Regresando a Jacques Tourneur

16 enero, 2012

La noche del demonio (Night of the Demon, 1957)

Revisar esta película equivale a reencontrarse con la eficacia del menos es más. Ya se ha dicho muchas veces: el cine fantástico de Tourneur oculta, amaga, sugiere, se desliza, te sumerge en un inquietante mundo de sombras que se traga a sus personajes… Aquí el protagonista, Dana Andrews, es un científico que se resiste a creer en lo sobrenatural. Su tarea de investigación casi es detectivesca, descubriendo la verdad e introduciéndose poco a poco en un estado de desconcierto que tambalea sus creencias. Extraordinarios son los momentos en los que su percepción de la realidad queda trastornada: cuando su visión se emborrona, cuando parece sentir algo extraño en los pasillos del hotel, cuando es perseguido por un humo en un bosque siniestro, cuando entra en contacto con los símbolos rúnicos… El personaje asume que existen fuerzas ocultas que se escapan de la razón y que surgen cuando son invocadas, revelando la fina línea que separa lo visible de lo invisible, lo conocido de lo desconocido, lo mundano de lo sobrenatural.

De insuperable puesta en escena atmosférica, de alucinantes contrastes de luz y sombras, se trata de un Tourneur cumbre al que sólo le hace mella la (un tanto chirriante) explicitud del demonio, recurso que le fue impuesto por el estudio.

Al caer la noche (Nightfall, 1957)

El último plano, que enfoca un maletín lleno de dinero que descansa en solitario sobre una superficie nevada, representa la piedra angular de este excelente noir basado en una novela del genial David Goodis. Cuando a la impecable elegancia de un cineasta como Tourneur se une el texto de un escritor tan crudo como Goodis, el resultado ha de ser sensacional a la fuerza, naturalmente.

Un hombre de una pieza (Aldo Ray, con un vozarrón afónico impagable) se encuentra en constante huida por la ciudad, perseguido por un par de criminales que van en busca de él para recuperar un dinero perdido. Estupenda la atmósfera de angustia que se establece desde el comienzo, impresionante el uso físico de los escenarios (urbanos y rurales, atención al clímax en la nieve) e intrigante la historia que va siendo desvelada a cuentagotas con un pie en el presente y otro en el flash-back. Y además, papel para una Anne Brancoft la mar de atractiva.

Wichita (ídem, 1955)

Interesante dilema el que plantea Tourneur: Wichita depende comercialmente de los ganaderos y los vaqueros que están de paso. Pero estos mismos vaqueros se desmadran hasta extremos intolerables cuando se emocionan con las putas, se emborrachan en el Saloon y se lían a tiros como locos. En estas circunstancias, interviene Wyatt Earp para arreglar las cosas e imponer de nuevo el orden. Adquiere el rango de Sheriff. Y a partir de ahí ordena que nadie pueda llevar armas mientras está en Wichita, lo que aleja a los vaqueros del lugar (temerosos de ir desarmados). La consecuencia de la decisión es perjudicial para la economía. Así, los pesos pesados del pueblo sugieren a Wyatt Earp que rectifique, que dé marcha atrás, pero el tipo se niega en redondo.

Opción 1: Mantener la prohibición de armas en Wichita. A favor: el pueblo se encontrará seguro, exento de violencia, y Wyatt Earp, hombre firme donde los haya, ya se encargará de aplacar cualquier intento de quebrantar esta ley. En contra: Wichita sufrirá comercialmente el hecho de que nadie querrá ir sin portar su revólver.

Opción 2: Despedir a Wyatt Earp y levantar la prohibición. A favor: los vaqueros regresarán y gastarán su dinero. En contra: Wichita posiblemente volverá a ser un lugar sin ley ni orden, expuesto a que se vuelvan a producir heridos y muertes.

Aparte de esta encrucijada, Wichita es un western elegante, conciso, que toma la figura del forastero recién llegado como guardián protector de un pueblo vulnerable que tan pronto acoge al protagonista como un héroe como después lo cuestiona amenazando con expulsarle. Joel McCrea es el HOMBRE inflexible y honesto, capaz de cortar de raíz el desorden.

Atención a la primera aparición de Wyatt Earp, cuya silueta, vista a lo lejos, recortada en el horizonte, confiere al personaje una entidad en principio misteriosa. El forastero que sale de la nada.

Lo mejor del año (Mi Top 2011)

16 enero, 2012

Lo mejor que he visto este año ha sido lo siguiente:

1 – Drive, de Nicolas Winding Refn.
2 – Un método peligroso, de David Cronenberg.
3 – No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu.
4 – El Topo, de Tomas Alfredson.
5 – Insidious, de James Wan.
6 – Pánico en la granja, de Stéphane Aubier y Vincent Patar.
7 – 13 asesinos, de Takashi Miike.
8 – Secuestrados, de Miguel Ángel Vivas.
9 – El árbol de la vida, de Terrence Malick.
10 – Melancolía, de Lars Von Trier.

(sólo se incluyen películas estrenadas en salas comerciales españolas en el 2011)

“Grupo salvaje”, de Sam Peckinpah

16 enero, 2012

En las últimas semanas ha caído otra ilustre revisión: Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969).

De nuevo: COLOSAL. O lo que es lo mismo: el placer de redescubrir grandes cimas de la historia del cine.

Definitivamente, esta película y Pat Garret & Billy the Kid (1973) me parecen las cumbres de un Peckinpah desatado, con las entrañas abiertas, dando lo mejor de sí mismo en su periodo de madurez total. El Wild Bunch peckinpahiano es un viaje épico y sucio, sangriento y honorable, hacia la muerte. No queda títere con cabeza en manos de este maestro del crepúsculo, un gigante capaz de hablar de la condición humana mostrando a unos niños que disfrutan torturando a unos escorpiones (no puede ser casual) antes y después de la masacre (emparentando la infancia con la violencia ejercida por los mayores) o cachondeándose abiertamente de ese predicador y sus seguidores (la Unión Antialcohólica), a quienes acribilla sin piedad como muñecos de pim-pam-pum de un tiroteo inicial que asemeja un campo de batalla. Una mirada muy perversa, sin trapos calientes. Porque los dardos van en todas direcciones (esa ridiculización del ejército, esos mexicanos belicosos, esas mujeres accesorias u odiosas, ese repugnante representante del ferrocarril, esa miseria generalizada de ambientes, etc…), si bien queda patente una simpatía muy especial por los tipos malditos, aquellos que viven en los márgenes.

Vista ahora, la película ostenta una modernidad total por sus temas imperecederos y por su factura poderosísima. Desde el tratamiento de la violencia, tan crudo como esteticista (a su modo), hasta el aliento trágico del antihéroe, dotado de un código de honor y de una capacidad de sacrificio fuera de lo común. Siempre me han fascinado estos personajes que viven bordeando el precipicio y que son fieles a sus principios (cuestionables o no) hasta el fin de sus días. El fatalismo impregna sus vidas porque siempre han estado cerca de él. Conmueve el catártico final de Pike y los suyos (hoy continúa IMPRESIONANDO) tanto como el de Billy the Kid: hay una épica peckinpahiana genuina, única, imposible de recrear.

Me parece que en Grupo salvaje está lo mejor de su director. Una obra ambiciosa, enérgica, amarga, sublime e inagotable por mucho que se revise. Y de una belleza arrebatadora: cómo extraer lo bello de un acto de suicidio entre balas, polvo y sangre. Una película inmortal.

“El Topo”, de Tomas Alfredson

16 enero, 2012

El Topo (Tinker, Tailor, Soldier, Spy, 2011), de Tomas Alfredson.

Magnífica película sobre los entresijos del espionaje en forma de traiciones, engaños, ocultaciones, silencios, secretos, relaciones personales tormentosas y soledad a raudales. Tomas Alfredson, aplicando la que ya podríamos considerar como su propia marca de estilo gélida, realiza una puesta en imágenes que se caracteriza por la sobriedad, la elegancia, la precisión o la sugerencia. Digamos que recurre a las explicaciones de soslayo, a sugerir sin mostrar, a prescindir en muchas ocasiones del desarrollo de la acción para sólo mostrar el inicio y el final… Y otras veces, hasta prescinde del final de la acción para sólo mostrar la consecuencia derivada. Creo que ese estilo narrativo casa muy bien con el material que maneja, pues fusiona las características del género de espionaje con las formas empleadas. Enrevesa un tanto la trama de manera coherente a la misma naturaleza le carriana de los personajes y del mundo en el que se mueven: en donde la verdad quizá no sea absoluta, donde la certeza queda en lugares nebulosos, donde los actores de la vida son tipejos grises, ambiguos y poco confiables…

Además, con el final de Control y la inicial salida de Smiley (un Gary Oldman de perfil bajo del todo intrigante) del juego, la película se adentra en un territorio crepuscular (incluso nostálgico) que se diría casi de postespionaje (o algo): ahí, digamos que lo que más le interesa a Alfredson es el retrato (desde fuera) de esos personajes que vagan como figuras algo deshumanizadas; como entes moldeados por las prácticas del entorno que habitan; como meras piezas de un tablero de ajedrez. Por ello, creo que es, sobre todo, una sutil película de personajes y de atmósfera.

Por cierto, el uso del sonido en la escena en la que se encuentran Prideaux y el húngaro en el café me ha parecido de antología. Una lección de cómo crear tensión mediante un sonido creciente, perspectivas de personajes y espacios abiertos y entrevistos.

“Rovdyr”, de Patrik Syversen

15 septiembre, 2011

Estamos en el verano de 1974, y cuatro jóvenes se dirigen al bosque para disfrutar de un placentero fin de semana en contacto directo con la naturaleza. Desplazados a ese lugar apartado, enseguida vivirán en sus carnes una conversión radical, pues serán tomados como presas humanas para deleite de unos salvajes lugareños que pretenden cazarles sin miramiento alguno.

Ficha Técnica

Dirección: Patrik Syversen / Productores: Torleif Hauge / Guión: Ninni Bull Robsahm y Patrik Syversen / Fotografía: Havard Andre Byrkjeland / Música: Simon Boswell / Montaje: Veslemoy B. Langvik / Efectos especiales: Otto Thorbjornsen / Intérpretes: Kristina Leganger Aaserud (Jenta), Janne Beate Bones (Renate), Henriette Bruusgaard (Camilla), Jorn Bjorn Fuller Gee (Jorgen),  / Nacionalidad y año: Noruega 2008 / Duración y datos técnicos: 78 min. color. 2.35:1

Comentario

Podríamos definir el llamado survival como un subgénero que deriva del fantástico y que desarrolla una estructura basada en el asedio que la figura depredadora, por así decir, ejerce de modo incansable sobre la presa, ambientando el enfrentamiento, la huida o la persecución en territorios generalmente aislados y rurales, cuando no selváticos, que, en cualquier caso, siempre se encuentran lejos de los concurridos núcleos urbanos. En tal entorno natural, ya sea caracterizado por una vegetación frondosa o por lo desértico y terroso, suele existir una amenaza local que pone en peligro la integridad del extranjero, es decir, del personaje urbanita que se atreve a irrumpir en un lugar al que no pertenece. Es entonces cuando el inadvertido visitante queda a merced de los monstruos nativos y se produce la lucha, en teoría, entre lo primitivo y lo civilizado en pos de la supervivencia. Y es aquí, en esta vertiente extrema, donde podemos ubicar títulos clásicos e imprescindibles que han creado escuela como la seminal El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932), La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974) o Defensa – Deliverance (Deliverance, 1972), así como películas más recientes y deudoras, en muchos sentidos, de las anteriores como, por ejemplo, Wolf Creek (Wolf Creek, 2005), Km. 666 (Wrong Turn, 2003), Storm Warning (dvd: Storm Warning, 2007), Frontière(s) (2007), Eden Lake (2008) o Vertige (2009).

Rovdyr [dvd: El placer de la caza] pertenece a una modalidad que supone la enésima revisitación del concepto, el esquema o la estética de los survival previamente citados, lo que, en principio, conlleva un rasgo atractivo por sí solo para aquellos a los que nos estimula este cine. En esta ocasión, la propuesta proviene de Noruega, país desde el que nos llegó hace unos años otro título de terror, Cold Prey (Fritt vilt, 2006), que extraía partido de la atmósfera y reincidía en la constante genérica del grupo de personajes sobre el que se abalanza un peligro. Por lo tanto, Rovdyr, como decíamos, participa de la tradición al beber, sobre todo, de las fuentes que representan las obras de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack (en cuanto a la caza del ser humano) y de Tobe Hooper (en relación a la brutalidad del choque entre los jóvenes invasores y los hostiles lugareños y la densidad del entorno), con la que comparte un punto de partida muy similar. Se estima evidente que el ánimo de sus responsables es tratar de recuperar los horrores de los setenta, década señera del horror malsano y físico, tanto en la aspereza de su estilo visual como en la temática, el argumento y la iconografía típica, aspectos siempre revestidos de una crudeza asilvestrada. El fin no es otro que el de tensionar al espectador mediante estas armas, pero la verdad es que, como era de esperar, la fórmula se repite punto por punto y, por consiguiente, no logra distanciarse de la agotadora sensación de absoluto déjà vu que origina desde el primer instante, no aportando, pues, mayor novedad a lo mil veces visto.

Bien es cierto, justo es remarcarlo, que la película de Patrik Syversen, director y guionista, cuenta con sus expresiones de crueldad y de violencia explícita diseñadas con pulso y que, además, se potencian al definir al enemigo como un ente casi abstracto que, desde el arquetipo de cazador, se presenta anónimo y sin más motivación que la de apresar sin piedad a su pieza, representada en un puñado de personajes que, de tan huecos y funcionales, se dirían cosificados.

Y aún con todo, el filme, en resumidas cuentas, se reduce a la consideración de un “correcalles” muy previsible que abarca un toma y daca constante zambullido en el mero body count. El problema, una vez más, y hemos de insistir en subrayarlo, es que nos conocemos al pie de la letra no sólo todas y cada una de las acciones que se suceden, sino también los trucos. A pesar de su corta duración, la película produce un efecto más bien adormecedor al transcurrir con el piloto automático encendido y seguir el manual aprendido, aglomerando tópicos y sin que uno aprecie ni un mínimo deseo de sus responsables por cuestionar sus fuentes o, al menos, variarlas ni un ápice. Sólo existe el objetivo de repetir… y nada más.

“Secuestrados”, de Miguel Ángel Vivas

13 septiembre, 2011

“Secuestrados” (2010), de Miguel Ángel Vivas.

Secuestrados podría pertenecer a un hipotético subgénero de asaltos domiciliarios en el que unos intrusos irrumpen en el (burgués) hogar familiar acosando y vilipendiando a los habitantes de la vivienda mediante el uso de la violencia. Por ello, la segunda película de Miguel Ángel Vivas ostenta un parentesco con otras propuestas de similares características como Ellos (Ils, 2006), Los extraños (The Strangers, 2008), la muy reciente Cherry Tree Lane (2010) o, incluso, La habitación del pánico (Panic Room, 2002). También se ha venido insistiendo una y otra vez sobre su proximidad respecto a Funny Games: juegos divertidos (Funny Games, 1997), pero la película de Michael Haneke se desmarca poderosamente debido, sobre todo, a su discurso moralizante y su tono gélido y meta-reflexivo, de modo que sólo se emparentaría en base a su esquema argumental de partida.

Teniendo presente este concepto genérico nada novedoso pero sí atractivo, la película, cuya coproducción francesa quizás haya tenido que ver en su radicalidad, empieza a jugar sus bazas con habilidad al arrancar mostrando una inquietante escena de enganche, independiente del núcleo argumental principal, que ya nos sitúa sobre la pista desde el mismo pistoletazo de salida: un hombre amordazado y con signos de haber sido torturado avanza desesperadamente en busca de ayuda en un lugar apartado. Suponemos que es una víctima de la acción brutal y salvaje de alguien aterrador y extremadamente contundente. La primera, en la frente. 

A continuación, saltamos a una espaciosa vivienda para comenzar a conocer a los personajes y el amplio espacio cerrado de aparente lujo en el que se desenvolverá la mayor parte de la película. La cámara se desliza por pasillos, salones y habitaciones con fluidez y elegancia, siguiendo a los nuevos habitantes (padre, madre e hija adolescente) y a unos empleados de mudanzas trabajando en orden a ir colocando todos los muebles y objetos. Desde ese momento, una concatenación de efectivos planos secuencia es el método narrativo que elige Vivas para imprimir continuidad y ritmo a la acción in crescendo, para conceder una cercanía respecto a los personajes y para “obligarnos”, como espectadores, a seguir con pocos cortes las evoluciones de un argumento sobrecogedor que alcanzará cotas de auténtico impacto y densa incomodidad.

A partir de la esperada aparición de los asaltantes, que se produce tras un puñado de minutos de calma tensa, se pisa el acelerador de manera inclemente para que este brillante ejercicio formal mantenga una permanente sensación de amenaza, de peligrosidad, de turbiedad. A lo largo de una ajustada duración de ochenta minutos, Secuestrados ostenta una intensidad enorme en virtud del enérgico pulso de su director, de las despiadadas decisiones de guión y de la veraz labor de sus intérpretes, entre los que sobresale una estupenda Manuela Vellés a tenor de su esmerado tour de force caracterizado por la angustia, la rabia, el pánico o el desamparo.

Los responsables nos embarcan en un tren a toda velocidad cuyo destino es descarrilar, como no podía ser de otro modo. Se agradece la sordidez de una cinta que se decanta por la crueldad, el pesimismo y la ausencia de esperanza. Cuando el espectador se encuentra en una situación en la que piensa que puede haber una salida, se cierran todas las puertas en sus narices, impidiendo escapar de una pesadilla que se inspira en nuestra cotidianeidad. Estos asaltos a domicilios pertenecientes a propietarios adinerados es, por desgracia, una constante que a diario vemos en los noticiarios o leemos en los periódicos. Forma parte consustancial de nuestra rutina, y el miedo a ser atacado en nuestro hogar, rodeados de los nuestros, está prácticamente enraizado en una sociedad acostumbrada a este tipo de sucesos. Es por ello que lo visto nos afecta en mayor medida porque percibimos que lo tenemos ahí, a la vuelta de la esquina.

Uno de sus puntos fuertes es que produce una sensación de opresión, de hostilidad envolvente, gracias al buen aprovechamiento de los interiores del domicilio, como decíamos, y de la nocturnidad y soledad del tira y afloja que acontece en el exterior. Para dar continuidad a lo narrado y reforzar la impresión de realismo, está construida en planos secuencia. Y para tensionar aún más la cuerda, puntualmente hay una pantalla partida que muestra diferentes acciones o diferentes puntos de vista que convergen en un punto compartido de extrema desazón. Apuestas formales que conllevan un clima idóneo (reforzado por un sensacional trabajo de sonido) para poner en escena el conflicto, el enfrentamiento entre los burgueses privilegiados, violados en su intimidad, y los anónimos encapuchados que aspiran a robar usando la fuerza sin miramiento alguno.

A pesar de la personalidad lúdica de la película, exenta de comentarios sociales y esencialmente dirigida a las pulsiones viscerales, al placer del miedo y el malestar, se ha gestado una polémica centrada en la nacionalidad albanesa de dos de los asaltantes y la controvertida frase que pronuncia el tercero (precisamente español): “¡Yo no soy como ellos!”. En efecto, uno de los verdugos es un albanés maniaco, sádico y desatado que cumple con el perfil arquetípico del elemento incontrolable que todo lo dinamita. Y en este caso, el español parece ser el menos violento de los tres ladrones, o tal vez el menos experimentado, y es por esto que trata de apaciguar, dentro de lo posible, la dantesca colisión. Sin embargo, acusar a la película de xenófoba o de sensacionalista parece, en opinión del abajo firmante, del todo excesivo y denota que algunos han querido interpretar la película a la tremenda, extrapolando la representación propia de la ficción a la condición de discurso o de toma de posicionamiento.

Otra reflexión que la película ha suscitado en determinados foros de opinión corresponde a la escena en la que el personaje de Manuela Vellés, en pura catarsis, se defiende atacando de manera salvaje a uno de los secuestradores, es decir, expresando su descarga de furia como consecuencia de la agresión sufrida. De nuevo con fidelidad a la típica figura (en principio frágil) de la femme torturada que se rebela sacando su lado más primitivo en aras de sobrevivir, algo presente en muchas películas, Vivas introduce otro elemento seductor, que no es otro que la vertiente más violenta de la civilizada familia atacada, lo que la sitúa, por así decir, en un punto casi paralelo a la línea de barbarie del enemigo.

Dejando aparte estas cuestiones, sujetas a la libre lectura de cada espectador, Secuestrados es un potente ejercicio de alta tensión que aporta el placer de sentirse zarandeado en la butaca, preso de la incertidumbre y el desasosiego que acarrea la amenaza exterior sobre el núcleo familiar, desprotegido en su jaula de oro.

(Mi reseña publicada en Pasadizo.com)

El cine de Simon Rumley

9 septiembre, 2011

“The Living and the Dead” (2006), de Simon Rumley.

Ojo a la situación: Tu hijo es esquizofrénico y tu mujer está enferma, postrada en la cama, sin poder valerse por sí misma. Vivís en una enorme mansión en plena decadencia y aislada: un lugar en soledad que ya vivió sus mejores años. Tienes que marcharte de casa durante unos días, así que llamas a una enfermera para que se ocupe de tu mujer y de tu hijo. Punto de ruptura: tu hijo esquizofrénico quiere ser útil y convertirse en “el hombre” de la casa durante tu ausencia, así que impide la entrada a la enfermera. Deja de tomar su medicación, trata de cuidar de su madre enferma, descuelga el teléfono, cierra las puertas… Y a partir de ahí, todo se convierte en un infierno a raíz de un efecto dominó que encadena tragedias.

Es una película MUY inquietante. Rumley ambienta la historia en un escenario ya de por sí tortuoso: tanto por su ubicación aislada como por el estado deficiente de las instalaciones de una mansión deprimente, cuyas grandes dimensiones contribuyen a la gelidez, tal lugar de espacios vacíos parece estar agonizando al igual que la vida de los personajes. Desamparo total. Y en esta localización sitúa a una familia sobre la que se ha cernido el fatalismo. El hijo esquizofrénico nos conduce (y digo “nos” porque las imágenes nos arrastran, nos involucran) a la locura máxima, a la percepción distorsionada de la realidad: cuando se le deja “suelto”, se desata introduciendo a los que le rodean y a sí mismo en una pesadilla sin fondo. Resulta muy incómodo ver el sufrimiento, el tormento, de la madre enferma en manos de su (inocente) hijo.

Simon Rumley me parece un director con buen pulso para transmitir sensaciones malsanas. Aquí combina una puesta en escena “calmada”, de planos largos, con secuencias de montaje acelerado, desquiciante, que plasma la explosión interna del esquizofrénico.

Hay que verla; y sufrirla.

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“Red, White and Blue” (2010), de Simon Rumley.

Revenge movie realmente… jodida (para bien). Quizá es excesiva en su cadena de sucesos trágicos para detonar la violencia y la venganza. Quizá es un poco bruta y tremendista. Pero es visceral, salvaje, tortuosa. Conecta con lo más bajo y golpea fuerte. Me ha recordado directamente al cine de Rob Zombie tanto por el elemento white trash como por lo turbio de una atmósfera desapacible y el montaje entrecortado, fragmentado, de las escenas de violencia. En este sentido, la violencia de la película es muy turbadora porque, aunque no llega a ser del todo explícita (salvo la última), transmite lo terrible desde la sugerencia, desde el off. La última escena violenta sí supone una catarsis gorda, siendo la víctima objeto de un sufrimiento indescriptible, cacho de carne que paga por las miserias de la naturaleza humana, de una sociedad despiadada que pisotea al outsider. La cuestión es que Simon Rumley posee una especial sensibilidad para retratar lo sórdido y hacerte partícipe de ello. Y un aviso: aconsejo verla con la mínima información posible sobre su argumento, cuyos retorcidos vericuetos hielan la sangre.

“Insidious”, de James Wan

9 septiembre, 2011

“Insidious” (2010), de James Wan.

Como acertadamente dice Mónica Jordan en su crítica para Miradas de Cine“Insidious” es una carta de amor al género dividida en tres partes diferenciadas que corresponden a tres subgéneros: las casas encantadas, los exorcismos-espiritismos y las pesadillas etéreas del viaje “al otro lado”. En cada momento, Wan hace uso de un estilo coherente con lo que pretende narrar/transmitir: en el primer tercio, suavidad, profundidad y sugerencia que desgrana ruidos y apariciones esquinadas; en el segundo tercio, la estrechez, claustrofobia y oscuridad de la indagación en el origen del Mal; y en el tercer tercio, lo incomprensible, lo absurdo y lo atmosférico de la incursión en otro “mundo” irracional, enloquecido. De igual modo, se juega hábilmente con el punto de vista protagónico: la madre, el hijo, el padre. De un lado a otro. Y la verdad es que todos esos cambios de tercio añaden atractivo a esta hora y treinta y tantos minutos de buen disfrute.

A mí me parecen loables las intenciones de Wan. Creo que su película es precisa, calculada y más rica en detalles de lo que a priori puede parecer. De hecho, me parece una película que se merece que regresemos a ella para apreciar mejor su estudiada estructura y la cantidad de elementos nada gratuitos que nos pueden hacer pensar en otro nivel de significado: el cuestionamiento de la figura paterna, la desintegración de la familia, el Mal que acecha hasta en los hogares acomodados, el pasado como losa perdurable…

En todo caso, esta película tampoco necesita de coartadas intelectuales o alegóricas o teóricas o del tipo que sean. No. Es un divertimento que homenajea y bebe tanto de lo clásico como de lo contemporáneo pero que también toma cierta distancia respecto al género. Los dislates cómicos, casi de parodia, me indican que Wan y los suyos defienden la validez de las miradas desacomplejadas hacia el terror, de esas ópticas que tampoco se toman muy en serio a sí mismas. Así, los responsables huyen de la seriedad, de la gravedad, y entretienen al espectador a partir de un recital de referencias tratadas con una sorna apreciable. Quiero decir que, más allá de detectar o no las referencias genéricas, el público menos fogueado también puede disfrutar del sentido puramente lúdico de la propuesta.

Sinceramente, no me da la impresión de que la película pretenda perturbar en grado sumo. Tal vez sí trate de inquietar, de incomodar, de sobresaltar, pero no creo que intente ir por la línea “dura” del género. Desde luego que no. Aparte de los aspectos cómicos y excéntricos, localizados en los dos últimos tercios de metraje, incluso veo cierta ingenuidad premeditada que remite a producciones clásicas y un desenlace-giro que bebe de los entrañables cómics de la EC.

[+] Debates en foros: Pasadizo y Focoforo.

“El último buen beso”, de James Crumley

28 abril, 2011

“El último buen beso”, de James Crumley. Edición de RBA en su Serie Negra.

Reproduzco a continuación dos fragmentos de esta sensacional novela negra como ejemplo de por dónde van los tiros:

Mientras colocaba la tapa del delco en su sitio y trasladaba los bártulos a su descapotable, Trahearne trató de sacar amablemente a Fireball, malhumorado y resacoso, del asiento trasero, pero era evidente que el bulldog estaba decidido a defender su posición hasta la muerte, o al menos hasta que Trahearne escanciara cerveza fresca en el oxidado tapacubos de un Hudson. Con el hocico sumergido en su tónico matutino, el perro no nos prestó la menor atención mientras subíamos al vehículo y retirábamos la capota, pero, en cuanto nos alejamos, dio un vistazo a las puertas cerradas del local de Rosie y nos siguió al trote carretera abajo, con un jodido y resuelto balanceo, como si supiera que estábamos en posesión de las únicas cervezas antirresaca del domingo por la mañana en todo el norte de California, como si tuviera la intención de agarrar el Cadillac por el neumático trasero y soltar las botellas de una sacudida. Aminoré la marcha para vigilar sus movimientos.
—Ese estúpido hijoputa no tardará en abandonar—predijo Trahearne cuando habíamos recorrido ochocientos metros.
Tal vez eso es precisamente lo que define a los hijos de puta estúpidos: que nunca se rinden. Doscientos metros más adelante, detuve el vehículo para esperar al bulldog. El animal nos alcanzó, irascible y sediento. Trahearne abrió la portezuela, lo dejó entrar y le dio una cerveza. Fireball volvió el hocico con displicencia y se encaramó al asiento de atrás, donde se acomodó en una pose de gran dignidad, esperando como un estirado millonario a que el chófer reanudara el avance. Así lo hice. Sus carrillos temblaron con el arranque, y pareció disfrutar del sol y el paseo dominical.
—Sólo le falta pedir un puro—gruñó Trahearne.(…)
 
(Página 90 de la edición reciente de RBA)
Como le sucede a todo el mundo, yo había visto demasiadas películas. Me esperaba que la casa de Hyland fuera una finca majestuosa, una fortaleza con unas paredes muy altas y una puerta maciza protegida por un par de hombres con armas automáticas, pero era sólo una casa de obra vista, en una parcela de las afueras, rodeada con una valla metálica de poco más de un metro. Al lado de la puerta había un hombre, pero la puerta estaba abierta de par en par y el hombre, con el cuerpo apoyado contra un pilar, era evidente que era presa del aburrimiento. Al iluminarlo con nuestros faros al pasar lo identifiqué como el hombre que había estado tomando café en un área de descanso de camiones en Sheridan, en Wyoming. Incluso como guarda tenía aspecto de camionero, con esos ojos legañosos, los pies hinchados y la picazón de las hemorroides. Yo, en cambio, llegaba vestido para la fiesta, engalanado de mercenario con unas botas de la jungla y un uniforme de faena atigrado, incluso con la cara maquillada de negro como un combatiente nocturno y armado hasta los dientes, con un cuchillo de combate Ka-Bar atado con una correa a la pantorrilla, una S&W Airweight del 38 en una pistolera en el hombro y el Colt Woodsman del 22 con silenciador en la cintura.
Al pasar por delante de la puerta de la casa de Hyland, Trahearne rió y preguntó:
—¿Estás preparado para arrasar, amigo?
—Siempre a punto—dije—, ése es mi lema.
Él se burló:
—Eso es cosa de boy scouts.
Antes de que pudiera contestarle, Stacy dijo:
—Está celoso porque él no lleva uniforme—y así hizo callar a Trahearne.
 
(Página 232 de la edición reciente de RBA)
 
El último buen beso (The Last Good Kiss), excepcional novela negra con ecos románticos y estructura itinerante, que recorre territorios americanos etílicos sembrados de almas en pena, es una obra de gran amargura que aparece preñada de ironía, cinismo, soledad y miserias humanas. De un fatalismo muy doloroso. Cada giro de la trama aumenta el malestar hasta alcanzar un tramo final devastador que borra cualquier amago de felicidad. Un destino inevitable porque la condena ya estaba escrita para estos personajes intrigantes, nada unidimensionales y cuya naturaleza, a veces muy oscura, iremos descubriendo para nuestra fascinación.
 
Crumley, cuya prosa es afilada y elegante, introduce elementos simpáticos como Fireball, el bulldog aficionado a la cerveza, o la complicidad de borrachín incorregible entre el detective y el hombre al que busca y encuentra (y con el que inicia un viaje de placer de contornos casi alucinógenos), pero luego prende fuego a todo y golpea duro. Te pone cómodo y luego te mata. Su crueldad no es moco de pavo, no.

“Vinyan”, de Fabrice Du Welz

24 abril, 2011

“Vinyan” (2008), de Fabrice Du Welz.

A veces ocurre que uno no logra explicarse cómo es posible que determinadas películas pasen tan desapercibidas incluso en círculos cinéfilos. Es decir: que no se escriba o no se hable más, mucho más, de ellas. Uno de los ejemplos más flagrantes que recuerdo corresponde al caso de Vinyan (2008), aún no estrenada comercialmente en estos lares (lo cual tampoco es que sea una gran sorpresa, claro). Pero tanto en blogs, foros de debate o webs de internet como en las revistas especializadas de cine (en papel o digitales), sitios donde podría tener cabida una atención mayor a largometrajes invisibles, echo en falta un análisis o una discusión fundamentada de las cualidades de esta impresionante obra, puro cine sensorial, que a mí me parece importantísima y nada coyuntural.

En cualquier caso, afortunadamente (casi) siempre hay por ahí algún texto que hace justicia. Acto seguido, reproduzco las sabias palabras que escribió Roberto Alcover Oti en la web Miradas de Cine con ocasión del Festival de Sitges de 2008:

Pese a su simbolismo, Cielo e Infierno son conceptos muy terrenales que empiezan a trabajarse aquí y ahora. Elegir uno de ellos no requiere especial relevancia, sobre todo si a la vida le da por jugarte una mala pasada….lo otro depende más de como seamos capaces de afrontar según que acontecimientos y lo preparados que estemos para ello. Fabrice du Welz es un genio que ha rodado dos largometrajes sobre el Infierno en la Tierra, dos films expresionistas de horror que exploran el mundo que nos rodea a través de la percepción extrema de personajes que han terminado convirtiendo su vida en un trayecto directo al Hades. De ahí que sus películas sean experiencias vívidas (y viscerales) de un horror que surge desde dentro para embadurnar el suelo que pisamos y las paredes que tocamos. Así, lo más fácil (y cómodo) para definir Vinyan sería decir que Du Welz ha filmado su particular “Corazón de las tinieblas”, aunque ya sabemos que todo viaje al corazón de uno mismo está rodeado de zonas oscuras y puertas que es mejor no abrir. Porque Vinyan no es sino una agonizante travesía al corazón último de nuestra verdad, y la verdad es verdad, pero se escribe con dolor, sacrificio y sufrimiento. Y hay verdades a las que mejor no llegar, porque no hay respuestas en ella, solo más sinrazón. H. P. Lovecraft estuvo a punto de aprehenderla, y el último que lo intentó fue David Foster Wallace, que terminó ahorcado en su casa. Por eso me dices (con razón), y yo te digo/yo os digo que si nos gustamos/os gustáis, aprovechemos esas cosas simples y trabajemos sobre ello/aprovechad esas cosas simples y trabajad sobre ellas, porque no hay verdad más simple que el amor, algo que me gustaría haberle dicho a esa pareja que viaja desesperadamente a Birmania en busca de un hijo que ya no está y que no va a volver. Hay libros donde cada frase importa y nos transmite algo vital: en Vinyan cada plano narra un detalle más de la progresiva degradación de una relación. Obra maestra. Y no es una frase hecha. Créanme.

He aquí una fascinante imagen perteneciente a una de las películas más atmosféricas y desasosegantes que servidor haya visto jamás. Se trata de Vinyan (2008), del gran Fabrice Du Welz, un realizador belga que ya nos sacudió con otra maravilla malsana, Calvaire (2004).

En la nunca bien ponderada Vinyan, asistimos no sólo a un descenso sórdido a las cloacas de la desesperación tras la pérdida irreparable del hijo, sino también a la ruptura de la pareja, asfixiada ante una situación que degrada la relación hasta extremos mortales. Un viaje al Corazón de las Tinieblas en toda regla entre inquietantes personajes y una jungla hostil, que fagocita cualquier esperanza.

Bellísima. Angustiosa. Magistral.

“Essential Killing”, de Jerzy Skolimowski

23 abril, 2011

“Essential Killing” (2010), de Jerzy Skolimowski.

Matar por sobrevivir…

Un soldado afgano (Vincent Gallo) es hecho prisionero tras matar a tres norteamericanos. El personaje confinado, después de un accidente del vehículo que lleva a los presos, logra escapar de sus captores. Y a partir de ahí, se produce una huida desesperada, una auténtica lucha de contornos extremos por la supervivencia. Perseguido, agotado, sin comida ni bebida, sin descansar, cada vez más deteriorado física y mentalmente, perdido y sin rumbo, su trayecto es una tortura inhumana, una fuga en total soledad por los bosques nevados, por una superficie que le es extraña y que parece infinita. Diríase que a ciegas avanza hacia ninguna parte. Sus acciones animalizadas, primitivas, salvajes, tienen un sólo objetivo: reaccionar ante la agresión, resistir a duras penas y tratar de seguir adelante, de salir vivo. El ser humano, reducido a los impulsos más profundos, a su naturaleza más recóndita e indómita, en un hábitat enemigo que no le ofrece escapatoria aparente.

Es de suponer que puede uno extraer lecturas diversas de carácter político a raíz de lo visto, pero, ante todo, mi interés se centra en las pulsiones viscerales del protagonista, en su denodado esfuerzo por buscar alguna mínima oportunidad para salir de un atolladero sobrecogedor. En este sentido, valoro la aspereza, la sequedad de una película que se fundamenta en la desafiante interpretación de Vincent Gallo, mudo en el habla, y en la rotunda fisicidad de unos escenarios exteriores naturales de carácter hostil, lo cual se traduce en una ambientación perfecta para los fines de tensar la cuerda de la resistencia. Una inmensidad de territorio mostrada de manera fascinante. Y el sostenido plano final (sugerente, cortante, terrible) de aliento poético, que no desvelaré, es de una belleza estética sublime y muy hábil en la manera de resolver este admirable (y abstracto) survival.

[+] Otra reseña: J.P. Bango también escribe sobre la película AQUÍ. En su artículo, Bango alude, con mucha razón, a la extraña Figures in a Landscape (1970), de Joseph Losey, en donde un helicóptero persigue incansablemente a dos convictos (Robert Shaw y Malcolm McDowell) en permanente huida y amenazados en todo momento por el entorno.

PD: Sí, este blog vuelve justo un año después de la última actualización. La última entrada data del 23 de abril del año pasado, y tras muchos bandazos (periodos de apatía, de desgana, de falta de tiempo; apertura de nuevos blogs que he acabado abandonando) regresa de nuevo Videodrome. Espero tener cierta regularidad publicando entradas, pero ya se sabe que la vida de ahí fuera nos absorbe demasiado. Saludos a todos, pues.

“Fantástico Sr. Fox” [Reseña en Pasadizo]

23 abril, 2010

*Reseña que me han publicado, hoy mismo, en Pasadizo.com

FANTÁSTICO SR. FOX (FANTASTIC MR. FOX)

Durante su juventud, el elegante y distinguido señor Fox robaba y mataba gallinas y, al mismo tiempo, vivía un apasionado romance con Felicity. Años después, nuestro protagonista se ha visto obligado a sentar la cabeza al haber formado una familia con su esposa. Tienen un hijo y viven en una madriguera, lejos de riesgos. Sin embargo, una necesidad sigue latiendo en el interior del padre de familia: su instinto salvaje y voraz le conduce a las andadas. Su plan de acción consiste en asaltar las tentadoras granjas de tres humanos, que habrán de reaccionar para evitar males mayores. Y las consecuencias de su atrevimiento pueden ser letales para la sociedad animal a la que pertenece.

Ficha Técnica

Dirección: Wes Anderson. Productores: Allison Abbate, Wes Anderson, Jeremy Dawson, Scott Rudin para Twentieth Century Fox Film Corporation, Indian Paintbrush, Regency Enterprises, American Empirical Pictures. Productores ejecutivos: Arnon Milchan, Steven M. Rales. Guión: Wes Anderson y Noah Baumbach, según el libro El superzorro, de Roald Dahl. Fotografía: Tristan Oliver. Música: Alexandre Desplat. Montaje: Andrew Weisblum. Animación: Mark Gustafson. Intérpretes: Muñecos animados, con las voces (en la VO) de George Clooney (Sr. Fox), Meryl Streep (Sra. Fox), Jason Schwartzman (Ash), Bill Murray (Badger), Wallace Wolodarsky (Kylie), Eric Anderson (Kristofferson), Michael Gambon (Bean), Willem Dafoe (Rata), Owen Wilson (Skip), Jarvis Cocker (Petey), Wes Anderson (Weasel), Karen Duffy (Linda Otter), Robin Hurlstone (Boggis), Hugo Guinness (Bunce)… Nacionalidad y año: Estados Unidos, Reino Unido 2009. Duración y datos técnicos: 87 min. color 1.85:1.

Comentario

No ha podido resultar más coherente ni más consecuente la primera incursión de Wes Anderson en el género de la animación: Fantástico Sr. Fox pertenece al universo temático y estilístico del director, cuyos reconocibles rasgos se encuentran aquí muy presentes. Por lo tanto, el cambio de imagen real al artesanal y minucioso stop-motion se ha saldado de manera harto positiva, ya que cabe concluir que el tránsito se ha producido con naturalidad y sin perder ni un ápice de las personalidad que poseen las películas anteriores de un realizador que, con este salto de valentía, ha experimentado en un medio expresivo que, aparte de retornar a las esencias tradicionales en esta época de lo digital y las tres dimensiones, le ha permitido resaltar sus inquietudes y profundizar en algunas de sus características de estilo.

Temáticamente, Anderson reincide, por un lado, en las tirantes relaciones entre padres e hijos y, por otro, en la nostalgia de los tiempos pretéritos, es decir, de ese pasado que se echa de menos y que acabará por regresar de algún modo. Así, en cuanto a las dificultades paterno-filiales, se genera un choque entre el señor y la señora Fox y Ash, el hijo de ambos, cuyas limitaciones y frustraciones, por si fuera poco, se ven acentuadas con la llegada al hogar familiar del sobrino Kristofferson, cuyas habilidades y conocimientos son muy superiores. Y por lo que se refiere al pasado, a través de la figura del señor Fox se establece una reivindicación del instinto primigenio que explotó en su juventud, de la asunción de la propia naturaleza animal (o sea, salvaje) de los personajes antes que optar a quedar esclavizados a los condicionantes de una sociedad reglada. Aunque ahora Fox es un padre de familia con obligaciones y responsabilidades, llega un momento de ruptura al no ser capaz de soportar por más tiempo la renuncia a sus actividades de joven: cuando cazaba y era un espíritu libre y aventurero. En consecuencia, a escondidas y con la torpe ayuda de Kylie, su gracioso amigo-zarigüeya, se dedica a asaltar con nocturnidad y alevosía las granjas de los temibles Boggis, Bunce y Bean. La actividad del protagonista acarrea enormes problemas para la sociedad animal de la que forma parte hasta el punto de que pone en riesgo la supervivencia de los suyos.

En relación al aspecto estilístico, la película, en su puesta en escena, está influida por el lenguaje del cómic en tanto en cuanto un gran número de sus fotogramas parecen tableaux vivants, viñetas en movimiento, e incluso la transición entre escenas remite a la lectura del arte secuencial. El ritmo narrativo, siempre vigoroso y vivaz, se acelera cuando se da el turno a la acción, y es entonces cuando la sucesión de acontecimientos se torna ya definitivamente frenética. No hay espacio ni para pestañear. Numerosos planos, rebosantes de detalles y que muestran un escenario vistoso y cuidado a conciencia, serían dignos de ser apreciados congelando la imagen y deleitándonos con el excepcional trabajo de los responsables de una película de tal riqueza visual.

Pero todo ello no sería lo mismo sin la magnífica definición de los personajes, sobrados de carisma y vitalidad. La galería de caracteres, diferentes entre sí, ostenta un notabilísimo interés: Fox es un rebelde incorregible que desafía su supuesta condición de adulto maduro y razonable, Felicity es su sufrida esposa que trata de mantener el orden y la unidad, Ash es un chaval superado por las circunstancias que trata de ser más de lo que nunca será, Kristofferson es un talento intelectual y atlético de exquisita educación pero demasiado obediente y disciplinado, Kylie es una ingenua zarigüeya de lo más delirante, etc… Por no hablar, claro, de los secundarios, como los tres granjeros-villanos, irónicamente humanos, o la escurridiza Rata afrancesada, que se erige en la némesis criminal del propio señor Fox. A este perfil de cada uno, que tiene que ver con la habitual excentricidad andersoniana, se añade la fundamental voz de los actores, importantísima a tenor de los muchos y brillantes diálogos que contiene el filme, y que conforman un reparto envidiable: George Clooney, Meryl Streep, Jason Schwartzman, Bill Murray, Willem Dafoe, Owen Wilson… Por consiguiente, resulta indudable que los personajes exudan tanta vida, tanta credibilidad, que sus avatares proyectan emociones auténticas en el espectador, casi siempre relacionadas con la diversión.

Wes Anderson y Noah Baumbach, también coguionista de la portentosa The Life Aquatic (The Life Aquatic with Steve Zissou, 2004), han elaborado, sobre la base del libro “El superzorro” (1970), de Roald Dahl, un guión sugestivo que nutre un artilugio de factura muy laboriosa, el cual, en su buen equilibrio de forma y fondo, funciona a plena potencia: se entremezclan diversos géneros (drama, comedia, acción, aventura, cine de atracos, noir, western, musical) en un conjunto extremadamente dinámico que supone una loa, una celebración, de aquello que en verdad nos pide el cuerpo, de aquello que tenemos dentro de nosotros. Se trata de admitir nuestra condición natural y de disfrutar de ella para bien o para mal, en las duras o en las maduras, sin que pretendamos convertirnos en lo que no somos.

No terminaremos sin subrayar dos instantes mágicos (y líricos, y conmovedores) que se antojan prácticamente imborrables en la memoria del espectador sensible a los destellos de genialidad. En uno, el señor Fox y su esposa se sinceran en un cara a cara cuyo hermoso fondo es una catarata como elemento potenciador. En el otro, el protagonista se encuentra con un lobo visto de lejos y tratado como un concepto mítico, a lo que sigue un saludo con el puño en alto, símbolo de los códigos de la fauna, el respeto mutuo y la solidaridad entre depredadores que jamás traicionarán su entidad salvaje, indómita.

Anécdotas

* Nominada al Oscar en 2010 a mejor película de animación y a la música. Ese mismo año, la Academy of Science Fiction, Fantasy & Horror Films la nominó a mejor película de animación. Los premios Annie la premiaron a mejor guión, y la nominó como mejor película de animación y a la dirección. En los BAFTA fue nominada a mejor película de animación y a la música. En los Globos de Oro, nominada a mejor película de animación. * La producción se inició en 2004, con Anderson conversando con Henry Selick, que trabajó con él en The Life Aquatic. * El look de la película está inspirado en Great Missenden, un pueblecito de Buckinghamshire, Inglaterra, donde vivió Roald Dahl. * Estrenada en el Reino Unido el 23 de octubre de 2009, y en Estados Unidos el 13 de noviembre; en España se ha estrenado el 23 de abril de 2010.

Bibliografía

DAHL, Roald: El superzorro; traducción de Ramón Buckley; ilustraciones de Horacio Elena. Madrid: Alfaguara, 1986. Colección: Juvenil Alfaguara; nº 5.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

“Mad Detective”

25 marzo, 2010

MAD DETECTIVE (SUN TAAM, 2007)

El detective Bun tiene un don: es capaz de ver las personalidades ocultas de los demás y de averiguar lo sucedido simplemente entrando en contacto con el lugar de los hechos o con algún objeto relacionado. Su formidable capacidad extrasensorial le ha permitido resolver multitud de casos, pero su locura le jugó una mala pasada y se vio obligado a dejar el oficio. Tiempo después, el detective encargado de un caso que implica la extraña desaparición de un policía y de su pistola, un arma que está siendo usada para perpetrar crímenes, reclama a Bun que le ayude en la investigación. 

Ficha Técnica

Dirección: Johnnie To y Ka-Fai Wai / Productores: Johnnie To y Ka-Fai Wai / Guión: Ka-Fai Wai y Kin-Yee Au / Fotografía: Siu-keung Cheng / Música: Xavier Jamaux / Montaje: Tina Baz / Efectos especiales: Raymond Man / Intérpretes: Ching Wan Lau (Chan Kwai Bun), Andy On (Ho Ka On), Ka Tung Lam (Ko Chi Wai), Kelly Lin (May Cheung), Kwok-Lun Lee (Wong Kwok Chu), Choi-ning Lee (Gigi), Flora Chan (May Cheung a los ojos de Bun), Suet Lam (Fatso: personalidad oculta de Chi Wai), Jay Lau (mujer calculadora: personalidad oculta de Chi Wai)… / Nacionalidad y año: Hong Kong 2007 / Duración y datos técnicos: 89 min. color. 2.35:1

Comentario

Se ha tildado a Mad Detective (Sun taam, 2007) de título quizás menor en la filmografía de un Johnnie To que, justo antes, había alcanzado su mayor reconocimiento internacional a raíz de las magistrales y despiadadas odiseas gangsteriles Election (Hak se wui, 2005) y Election 2 (Hak se wui yi wo wai kwai, 2006), basadas en las violentas rivalidades y conflictos de intereses en el seno de las Tríadas de Hong Kong, y de ese interesante ejercicio de estilo iconográfico con aroma a noir melvilliano y western (a caballo entre Leone, Peckinpah y Boetticher) titulado Exiled (Fong juk, 2006). El director, tras una larga trayectoria en la que ya destacó ofreciendo encajes de bolillos formales como The Mission (Cheung fo, 1999) o Breaking News (Daai si gin, 2004), había dado el salto cualitativo hacia una madurez estilística encomiable que evidenciaba un dominio abrumador de la puesta en escena, del espacio y el tiempo, y del movimiento de las figuras en un encuadre estudiado al máximo. A estas virtudes se unía el más que probable parentesco del prolífico To con el cine, entre otros, de Jean-Pierre Melville, Sergio Leone, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Sam Peckinpah o Budd Boetticher. Vínculos ilustres, en temas y formas, para un cineasta sobrado de talento visual, sensible a la armonía y la composición y cuyo pulso narrativo cada vez se estima más firme y preciso según crece su ya considerable filmografía.

Mad Detective, que podríamos encuadrar en el thriller, el cine negro y el policial, se adscribe en alguna medida al género fantástico en tanto que su pintoresco y excéntrico protagonista, el detective Bun (Ching Wan Lau, sensacional), ostenta el don de visualizar las personalidades internas de los demás y de poder revivir lo ya sucedido simplemente estando en el lugar de los hechos o tocando un objeto relacionado. Esta facultad especial de percepción le permitió a Bun resolver casos complicados en el pasado, pero también lo ha situado en el desequilibrio mental, lo que supone el rechazo de su entorno. Ahora, fuera del cuerpo de policía, es reclamado por otro detective, mucho menos curtido y experimentado, para que le ayude a esclarecer un misterio: la desaparición de un policía y de la pistola de éste, que alguien está usando para cometer crímenes y robos.

Retomando el comienzo de esta reseña, no han faltado las voces que han considerado esta película como escasamente relevante en la obra de To debido a su aparente ligereza. En efecto, no estamos ante una propuesta del calado, la amplitud y la gravedad del díptico Election, por ejemplo, ya que Mad Detective tiene dentro de sí un ánimo de desmelene, de divertimento, de filme desacomplejado, refrescante y libre que no teme las extravagancias ni el sentido del humor, en este caso procedentes del citado detective Bun, un personaje sui generis de lo más curioso, un antihéroe que ronda el drama personal, el destino trágico y la locura. Se trata, en verdad, de una cinta más pequeña y menos ambiciosa en cuanto al objeto de lo narrado. Y no por ello, evidentemente, creo que debamos tenerla en menor aprecio.

Sea como sea, parece obvio que no puede haber reticencia alguna en cuanto a su extraordinario aspecto visual, que ofrece un uso excelente de la profundidad de campo, de las luces y las sombras, del travelling y las panorámicas y de la dinámica de la cámara, caracterizada por unos movimientos suaves y exactos; y más admirable aún resultan las imaginativas y audaces soluciones que emplea To (y Ka-Fai Wai, codirector, coguionista y coproductor) para mostrarnos físicamente, y esto es un hallazgo, las distintas y múltiples personalidades de un policía sospechoso: así, vemos a diversos actores que representan, valga la redundancia, las personalidades de un mismo policía. Envidiable es el control del montaje, la ubicación de los caracteres en el plano, el encadenado de planos, la capacidad para establecer varios puntos de atención en una misma escena, la fluidez del progreso narrativo… Todo un compendio, en definitiva, de recursos de una elevada belleza formal en perfecta sintonía; una coreografía de personajes y acciones a partir de un ramillete de hermosas decisiones estilísticas que riman unas con otras.

Y no nos llevemos a engaño: no se descuida en absoluto la definición psicológica de los personajes, que son perfilados no verbalizando ni mediante subrayados, sino a partir de sus gestos, actitudes, acciones, omisiones y posturas, a lo que se añade, hay que insistir, la visualización de las personalidades ocultas antes mencionadas, lo que da pie a una originalidad sorprendente. A ojos de Bun, el complejo Chi Wai, sospechoso máximo del caso en proceso de investigación, tiene en su interior un conflicto esquizoide entre siete personalidades, siendo algunas de ellas una mujer calculadora, un ingenuo gordinflón o un matón sin escrúpulos, de modo que se comporta y actúa según el dictado de esa complejidad. Y aquí, para ilustrar aún más lo expuesto, hemos de citar este fragmento perteneciente a la crítica de la película que Roberto Cueto escribió en la revista Cahiers du Cinéma España (número 23, mayo de 2009): “(…) nos hallamos ante un cineasta poco dado a la profundización psicológica a través de los procedimientos recomendados en todos esos manuales del buen guionista. En el cine de To esa percepción surge de otros matices, de la gesticulación, de la manera de moverse o coger una pistola, de la poderosa iconicidad de unas criaturas que nos emocionan por la inaprensible belleza de su superficie. No es raro entonces que, cuando el director se plantee filmar lo que está dentro de la cabeza de sus personajes, recurra a esa misma corporeidad, a la contundencia de una imagen estrictamente física y en absoluto simbólica.” 

Como guinda de este artilugio lleno de desparpajo y encabezado por el poder de la imagen depurada, el negrísimo clímax final conlleva un particular homenaje a los espejos de La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1947), donde Orson Welles orquestó un laberinto de reflejos que refrendaba bien a las claras las dobleces de sus personajes. Aquí, el espejo es el detalle idóneo que refuerza, rizando el rizo, la esquizofrenia de los implicados, que zanjan el enfrentamiento en un irónico y nada acomodaticio desenlace.

Mad Detective, soberbia de principio a fin, satisfactoria de cabo a rabo, forma parte de la vena juguetona del virtuoso cine de Johnnie To, quien recientemente nos ha brindado otra magnífica película, Vengeance (Fu chou, 2009), que consiste en una nueva fusión estilizada del polar francés, el western crepuscular y el costumbrismo en un relato reducido a la esencia de la venganza, la nostalgia del pretérito, el sacrificio épico y la grandeza de los iconos que actúan conforme a un código.

El cine de Ti West

17 febrero, 2010

Para mí, todo comenzó con The House of the Devil, que vi hace poco. Inédita en España y proyectada en el último festival de Sitges, la película me ha puesto sobre la pista de su joven director, Ti West, al que sólo conocía de oídas. Así pues, he ido indagando algo más en su todavía corta filmografía… y he aquí, brevemente, mis impresiones.

The House of the Devil (2009) me parece un curioso y acertado homenaje de hechuras clásicas al terror de los años setenta y principios de los ochenta. Una película muy consciente de sus obvias fuentes referenciales. Lo más interesante es lo bien que West reproduce sus influencias, el tono retro que destila la cuidada producción (desde los mismos títulos de crédito) y la calma y el detallismo que refleja a la hora de construir una atmósfera verosímil, crear una inquietud y retratar con cercanía y naturalidad a la chica protagonista (una excelente Jocelin Donahue), que se dirige a la boca del lobo al aceptar un trabajito de niñera en una casa siniestra. Durante gran parte del metraje, impera una mirada intimista, e incluso contemplativa, al devenir de la protagonista, quien, a pesar de los indicios de peligro que capta, muy poco a poco se aproximará a un horror envolvente.

Al final, eso sí, creo que se precipita, cae en lo brusco y termina de modo algo previsible, lo que estropea un poquitín el conjunto, quizás desequilibrado debido a la atropellada recta final… Pero ya digo que, para mí, es una película muy apreciable que evidencia el conocimiento del género por parte de su realizador. Y un plus: ¡Sale el turbio Tom Noonan!

No os perdáis, aunque parezca extraño, Cabin Fever 2 (2009), también de nuestro hombre: Ti West. Sin ir más lejos, se trata de una secuela muy superior a la primera parte de Eli Roth, diría yo. West, por lo tanto, se marca un brillante e inteligente ejercicio de gore-cachondeo mediante el que pervierte los tópicos que maneja (las constantes del universo de la high school), otorgándole a toda la película un revestimiento negrísimo, irónico, bizarro, desmelenado, autoconsciente y muy gracioso. La clave del asunto es el tratamiento explosivo que da Ti West a este material: a saber, escenas como la de la felación con aparato de dientes, la de la gorda en la piscina o la del brazo amputado con una sierra, por ejemplo, son delirantes y absolutamente divertidas.

Y es que, además, la película está lejos de la cutrez, de la bobada y de la desidia. No estamos ante un subproducto oportunista y hecho de cualquier manera, no. Insisto en que en Cabin Fever 2 hay un director que sabe muy bien lo que hace… y lo hace con chispa, salero, brío y nervio. Ojito también a la sensacional selección musical, al fluidísimo ritmo narrativo y al comienzo y al final, narrados con dibujitos molones.

Y por último, y a falta de ver The Roost, recientemente también he visto, de este director, Trigger Man (2007). Lo cierto es que parece dirigida, para que os hagáis una idea, por el Gus Van Sant de Gerry, Elephant o Last Days. Más o menos, digo. Es una película muy minimalista, de recursos muy escasos pero bien aprovechados. Cámara al hombro, seguimiento constante a unos personajes que no cesan de caminar, poquísimos diálogos, papel esencial del entorno natural, definición mínima de los personajes, aparentes tiempos muertos, ausencia de explicaciones, etc… Es un survival extraño, desconcertante, de formas desaliñadas, que busca el hiperrealismo. A mí me ha gustado. Durante sus primeros treinta y tantos minutos, impera la calma tensa. Después, se convierte en una lucha por la supervivencia en el bosque contra un enemigo, en principio, invisible. Inquieta lo suyo porque uno no sabe por dónde van los tiros (nunca mejor dicho). Aviso que puede aburrir, pero a mí me ha mantenido en tensión.

La película va de tres amigos urbanitas que se van a cazar al bosque. Andan y andan sin encontrar nada y sin disparar a nada. Hasta que, ¡zas!, algo sucede y la cosa se pone seria.

En fin, ya sabéis: mucha atención a este señor, Ti West. Una de las esperanzas del género.

Cielo amarillo

22 enero, 2010

Cielo amarillo (Yellow Sky, 1948), de William Wellman.

Fundamentalmente escribo este post porque se trata de uno de los westerns más atmosféricos, si no el que más, que conozco.

Una banda, liderada por el personaje de Gregory Peck, atraca un banco y en su huida al galope, habida cuenta de la persecución de la que es objeto por parte del ejército de la Unión, no tiene otra opción que cruzar a caballo un territorio inmenso cuyo horizonte se pierde a la vista. Recorrer estas salinas, que se asemejan a una especie de superficie lunar, casi se convierte en un suicidio, y es en esta tesitura cuando se comienza a definir los rasgos principales de estos bandidos. Agotados, sedientos y a un paso del desmayo, los seis componentes por fin llegan a Yellow Sky, un pueblo desolado y abandonado de carácter fantasmagórico. No obstante, el lugar no está del todo deshabitado… y más adelante surgirán codicias, traiciones y tensiones sexuales.

Cielo amarillo es una película profundamente atmosférica, como decía, que extrae gran parte de su fuerza precisamente de los entornos en los que se desarrolla y de su habilidad para transmitirnos la fisicidad de los mismos. El angustioso paso por unas salinas que parecen infinitas se erige, así, en un elemento cercano al género de terror por cuanto somete a los personajes a un suplicio considerable. De la misma forma, el estado de un pueblo muerto, Yellow Sky, desvencijado e inhóspito, contribuye a reforzar el ligero toque de fantástico que sobrevuela la cinta. Y todo ello, originado por la magnífica fotografía en blanco y negro, el guión que se detiene en aprovechar los ambientes que afectan a los personajes y la dirección firme de William Wellman.

Este western, en consecuencia, se desmarca de muchos otros y propone un papel preponderante del entorno y de la acción que tiene lugar en él. La llanura de sal, el pueblo en ruinas y las grandes rocas en las que se desarrolla un tiroteo en la parte final son espacios que toman un protagonismo trascendental y asumen, prácticamente, la condición de ser un personaje más de la película. No en vano, los escenarios, tan palpables, nos envuelven por completo.

Wellman, por lo tanto, ejerce como un excelente narrador visual y otorga un poder sugerente a unas imágenes repletas de fuerza, significado y expresividad. Véase, además, la forma en que resuelve el momento culminante del desenlace, del todo inesperado y muy cercano al anticlímax. La solución, a la hora de la verdad, es sugerir antes que resultar explícito. Sea esta decisión como consecuencia de un interés por crear tensión e incertidumbre o sea como mera opción estética, lo cierto es que ejemplifica por qué Cielo amarillo es una valiosa, magistral, rara avis.

Peliculón con todas las de la ley.

Y de postre, enlazo este buena reseña del blog “Cinema de perra gorda”: CLICK.


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