“Secuestrados”, de Miguel Ángel Vivas

Secuestrados podría pertenecer a un hipotético subgénero de asaltos domiciliarios en el que unos intrusos irrumpen en el (burgués) hogar familiar acosando y vilipendiando a los habitantes de la vivienda mediante el uso de la violencia. Por ello, la segunda película de Miguel Ángel Vivas ostenta un parentesco con otras propuestas de similares características como Ellos (Ils, 2006), Los extraños (The Strangers, 2008), la muy reciente Cherry Tree Lane (2010) o, incluso, La habitación del pánico (Panic Room, 2002). También se ha venido insistiendo una y otra vez sobre su proximidad respecto a Funny Games: juegos divertidos (Funny Games, 1997), pero la película de Michael Haneke se desmarca poderosamente debido, sobre todo, a su discurso moralizante y su tono gélido y meta-reflexivo, de modo que sólo se emparentaría en base a su esquema argumental de partida.

Teniendo presente este concepto genérico nada novedoso pero sí atractivo, la película, cuya coproducción francesa quizás haya tenido que ver en su radicalidad, empieza a jugar sus bazas con habilidad al arrancar mostrando una inquietante escena de enganche, independiente del núcleo argumental principal, que ya nos sitúa sobre la pista desde el mismo pistoletazo de salida: un hombre amordazado y con signos de haber sido torturado avanza desesperadamente en busca de ayuda en un lugar apartado. Suponemos que es una víctima de la acción brutal y salvaje de alguien aterrador y extremadamente contundente. La primera, en la frente.

A continuación, saltamos a una espaciosa vivienda para comenzar a conocer a los personajes y el amplio espacio cerrado de aparente lujo en el que se desenvolverá la mayor parte de la película. La cámara se desliza por pasillos, salones y habitaciones con fluidez y elegancia, siguiendo a los nuevos habitantes (padre, madre e hija adolescente) y a unos empleados de mudanzas trabajando en orden a ir colocando todos los muebles y objetos. Desde ese momento, una concatenación de efectivos planos secuencia es el método narrativo que elige Vivas para imprimir continuidad y ritmo a la acción in crescendo, para conceder una cercanía respecto a los personajes y para “obligarnos”, como espectadores, a seguir con pocos cortes las evoluciones de un argumento sobrecogedor que alcanzará cotas de auténtico impacto y densa incomodidad.

A partir de la esperada aparición de los asaltantes, que se produce tras un puñado de minutos de calma tensa, se pisa el acelerador de manera inclemente para que este brillante ejercicio formal mantenga una permanente sensación de amenaza, de peligrosidad, de turbiedad. A lo largo de una ajustada duración de ochenta minutos, Secuestrados ostenta una intensidad enorme en virtud del enérgico pulso de su director, de las despiadadas decisiones de guión y de la veraz labor de sus intérpretes, entre los que sobresale una estupenda Manuela Vellés a tenor de su esmerado tour de force caracterizado por la angustia, la rabia, el pánico o el desamparo.

Los responsables nos embarcan en un tren a toda velocidad cuyo destino es descarrilar, como no podía ser de otro modo. Se agradece la sordidez de una cinta que se decanta por la crueldad, el pesimismo y la ausencia de esperanza. Cuando el espectador se encuentra en una situación en la que piensa que puede haber una salida, se cierran todas las puertas en sus narices, impidiendo escapar de una pesadilla que se inspira en nuestra cotidianeidad. Estos asaltos a domicilios pertenecientes a propietarios adinerados es, por desgracia, una constante que a diario vemos en los noticiarios o leemos en los periódicos. Forma parte consustancial de nuestra rutina, y el miedo a ser atacado en nuestro hogar, rodeados de los nuestros, está prácticamente enraizado en una sociedad acostumbrada a este tipo de sucesos. Es por ello que lo visto nos afecta en mayor medida porque percibimos que lo tenemos ahí, a la vuelta de la esquina.

Uno de sus puntos fuertes es que produce una sensación de opresión, de hostilidad envolvente, gracias al buen aprovechamiento de los interiores del domicilio, como decíamos, y de la nocturnidad y soledad del tira y afloja que acontece en el exterior. Para dar continuidad a lo narrado y reforzar la impresión de realismo, está construida en planos secuencia. Y para tensionar aún más la cuerda, puntualmente hay una pantalla partida que muestra diferentes acciones o diferentes puntos de vista que convergen en un punto compartido de extrema desazón. Apuestas formales que conllevan un clima idóneo (reforzado por un sensacional trabajo de sonido) para poner en escena el conflicto, el enfrentamiento entre los burgueses privilegiados, violados en su intimidad, y los anónimos encapuchados que aspiran a robar usando la fuerza sin miramiento alguno.

A pesar de la personalidad lúdica de la película, exenta de comentarios sociales y esencialmente dirigida a las pulsiones viscerales, al placer del miedo y el malestar, se ha gestado una polémica centrada en la nacionalidad albanesa de dos de los asaltantes y la controvertida frase que pronuncia el tercero (precisamente español): “¡Yo no soy como ellos!”. En efecto, uno de los verdugos es un albanés maniaco, sádico y desatado que cumple con el perfil arquetípico del elemento incontrolable que todo lo dinamita. Y en este caso, el español parece ser el menos violento de los tres ladrones, o tal vez el menos experimentado, y es por esto que trata de apaciguar, dentro de lo posible, la dantesca colisión. Sin embargo, acusar a la película de xenófoba o de sensacionalista parece, en opinión del abajo firmante, del todo excesivo y denota que algunos han querido interpretar la película a la tremenda, extrapolando la representación propia de la ficción a la condición de discurso o de toma de posicionamiento.

Otra reflexión que la película ha suscitado en determinados foros de opinión corresponde a la escena en la que el personaje de Manuela Vellés, en pura catarsis, se defiende atacando de manera salvaje a uno de los secuestradores, es decir, expresando su descarga de furia como consecuencia de la agresión sufrida. De nuevo con fidelidad a la típica figura (en principio frágil) de la femme torturada que se rebela sacando su lado más primitivo en aras de sobrevivir, algo presente en muchas películas, Vivas introduce otro elemento seductor, que no es otro que la vertiente más violenta de la civilizada familia atacada, lo que la sitúa, por así decir, en un punto casi paralelo a la línea de barbarie del enemigo.

Dejando aparte estas cuestiones, sujetas a la libre lectura de cada espectador, Secuestrados es un potente ejercicio de alta tensión que aporta el placer de sentirse zarandeado en la butaca, preso de la incertidumbre y el desasosiego que acarrea la amenaza exterior sobre el núcleo familiar, desprotegido en su jaula de oro.

(Mi reseña publicada en Pasadizo.com)

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3 pensamientos en ““Secuestrados”, de Miguel Ángel Vivas

  1. Aunque se agradece la crítica después de verla la película no me aportó nada, quizás el “meneo” del final. Como dices esto ya se ha hecho antes y mucho mejor: si fué un intento de mejorarlo, nada, si fué una suerte de homenaje, menos, si no hubo motivo para su creación más allá de recaudar dinero, sub-zero.

    Los personajes no evolucionaron mucho a lo largo del metraje a mi entender, sólo algunos cambios de registros. Las actuaciones no me resultaron creíbles tampoco. En fin, todo muy negativo.

  2. Que tal amantes del cine! vi esta pelicula hace bien poco, y me dejo algo tocado… Es una pelicula dura que poca gente quiere ver supongo, ya que el tema de la pelicula es algo peculiar..
    bueno amigo te dejo mi blog recien empezado, seriesypeliss.wordpress.com. Pasate por ahi, gracias amigo!

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