“Sólo Dios perdona”, de Nicolas Winding Refn

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Título original: Only God Forgives (2013).

Dirección: Nicolas Winding Refn.

Intérpretes: Ryan Gosling, Kristin Scott Thomas, Vithaya Pansringarm, Tom Burke.

Duración: 89 min.

Películas que te fascinan hasta el punto de verlas y volverlas a ver varias veces; hasta el punto de exprimirlas y agotarlas; hasta el punto de acabar realmente harto de ellas tras haberlas interiorizado. Me ocurrió con “Drive”. Y también, cómo no, con “Sólo Dios perdona”, que a mi juicio es, a día de hoy, la cumbre de su director por sublimar sus obsesiones, su estilo, su manera de entender el arte y las emociones. En paralelo: las bandas sonoras de Cliff Martínez escuchadas en bucle, al borde del colapso auditivo de un servidor. Embriagado, en fin, por lo que proyecta el cine: imágenes y sonidos agitándose en mi interior, colmado por el artefacto audiovisual que me ha perforado la mente y el corazón. Visualizas escenas y tarareas las composiciones de Martínez: extraes la ficción y te la llevas a cuestas durante el día. Entras en la película y la película entra en ti mediante un diálogo entre obra y espectador que, por desgracia, resulta poco frecuente. Porque a veces uno siente que ese producto ha sido elaborado para sí mismo.

En breve, la definiría como una avasalladora experiencia sensorial de numerosas ramificaciones y significados a partir de parábolas que envuelven toda la narración en un claro tono de pesadilla enfatizada al límite. Obra esencialmente simbólica y de estética agresiva que parte del cine de género (es otro western, otra venganza) y transmite no desde el diálogo ni desde un desarrollo argumental extenso y complejo, sino a base de una trama sencilla, de decisiones formales minuciosas y de personajes (o más bien entidades) de apariencia arquetípica pero fondo potente, extremadamente turbio, de gestos inexistentes o excesivos, que proyectan muchos recovecos primarios, esenciales, de la condición humana. Y ahí, como lienzo casi en blanco, el espectador ha de participar, rellenar huecos y sentir, sobre todo por lo que se refiere a un primer tercio introspectivo que nos va zambullendo en los pozos íntimos de Julian.

Desmenuzada plano a plano, estoy seguro de que podríamos interpretar multitud de emociones, sensaciones y traumas que se ocultan tras las sombras y la gama, nada casual, de colores saturados (palpitantes, incluso) de Larry Smith: también tras las notas de una música que apoya y enriquece la narración, que la lleva a otro nivel de consciencia, que acompaña el pausado tempo al límite de la contemplación o de lo ritual. Terreno minado sobre el que proyectar miedos, pasiones, mutilaciones afectivas y hasta sueños masculinos. Desde la naturaleza del cine de género (suerte de western febril, ya lo decía, en un espacio vivo como Bangkok), y sin pretender explayarse en sus resortes más característicos, se expande en direcciones que abarcan el mito de Edipo, la redención, el pecado, la culpa, el castigo, la sumisión, el retorno al útero, la búsqueda del infierno como presagio, la castración, el duelo, la ensoñación, la inadaptación, la violencia descarnada, el código ético, etc… Más que en “Drive”, que es el referente popular más próximo en el tiempo, aquí los elementos genéricos le sirven a Winding Refn para tratar conceptos elementales desde un enfoque mucho más cercano a la abstracción de “Valhalla Rising”, lo que supone un nuevo cambio de tercio alejado de cualquier postura acomodaticia.

¿El precio a pagar? El rechazo de gran parte del público y de la crítica. Las acusaciones de pretenciosidad (¿es per se algo malo?). También el peligro de ser ridiculizado, parodiado; incomprendido. Pero me parece muy loable el riesgo que asume, y que denota o bien su determinación de conservar una independencia creativa innegociable o bien su locura contagiosa de autor de corte kamikaze. Despojado de los referentes reconocibles (y asumibles) de “Drive”, aquí, desde un mínimo, despliega una sensorialidad radical que se multiplica en capas de significado filtradas por la propia experiencia/sensibilidad del espectador. Entiendo, en todo caso, las reticencias, pues hay pocos asideros a los que agarrarse y el desconcierto no puede ser mayor. No sería de extrañar que el tiempo la ponga en su lugar y dentro de unos años sea percibida de otra manera (o no).

Espectros en Bangkok, al fin y al cabo.

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2 pensamientos en ““Sólo Dios perdona”, de Nicolas Winding Refn

  1. Hay que tenerlos bien puesto para hacer esta peli después de tu obra más popular. Solo por eso ya merece el elogio.Encima, como dices, es fascinante. Su mejor obra para mi, depurada hasta dejarla en el hueso; hueso evanescente, además.

    Resulta muy intrigante y atractivo como están coincidiendo toda una serie de obras sensoriales en el tiempo: esta, Amer, Lords of Salem, Under the Skin, A field in England… y otras, particulares todas y seguramente aisladas las unas con respecto a las otras, pero recuperando una libertad que encuentro muy años 70, donde la forma era una vehículo de expresión y comunicación en si mismo.

  2. Muy de acuerdo. El gran danés podría haber seguido el camino abierto con “Drive” hacia un cine más cómodo, seguro y que le reportara más dividendos. En cambio, decide ir a su bola y pasa olímpicamente de hacer un cine accesible. Así pues, es un valiente. O un loco. Pero ese riesgo es digno de aplaudir a día de hoy. Es como saltar sin red. Y sí, esos 89 minutos están ajustadísimos. Está bien pulida, desde luego. Prescinde de explicaciones verbalizadas: tira de audiovisual puro. A machete.

    Esas películas sensoriales son una gran noticia a pesar de que se den de morros contra la incomprensión de los muchos que desean ver cine narrativo convencional y que desdeñan esas propuestas eminentemente expresivas desde lo formal. A mí me fascinan todas, aunque la de Ben Wheatley se me atragantó, la verdad. No le encontré el punto. Pero “Under the Skin” y “Lords of Salem”, de las que seguramente colgaré reseña, me hipnotizan y me aterran. “Amer” también me encanta, aunque es aún más radical. Además, son películas para perderse en ellas. Se podría escribir un libro sobre cada una de ellas, creo.

    ¡Un placer! 🙂

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