sea. Para él, la lucha por la supervivencia en este entorno enloquecido ha comenzado.

Ficha Técnica

Dirección: Fabrice Du Welz / Productores: Michael Gentile, Eddy Gérardon-Luyckx y Vincent Tavier / Guión: Fabrice Du Welz y Romain Protat / Fotografía: Benoît Debie / Música: Vincent Cahay / Efectos especiales: Alain Couty / Montaje: Sabien Hubeaux / Intérpretes: Laurent Lucas (Marc Stevens), Brigitte Lahaie (Mademoiselle Vicky), Gigi Coursigny (Madame Langhoff), Jean-Luc Couchard (Boris), Jackie Berroyer (Paul Bartel), Philippe Nahon (Robert Orton)… / Nacionalidad y año: Bélgica, Francia, Luxemburgo 2004 / Duración y datos técnicos: 88 min. color 2.35:1.

Comentario

En Calvaire acompañamos a un artista en su descenso a los infiernos del horror rural. Desde el mismo arranque, con la actuación de Marc (Laurent Lucas, que asume un papel de alta dificultad) en una residencia de ancianos, percibimos una sensación de inquietud, de extrañeza. El protagonista canta y baila ante una audiencia que se mantiene indiferente, pétrea. Después, una de las ancianas entra en el camerino del cantante e intenta forzar un amago de contacto sexual. Marc, acosado también por una enfermera, termina su trabajo y sube a su camioneta con rumbo hacia otra parte, pero por el camino parece perderse y, tras penetrar en una cortina de niebla o bruma, accede a una especie de universo paralelo descarnado y desolador, esto es, a una zona rural alejada de la mano de Dios, apartada de todo y de todos. Es un territorio profundo que se asemeja a un infierno sin salida ni escapatoria. Al protagonista se le estropea la camioneta bajo el temporal de viento y lluvia y logra llegar a un hostal para resguardarse, recuperar fuerzas y reparar el motor dañado.

Fabrice Du Welz nos sitúa cara a cara con un horror incómodo, imposible de eludir, que nos afecta de modo íntimo y personal. La intensidad de su pausada narración, plasmada en un crescendo progresivo e imparable, provoca que paulatinamente nuestro pulso se acelere, el malestar surja y la respiración se detenga. Su película es impecable en lo que refiere a la creación de un clima de desasosiego que, conforme avanzan los minutos, resultará más y más insoportable mientras sumerge al protagonista en un horror que nos es sugerido o adelantado desde el principio. Los espectadores vamos un paso por delante de Marc y sabemos que algo fatal va a ocurrir, así que sufrimos por él y su inocencia al verle rodeado de seres primitivos en un lugar perdido, en un reducto salvaje que parece haber cortado el contacto con la civilización y donde no existe la figura de la mujer.

Así, el horror psicológico y el físico se dan la mano para confeccionar una de las pesadillas más angustiosas y mejor perfiladas que hayamos visto (y veremos) en mucho tiempo. Atrapado en un pueblo repleto de criaturas crueles y amorales, Marc, el hombre de la ciudad, el artista, será reducido a un preciado objeto sexual, a un mero guiñapo humano, perdiendo toda su dignidad y masculinidad y siendo equiparado al cerdo sodomizado por los brutos lugareños. Ha sido convertido en un pedazo de carne al servicio de la perversión de un elemento desequilibrado que va mucho más allá de la simple villanía y que incluso opera como verdugo al materializar el particular calvario de Marc mediante una simbólica crucifixión.

Aunque Du Welz opta, en general, por no recurrir a golpes de efecto y filigranas visuales con el fin de hacer predominar el realismo sórdido de su propuesta, sí tenemos, en la parte final, que es la más impactante, dos recursos formales que acrecientan hasta lo impensable lo malsano: el travelling circular que nos hunde en la absoluta locura y el plano-secuencia cenital en el que tratan de volver a corromper a la presa humana. Son momentos que rivalizan en calibre perturbador con los puntos más oscuros de la propia Irreversible (Irréversible, 2002, Gaspar Noé). Y, curiosamente, el director de fotografía de Calvaire, Benoît Debie, también lo fue en el film de Noé, siendo su aportación fundamental para dotar a la película de un look sucio, desgarrador, de naturaleza indómita, tanto a plena luz del día como en la noche cerrada.

Este viaje a la corrupción y la deshumanización no deja indiferente ni permite salir indemne, y prueba de ello es el estremecedor final, cuyo efecto se ve incrementado exponencialmente por la densísima atmósfera de desconsuelo que abarca todo el metraje de esta extraordinaria y memorable película. Sin salida y sin razón.

Anécdotas

* Título anglosajón: The Ordeal. * Premiada en el año 2005, en el Festival de Cine Fantástico de Amsterdam, con el Gran Premio de Plata del Cine Europeo, y en el Festival de Gérardmer con el premio de la crítica internacional, el premio Premiere y el premio especial del jurado (este último, ex aequo con Saw).

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

Tres de Batman [Cómic]

Posteado en Lecturas sobre Octubre 29, 2008 por Max Renn

 

Puesto que Batman es uno de mis personajes favoritos, recientemente me agencié tres cómics sobre el enmascarado que, además, vienen avalados por nombres de peso: Paul Pope, Sam Kieth y Ed Brubaker. Y todos ellos, digámoslo ya, cumplen con creces los mínimos exigibles de calidad.

- Batman: Año 100 (Planeta, 240 páginas) se ambienta en un futuro extraño por decadente, por caótico, por hacer convivir la suciedad de los escenarios y algunos cachivaches funcionales y poco sofisticados de Batman (incluyendo su propia indumentaria, dotada de costuras y tal) con aparatejos y naves ultramodernas.

Paul Pope, que se hace cargo del dibujo y el guión, es un autor que maneja con soltura la ciencia-ficción y los universos desquiciantes (como demostró en Heavy Liquid). Aquí logra completar un trabajo gráfico imaginativo y tan peculiar como febril, lo que, al fin y al cabo, es el mejor valor de un cómic que desarrolla una historia distópica privativa de libertades y privacidades que, si bien está narrada con tesón, no presenta demasiadas novedades en su intriga. Por lo tanto, es el diseño realista (entiéndase) del personaje, reformulado a partir de estándares clásicos, y la creación de un mundo futurista de pesadilla los mayores atractivos.

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- Leyendas de Batman Nº11: Secretos (Planeta, 128 páginas) también destaca fundamentalmente por su singular y retorcido apartado gráfico. Sam Kieth dibuja y escribe un cómic que se basa en el enfrentamiento entre un Joker histriónico, caricaturesco y del todo enloquecido con un Batman corpulento, grandote y serio. El villano trata de tumbar a su enemigo valiéndose de sus tendencias psicóticas y del sensacionalismo de los medios de comunicación.

El autor se inspira en el magistral dibujo de Dave McKean en Arkham Asylum y en el duelo directo entre los antagonistas (atención a los brillantes interludios verbales) que nos mostró Alan Moore en La broma asesina. Estos referentes inexcusables funcionan bien en manos de un Kieth que, además, incluye recuerdos infantiles que marcaron a Bruce Wayne. El resultado es un cómic vistoso, entretenido, delirante, extravagante y absolutamente coherente en la trayectoria del autor de otras obras recomendables como Ojo o la divertida Lobezno: Hulk – Historia de Po.

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- The Man who Laughs (que se incluye en el tomo Batman Arkham Nº 01: Joker, Planeta, 208 páginas) es una historia que sintetiza a la perfección la personalidad del Joker, un terrorista escalofriante al que sólo le importa sembrar el pánico y la muerte. Por ello resulta tan peligroso e incontrolable. No tiene límites. Y en este cómic, Ed Brubaker, muy habilidoso en el uso del monólogo interno por parte de Gordon y Batman, un tanto al estilo de Batman: Año Uno, y mirando de reojo, claro, a La broma asesina, nos cuenta el ataque brutal que planea e intenta ejecutar el Joker sobre la ciudad de Gotham. El guionista, que sin duda tiene muy en cuenta la labor que hizo Frank Miller en su visceral tratamiento de estos personajes, entiende a las mil maravillas no sólo el perfil extremo del villano sino también la responsabilidad y firmeza moral de ese comisario Gordon atormentado por la ola de crímenes y rodeado de incompetentes.

Un relato sólido, unos diálogos cuidados y unos caracteres perfilados como debe ser son los pilares sobre los que se apoya un tebeo de los buenos.

“Red”, “True Blood”, “Lost”…

Posteado en Cine, Televisión sobre Octubre 21, 2008 por Max Renn

 

Basado en la novela de Jack Ketchum y dirigido al alimón por Trygve Allister Diesen y Lucky McKee, Red es un drama de alto calado emocional interpretado a la perfección por un magnífico Brian Cox en el papel de Avery Ludlow, un tipo que arrastra un bagaje de tragedias personales realmente bestial. Cuando un chico, acompañado por su hermano y un amigo, dispara al perro de Avery sin motivo alguno, éste no descansará hasta obtener al menos una disculpa a pesar de los numerosos muros que encontrará en su camino. Hay algo muy emotivo y sobrecogedor en la implacable odisea que emprende el personaje de Cox, aflorando, además, los enormes sufrimientos de su pasado.

Red está concebida desde la sobriedad y la contención, lo que no impide que penetre con mucha contundencia en las miserias de la condición humana. Ese perro ejecutado a sangre fría desencadena una ristra de consecuencias insospechadas: desde el intento de negar lo sucedido a base de influencias e intereses a la inevitable violencia que estalla en su parte final.

Una película correctísima. Y para saber más, ahí va la crónica de Roberto Alcover Oti en el festival de Sitges: CLICK! .

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Atención, nuevo vicio personal televisivo: True Blood. Esta serie de la HBO, actualmente en emisión, llama la atención, en principio, por dos razones poderosas: Alan Ball, creador de A dos metros bajo tierra, está involucrado a fondo en el producto (productor, director, guionista) y lo atractivo que resulta la temática vampírica que tiene lugar en un territorio sureño y algo trash. Un buen puñado de curiosos y excéntricos personajes, un desenfadado toque vampírico en plan desmitificador y ciertos detalles alocados conducen a pensar que True Blood no se toma demasiado en serio a sí misma.

Aunque en algunos aspectos recuerda a Buffy Cazavampiros (la intrépida Sookie y su grupo de amigos, Sookie se enamora de un vampiro bueno…) y hasta a Twin Peaks (comunidad pequeña que esconde secretos, asesinatos por resolver, peculiares agentes del orden…), la serie encuentra su hueco como producto altamente adictivo que mejora capítulo tras capítulo conforme va desvelando sus cartas y desarrolla a unos personajes que al parecer van a dar mucho juego. Y, además, la ensalada se aliña con potentes cliffhangers, sexo, drogas y una sociedad que teme y margina a la especie vampira. Yo estoy bien enganchado.

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Esta intentona puede ser la definitiva. Me explico: Lost, ese fenómeno de masas televisivo, siempre se me ha resistido. Hace tiempo vi poco más de la mitad de la primera temporada y, un tanto hastiado por esos enigmas, decidí abandonarla. Pero ahora, no sé muy bien por qué (seguro que habrá influido la positiva impresión de algunos blogueros que para mí son referentes), me vuelve a picar el gusanillo de la curiosidad: ¿Qué demonios sucede en Lost? ¿Valdrá la pena aguantar hasta el final?

Bien, pues he reemprendido la serie desde el principio y ya estoy viendo los últimos episodios de la primera temporada. Mi intención, si no me canso antes, es ver las cuatro temporadas para, a partir de febrero, seguir la serie a ritmo americano cuando dé comienzo la esperadísima quinta. Porque, seamos claros, lo que no se puede negar es la habilidad de los responsables de la serie para atrapar a tantos espectadores y haber provocado un gigantesco aluvión de teorías para todos los gustos en relación a los enigmas planteados y acumulados. Que empleen o no malas artes en el sentido de dilatar y estirar el misterio hasta lo imposible, de sepultar un hilo abierto con otros, de rellenar con flashbacks reiterativos o poco interesantes… ya es otro tema cuya importancia es probable que sea secundaria.

“The Midnight Meat Train”

Posteado en Cine sobre Octubre 10, 2008 por Max Renn

The Midnight Meat Train ( 2008 ) / Director: Ryuhei Kitamura / Guión: Jeff Buhler, sobre el relato homónimo de Clive Barker / Intérpretes: Bradley Cooper, Leslie Bibb, Vinnie Jones, Brooke Shields, Roger Bart. 

Basarse en un relato de la categoría de El tren de la carne de medianoche, que sin duda alguna es una de las mejores creaciones de Clive Barker, ya es algo a tener en cuenta. El material sobre el que se apoya es francamente valioso dado que Barker, con su perversa imaginación, construye el sangriento descenso a los infiernos de un atrevido fotógrafo, teniendo el metro (y sus catacumbas) como escenario donde se da lugar a una enfermiza carnicería de cuerpos a cargo de un misterioso personaje. Y es que una de las mayores virtudes del escritor es su considerable habilidad para narrar y describir sucesos otorgándoles un componente de fisicidad extremo. Uno lee el relato y con gran facilidad recrea en su mente todo ese universo fantaterrorífico erigido con estilo. Es decir, que lo escrito se transmite al lector con ferocidad y de forma muy gráfica. Casi salpica.

Por su parte, la adaptación cinematográfica decide adoptar un enfoque que se aleja del realismo, de lo palpable, para abrazar el exceso casi autoparódico. Kitamura rueda las escenas de gore introduciendo detalles que se dirían caricaturescos y, es más, define al a priori imponente villano (el duro ex-futbolista Vinnie Jones, je) con cierta sorna soterrada. De este modo, se pierde potencial escabroso e inquietante para decantarse por algo más light y exagerado. O, lo que es lo mismo, renuncia al terror y tiende al divertimento masticado, como si hubiese usado un filtro para desechar las aristas y ofrecer un producto despojado de incomodidades y demasiado exento de auténtico clima.

El final, por su parte, también remite al cine de género más tópico y comercial con un fin de fiesta que, aunque fatalista, vuelve a mostrarnos el ya consabido enfrentamiento como clímax predecible.

Con todo, la película entretiene y se deja ver a pesar de no haber aprovechado una base literaria de carácter incendiario.

Valoración (0 a 5): 2

“Criss Cross”

Posteado en Cine sobre Octubre 9, 2008 por Max Renn

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Criss Cross (1949) / Director: Robert Siodmak

Un plano general aéreo de la ciudad, acompañado por la poderosa música de Miklós Rózsa, nos acerca a un aparcamiento. Se enfoca en primer plano a los dos personajes principales: Steve Thompson (Burt Lancaster) y Anna Dundee (Yvonne De Carlo), los amantes clandestinos que se ven a escondidas y a espaldas del peligroso Slim Dundee (Dan Duryea). Hay un plan medido pero arriesgadísimo que consiste en robar una fortuna transportada en un furgón blindado.

Steve y Anna estuvieron casados y no funcionó. Hasta se advierte algún que otro infierno en el pasado. Ella siempre ha tenido sus miserias morales y ahora está saliendo con un delincuente de mucho cuidado. Él ha regresado a casa, es un buen hombre y sabe que, posiblemente, lo mejor sería alejarse de ella. Sin embargo, su destino parece marcado y se siente atraído implacablemente por esa mujer. El cosmos parece haberse puesto de acuerdo para que la unión se produzca a pesar de los obstáculos.   

Criss Cross (aquí titulada como El abrazo de la muerte) es una de las películas que mejor definen la figura tradicional de la femme fatale, tan básica en el cine negro. El hombre se ve arrastrado por el magnetismo natural de una mujer poco recomendable. Se introduce en una espiral de perdición y ya no hay camino de regreso una vez que trate de escapar con su amada aunque ello suponga cometer un delito. A pesar de las advertencias de su entorno, se rinde ante un destino ya escrito. Y lo que se vislumbra no es nada halagüeño.

Como podéis ver, la situación planteada y desarrollada, aunque participe de las características más clásicas del género, no tiene desperdicio. Estamos ante la enésima revisitación de un esquema exprimido hasta la extenuación. Y la película, digámoslo ya, alcanza con todo merecimiento el rango de obra maestra porque saca un partido intachable de los elementos que maneja con sabiduría infinita.

A saber:

- Los personajes, bien matizados y excelentemente interpretados por un elenco brillantísimo, ejemplifican ciertos comportamientos humanos primitivos y viscerales. Así, tenemos al hombre que es esclavo de un impulso que no puede frenar y que tiene que ver con el amor, el deseo y la pasión; a la mujer de escasos escrúpulos que sólo se tiene en cuenta a sí misma; al villano que se mueve única y exclusivamente por el dinero; y al detective que es incapaz de contener a su amigo, Steve, en su avance por la senda tenebrosa que ha emprendido… Tanto la narración y la puesta en escena como el trabajo de los actores irradian agresividad, pulsiones íntimas, ambiciones imposibles.

- El entorno, el ambiente, la atmósfera, el clima… Utilicemos el término que sea, da igual. Estamos en Los Angeles y es un bar el lugar clave en donde se cuece lo fundamental. Ahí, entre copas, conversaciones de barra y bailoteos con orquesta, se produce el reencuentro entre los amantes y el comienzo de un drama in crescendo. La magnífica escena en la que Steve, petrificado, admira a una sensual Anna mientras baila es completamente representativa y consiste en un momento de pausa tan especial que detiene el tiempo para que nosotros, los espectadores, veamos a esa mujer y comprendamos la fascinación del protagonista. Y no menos destacado es el pasaje de mayor acción de la película: un tiroteo entre la densidad del humo visualmente muy logrado y de crueles implicaciones emocionales.

- La estructura narrativa recuerda de algún modo a otra de las cimas del cine negro: The Killers (1946). En ambas películas, Robert Siodmak usa el recurso del flashback y la voz en off con maestría para ir desvelando las claves y acercarnos al fuero interno. Hay en esta decisión y en su impecable técnica de dirección, elegante y sugerente, un síntoma de modernidad, de apuesta por explorar las formas para que enriquezcan y sirvan al contenido. Una muestra de ello podría localizarse en el juego que ofrece un espejo estratégicamente colocado cuando Steve, postrado en una cama, ve el reflejo de un tipo sospechoso que podría estar atentando contra su vida. Muy Hitchcock, ¿no?

- Y el final, por supuesto. Qué decir de un desenlace seco, cortante, contundente y del todo coherente. Y doloroso, además. Un final con cojones, como debe ser. Sin bajar el pistón ni un ápice.

Una obra maestra que ha soportado extraordinariamente el paso del tiempo y en la que se respira fatalidad por los cuatro costados. Y yo pregunto: ¿Alguien da más?

Valoración (0 a 5): 5

“Isaac, el pirata” [Cómic]

Posteado en Lecturas sobre Octubre 3, 2008 por Max Renn

Sumergirte de lleno en un cómic que logra absorberte, sentir cercanos a los personajes, vibrar con sus aventuras y desventuras, creerte lo que sucede, comprender sus motivaciones, sentimientos y comportamientos… ¿Acaso no son sensaciones maravillosas? Pues Isaac, el pirata, serie de la que acabo de leer los tres primeros álbumes (Las Américas, Los hielos y Olga), triunfa, y de qué manera, deslumbrando a un servidor. Porque uno no puede hacer otra cosa que rendirse ante un cómic magnífico que logra algo tan difícil como la identificación con los personajes y el entendimiento de los mismos. Son vidas palpables sometidas a evolución y cambio.

Christophe Blain, talentoso dibujante y estupendo guionista, narra los avatares de Isaac, un pintor que acaba embarcándose en una aventura de consecuencias tremendas en alta mar, y, paralelamente, de su amada Alice, que se queda en tierra esperando. Ambos personajes, tratados de forma exquisita, vivirán cambios en sus vidas: Isaac se las verá con la tripulación y con las ambiciones del capitán del barco, un tipo con delirios de suicida descubridor, y Alice conocerá a un hombre apuesto que la cortejará. El punto de partida es el Paris del siglo XVIII.

La acción fluye con dinamismo y suavidad. La narración, controlada hasta el extremo, resulta tan cuidada y medida que la lectura avanza sin bruscos tirones ni molestos parones. El ritmo, por lo tanto, es un prodigio. Nada parece puesto al azar o fruto del capricho. Blain acelera, desacelera o frena y a uno le da la impresión de que el autor siempre lo hace en el momento justo y conforme a las necesidades de la historia, ya sea en los momentos íntimos o en los instantes de mayor acción.

Cabe destacar, además, la caracterización de los personajes, plenos de vida y autenticidad, de virtudes y defectos, de luces y sombras. Por ello es posible disfrutar y sufrir con ellos; porque lo que ocurre no queda en saco roto sino que importa. Y el dibujo del autor francés, minimalista y caricaturesco, se ajusta como un guante con una eficacia absoluta dado que, partiendo de una aparente sencillez, alcanza insospechados grados de complejidad ya sea en sus pasajes dramáticos, cómicos o de pura aventura. Trayectorias vitales sujetas al devenir del destino y a experiencias varias: desde el romanticismo y el sentido de la maravilla a las miserias humanas, los abismos morales y las hostilidades. Y sin necesidad, atención, de apoyarse en abundantes diálogos o textos explicativos, sino en el poder del dibujo, en las acciones de los personajes.

Otro aspecto a remarcar poderosamente es el uso del color. Es en verdad asombroso, magistral. Y es que el color es un elemento fundamental para completar lo narrado y añadir matices potenciadores. Los efectos de luz diurnos, la ambientación en interiores o exteriores, las envolventes noches, el clima cambiante de los lugares por los que navegan Isaac y compañía… Absolutamente todo es plasmado con una credibilidad fuera de lo común. Y prueba de lo expuesto se encuentra de manera muy notoria en el segundo álbum, Los hielos, donde Blain conduce a los piratas a un entorno helado y genera, por ejemplo, uno de esos mágicos instantes de fascinación: cuando los piratas asisten a una aurora boreal y el verde domina las viñetas.

Y ahora, claro, no me queda otra que ir a por los dos siguientes álbumes editados por Norma: La Capital y Jacques.

Para saber más (y mucho mejor), no dudéis en pinchar en estos indispensables enlaces procedentes de La Cárcel de Papel y Con c de arte, dos blogs fundamentales y necesarios cuyos autores, Álvaro Pons y Pepo Pérez (respectivamente), realizan una labor que me parece impagable: La Cárcel de Papel: Una de piratas, Con c de arte: Entrevista a Christophe Blain, Con c de arte: Olga, Con c de arte: Jacques [+]

Sigue la moda del remake: “Mirrors” y “Death Race”

Posteado en Cine sobre Septiembre 30, 2008 por Max Renn

 

Por desgracia, tras leer las impresiones de Tones en el Focoforo y de Libertino en su blog, he podido comprobar con mis propios ojos cómo los peores augurios se han hecho realidad. Y es que Mirrors, la esperada nueva película de Alexandre Aja que se podrá ver en el próximo festival de Sitges, supone una decepción total y absoluta. Se trata de una obra tan impersonal que casi resulta imposible de creer que el enfant terrible francés la haya dirigido y la haya escrito junto a su fiel Grégory Levasseur. No en vano, para mí se engloba entre los más sosos e insustanciales remakes occidentales de terrores orientales (en este caso, de un film coreano). Prácticamente, no hay ni rastro del estiloso pulso del realizador ni de su capacidad para crear un clima angustioso, un escenario en verdad aprovechado o una set piece medianamente excitante. La nada.

Es asombroso que ese Aja brutal que conocíamos y valorábamos por Alta tensión y Las colinas tienen ojos esté aquí desaparecido, probablemente debido a una maquinaria comercial que lo ha domesticado y hasta yo diría que fagocitado y neutralizado. Por ello, ver una vulgaridad como Mirrors es del todo frustrante y conlleva que uno se pregunte qué diablos sucede con estos directores que no parecen ser ellos mismos cuando cambian de aires.

Todo naufraga. Ni el (poco) gore impacta… ni el suspense es efectivo… ni los personajes superan el estereotipo… ni nada importa. El guión ya es en sí mismo mediocre y hasta ridículo sobre todo a lo largo de una parte final pirotécnica y estridente que, desde el capricho comercialoide de tratar de sacudir al público, se sitúa en el espanto.

Lo único salvable de esta película para olvidar se encuentra en la escena del prólogo, que al menos sugiere emociones fuertes (luego no consumadas), y los últimos segundos de metraje que condenan el destino de cierto personaje con agradecida mala leche.

El batacazo, por consiguiente, es de aúpa.

Valoración (0 a 5): 1

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La que no es prescindible sino disfrutable dentro de sus modestas características y honestas pretensiones es Death Race, un desvergonzado artefacto pulp muy marcado por el lenguaje videojueguil y que también opera como remake. Porque, en efecto, la película de Paul W.S. Anderson da con creces lo que promete, que no es más (ni menos) que espectáculo puro y duro, entretenimiento desmelenado, velocidad, violencia, excesos, un poquito de gore, personajes bizarros, distopía futurista y macarradas varias plenamente autoconscientes.

Entre lo más destacado, apuntaría el trepidante arranque en un mano a mano a todo trapo entre dos sucios bólidos, la presencia de un par de actores de peso como Joan Allen y Ian McShane (Deadwood) dando ligero empaque y del ya icónico action hero Jason Statham dando cera, la mítica figura del piloto enmascarado llamado “Frankenstein”, lo bruto del aspecto de las máquinas de esta competición a muerte y la aniquilación cafre de algunos de los participantes.

Y yendo al grano sin rodeos que valgan.

Valoración (0 a 5): 3

Peliculitas y peliculazas

Posteado en Cine sobre Septiembre 19, 2008 por Max Renn

 

Balance de las últimas películas vistas:

· Transsiberian ( 2008 ), producida por Julio Fernández y con vocación internacional, supone, como ya sucedió con El maquinista, una nueva incursión de Brad Anderson en los turbios vericuetos de la culpa. Desde las coordenadas del thriller, el director desarrolla una historia de apariencias y falsedades que entretiene y podría calificarse como correcta, aunque en ningún caso deslumbra (ni despunta siquiera).

Siempre preferiré, de cualquier modo, la irregularidad de El maquinista por ser mucho más atrevida y ahondar en la angustia no desde lo académico, sino desde las tripas. Dadme, de hecho, los instantes más inquietantes de la cinta protagonizada por Christian Bale antes que la mediocre regularidad de la última de Anderson, donde, por cierto, chirría un cargante Eduardo Noriega dentro de un reparto competente (Woody Harrelson, Emily Mortimer, Ben Kingsley) y una trama pasable y de molestas sobreexplicaciones, es decir, de las que se olvidan en un visto y no visto.

· The Strangers ( 2008 ) es otra de esas cintas de terror que tratan de sacar partido de una situación de asedio. Ya sabéis lo que se cuece: víctimas amenazadas por alguien en un entorno de extrarradio, por así decir. La fórmula es simple pero resultona, pues no hay más que situar a los personajes en un lugar (una casa apartada en campo abierto) y dejarlos a su suerte, o sea, a la voluntad de una fuerza sádica. No hay posibilidad de pedir ayuda. Nadie irá a su rescate. Puteemos a los personajes sin piedad.

Sobre esta base que de por sí ya cuenta con elementos para funcionar, ofrece Bryan Bertino una pesadilla de horror cuyos resultados yo calificaría de discutibles. Estando reciente la modélica Ils y teniendo siempre presente Funny Games como referente inexcusable, The Strangers se mueve en terrenos muy similares, palidece en logros y sella la impresión del “ya visto”. Aunque es capaz de crear una sensación de incertidumbre en función del uso de la música, el sonido, el punto de vista y el espacio, sabe a poco en comparación a otros ejercicios anteriores en hallazgos y también superiores en tensión de puesta en escena, en poder de sugestión, en tratamiento de los personajes, etc…  

Y que el epílogo, que sucede a continuación del pico más cruel de la película, se entienda casi como un chiste (por sobado, por innecesario)… no ayuda precisamente a tenerla en mejor estima.

· A Guillermo del Toro es imposible negarle su imaginación, su frikismo, su entusiasmo desbordante, su gusto por las criaturas y los universos fantásticos. Hellboy 2 ( 2008 ) es un festín visual de monstruos de enorme variedad sobre una historia que parece ser lo de menos. Amplificada respecto a la primera parte, esta secuela va más allá en barroquismo y mantiene alto el listón en cuanto a la espectacularidad de sus notables escenas de acción, pero resbala al alargar demasiado el invento y cansa conforme avanza hacia un final excesivo, además de plantear cuestiones personales un tanto baladíes entre unos personajes tal vez desaprovechados (y pienso en Abe Sapien, claro).

Y a uno, las cosas como son, siempre le viene a la cabeza que el mexicano jamás ha superado su extraordinaria opera prima, Cronos

· En términos de atmósfera y de aprovechamiento del entorno natural para crear un lugar amenazante e insonsable, El rey de la montaña (2007), de Gonzalo López Gallego, alcanza un muy buen nivel. El director hace emerger una sensación de desamparo y de extrañeza que opera en favor de este ejercicio de huida y persecución. Mientras alguien pone en aprietos la vida de los personajes principales, que se encuentran a merced de un francotirador sin entender nada de lo que sucede, la cinta seduce en buena medida. Sin embargo, se pierde gas cuando las cartas son puestas boca arriba, lo que despoja de atractivo a ese elemento en principio desconocido. Tras haber construido tan altas expectativas, la resolución no me convence… como tampoco lo hace el personaje femenino de María Valverde (tanto por el dibujo del papel en sí como por la escasa naturalidad de la actriz).  

· La caza (1966) es, en opinión unánime, una de las más importantes obras del cine español. Y no seré yo, desde luego, quien lleve la contraria, ya que me parece imposible no rendirse ante esta crispada jornada de caza que derivará en un sofocante infierno. Imperdonable no haberla visto antes, sí, pero más vale tarde que nunca.

Con la guerra civil como palpable telón de fondo que sobrevuela a esta tragedia en ciernes, Carlos Saura sitúa a sus personajes en un caldo de cultivo letal con economía de medios: armas, caza del conejo (en estado puro, sin zarandajas), alcohol a porrillo, calor insufrible, territorio agreste, una ninfa contoneándose, afrentas del pasado y pensamientos internos, lo que deviene en la pérdida de la razón y el progresivo enrarecimiento del clima humano. Una película visceral que propone una violenta y febril catarsis, fundamentalmente en unos minutos finales memorables. Merecida su fama, por lo que a mí respecta.

· Someone’s Watching Me (1978) es un telefilm dirigido por John Carpenter que se localiza antes de La niebla en la filmografía del maestro. Se trata de un thriller con claras influencias hitchcockianas que suele pasar injustamente desapercibido cuando se habla de su obra.

Cuenta el acoso que una mujer que se instala en un edificio sufre por parte de un ser invisible que parece habitar en el edificio de enfrente. La observa con un telescopio, la masacra a llamadas amenazadoras y le manda obsequios según su siniestro plan. El tipo es muy hábil y pasa desapercibido, atormentando a la protagonista cruelmente. Otro detalle interesante es que provee a su víctima de otro telescopio, generándose un juego perverso.

La película es excelente. Carpenter se inspira de forma muy evidente en el inagotable modelo hitchcockiano (ya desde los títulos de crédito) y la jugada le sale perfecta. Cómo domina los puntos de vista, los espacios, el escenario; cómo desliza la cámara; cómo crea suspense con la música y su lenguaje cinematográfico; cómo juega al despiste con la identidad de un tipo al que trata como una abstracción durante casi todo el metraje; cómo filma en contrapicado el edificio para que dé una sensación dantesca; cómo caracteriza a su protagonista para que parezca otra rubia perfilada por Hitchcock…

El guiño de la Torre Arkham (donde vive la asediada) y el final de puro vértigo en un cara a cara emocionantísimo acaban por redondear una experiencia que perfectamente podría haber sido servida por un Brian De Palma en buena forma. Conclusión: hay que verla.

· A modo de confesión, debo decir que otro clásico indispensable que tenía en mi vergonzoso debe y que he visto (¡por fin, por fin!) es Perversidad (1945), una de las obras más desalmadas de Fritz Lang y que se corona mediante uno de los finales más crueles posibles.

Los personajes, movidos por el dinero, el sexo, el amor y la ambición por conseguir algo cueste lo que cueste, caen presa de la fatalidad que les tiene aguardado su destino. El triángulo está condenado. Ese hombre ingenuo (un gran Edward G. Robinson) que cae rendido a los pies de la femme fatale (Joan Bennett) como un pelele, el engaño del que es objeto o el retrato de una ciudad de calles oscuras y húmedas, todo ello en la tradición del genuino género negro, son aspectos interesantísimos. E insisto: las imágenes del final son de enorme amargura y desesperación. Para atarse los machos.