“La naranja mecánica” [Colaboración en Pasadizo]

Aprovechando la reposición en salas comerciales de este clásico inmortal, recupero la reseña que escribí, hace unos años, para Pasadizo.com: AQUÍ

LA NARANJA MECÁNICA (A CLOCKWORK ORANGE)  

Alex es el melómano líder de una delirante banda de inadaptados sociales que disfruta sembrando el terror a través de la ultra-violencia y la violación de sus víctimas, dejando un reguero innumerable de crímenes de todo tipo. Cuando Alex es traicionado por sus compinches de fechorías y consecuentemente encarcelado, el gobierno trata de reinsertarlo en la sociedad por medio del innovador y contundente tratamiento “Ludovico”, método que resulta ser efectivo en orden a impedir que el paciente cometa cualquier clase de acto violento. Sin embargo, éste será el inicio de la pesadilla personal del protagonista al sufrir en sus propias carnes el rechazo de sus padres y la cumplida venganza de unos verdugos favorecidos por la indefensión de nuestro protagonista.

Ficha Técnica

Dirección: Stanley Kubrick. Productor: Stanley Kubrick para Hawk Films Ltd./Polaris Prod./Warner Bros. Guión: Stanley Kubrick, según la novela de Anthony Burgess. Fotografía: John Alcott. Música: Wendy/Walter Carlos, Rachel Elkind, Sir Edward Elgar, Gioacchino Rossini, Ludwig van Beethoven, Henry Purcell, Nikolai Andreevich Rimsky-Korsakov; canción “Cantando bajo la lluvia” de Nacio Herb Brown. Montaje: Bill Butler. Diseño de producción: John Barry. Intérpretes: Malcolm McDowell (Alex De Large), Patrick Magee (Mr. Alexander), Michael Bates (jefe de guardas Barnes), Warren Clarke (Dim), John Clive (actor teatral), Adrienne Corri (Mrs. Alexander), Carl Duering, Paul Farrel, Clive Francis, Michael Gover, Miriam Karlin, James Marcus, Aubrey Morris, Anthony Sharp, David Prowse… Nacionalidad y año: Reino Unido 1971. Duración y datos técnicos: 137 min. color-b/n 1.33: 1 (formato de negativo), 1.66:1 (formato de proyección).

Comentario

En esta simbólica y polémica obra clásica del cine de culto, Kubrick, con su habitual carga crítica de virulenta contundencia y hundiendo su afilado bisturí hasta las entrañas del cuerpo de una sociedad enferma de muerte como si de un cirujano se tratase, reflexiona sobre la naturaleza de la violencia inherente al ser humano, las reglas sociales, las rígidas fuerzas del orden, la hipocresía de los gobernantes, el sensacionalismo de los medios de comunicación, la disgregada institución familiar y los métodos de represión y rehabilitación mediante el instrumento de la sátira pura y dura. No es una celebración o apología de la violencia, como algunas voces interesadas han mantenido desde tiempos inmemoriales, sino todo lo contrario, puesto que se reducen los personajes y sus acciones al absurdo, al sin sentido más absoluto.

La historia se concentra en las aventuras y desventuras de un pícaro (impresionante Malcolm McDowell), el personaje principal que es víctima de la sociedad que lo envuelve. Sus acciones son atroces, de una violencia extrema, pero el tratamiento “Ludovico” al que lo someten como presunta medida correctora de la conducta criminal inventado por el gobierno resulta ser negativo a todas luces, puesto que no hace otra cosa que coartar su libertad de acción. El tratamiento restringe su capacidad de decisión: es otra forma de censura más o menos encubierta, de privación de libertad, manteniendo al sujeto en una cárcel virtual. La revolucionaria cura no le produce ningún resultado terapéutico favorable, siendo peor el remedio que la propia enfermedad.

El genio neoyorquino muestra que los métodos de castigo o represión son, incluso, más crueles y peores que los actos vandálicos. Es una crítica al Estado y a sus decisiones populistas, fundamentadas en extraer por métodos expeditivos todo aquello que no case con sus objetivos y que se aleje de la norma impuesta, no teniendo en cuenta los intereses individuales sino tan sólo la estabilidad de su sistema de gobierno cercano al totalitarismo. A Alex no lo rehabilitan, ni lo reeducan, ni lo reforman, ni lo reinsertan en la sociedad, sino que lo dejan abandonado a su suerte e indefenso dentro de un entorno vengativo que le pasa cumplida factura por sus pecados y excesos del pasado: los indiferentes e insolidarios padres que lo rechazan, los antiguos compañeros de fechorías convertidos en policías, el vagabundo apaleado, el escritor lisiado que acaba por reconocerle y obligarle al suicidio… El diabólico Alex es una consecuencia de la sociedad que le ha tocado vivir y, al mismo tiempo, es una víctima de su crueldad sin límite. Es un monstruo (creado por el entorno) que empieza siendo verdugo, pero que acaba siendo casi ejecutado.

En la parte final, recuperamos al “viejo” Alex que, por lo menos, es él mismo. Aunque sea un personaje ética y moralmente reprobable, es, en definitiva, el más “cuerdo” y consecuente de todos cuantos pueblan su mundo. Tras recuperarse en el hospital de su intento de suicidio, regresa a su agresiva personalidad del inicio porque le gusta, porque así lo siente en su interior, porque forma parte indisoluble de su naturaleza humana. No toma su decisión en virtud de ningún interés político, social o moral… Es, al fin y al cabo, el personaje más auténtico, coherente y sincero de cuantos le rodean. Irónicamente, es elevado a la condición de estrella mediática por los medios de comunicación y protegido por sus propios represores que estuvieron a punto de eliminarle.

Más de un espectador acaba la película con una sonrisa de complicidad y de simpatía hacia el protagonista, un personaje que, a pesar de sus salvajadas, siempre resulta atractivo y hasta estimable, ya que Kubrick lo caracteriza como un ser incomprendido dentro de un mundo repugnante, profundamente estúpido. Los restantes caracteres son más que odiosos, de modo que no podemos hacer otra cosa que dejarnos seducir por el malvado por antonomasia de la función.

Argumentar el conocido tópico de la violencia y la provocación aparente para intentar devaluar la película es permanecer en lo superficial y no sumergirse en el quid de la cuestión, algo que, sin ir más lejos, también ocurrió recientemente con la arriesgada El Club de la Lucha (definida por algunos sectores como “La naranja mecánica de los 90”). La obra contiene lecturas mucho más profundas que deben plantearse y que demuestran una complejidad y ambigüedad moral sin desperdicio. Que siga provocando debates a día de hoy no hace sino demostrar su grandeza e influencia en sucesivas generaciones. El director no plasma una violencia cruda, cruel y fría, sino casi cómica, fantástica y hasta socarrona: patear al escritor cantando “I’m singing in the rain…”, golpear a la mujer de los gatos con un enorme falo, vestir esos uniformes tan peculiares, acudir al extravagante “Moloko Bar”, consumir la leche concentrada a modo de droga excitante, hablar en esa extraña jerga…

A esas situaciones surrealistas habría que añadir la caracterización en términos delirantes, hilarantes y prácticamente absurdos de todos los personajes de la película salvo del antihéroe protagonista. Se erigen en una especie de monigotes grotescos de una pieza, como caricaturas excéntricas residentes en el exceso. Esta sensación cómica se ve reforzada por la estética del film, un mundo bizarro decorado con una curiosa y extraña mezcla de viejos e imaginarios elementos, conformando una atmósfera pop y rococó discutible, pero en cualquier caso fascinante. Y lo mismo cabría decir del vestuario o de las pelucas imposibles y psicotrónicas de la madre de Alex.

La música clásica de Beethoven es la guinda que completa el heterodoxo pastel, produciendo un contraste sorprendente con la ambientación futurista y una unión perfecta con las imágenes, elevándolas a una dimensión arrebatadora de poderosa belleza y energía. El director Sam Raimi expresó su punto de vista en los siguientes términos: “La experiencia más poderosa que he tenido nunca con una película fue con La naranja mecánica. Fue el primer film que vi en el que me di cuenta de que el director estaba uniendo imágenes del modo en que un compositor une notas. Cada una llevaba a la siguiente de un modo hermoso, brillante y enternecedor. La suma de las partes sumaba un todo magnífico.”

Este controvertido film, ambientado en un futuro distópico e indeterminado, pertenece al género de la ciencia-ficción, aunque también posee elementos propios de comedia negra, sátira, tragicomedia o drama psicológico, y constituye otro análisis pesimista e intemporal sobre el género humano, como es constante en la mayoría de la inmortal filmografía de Stanley Kubrick, un despiadado cronista de su entorno que siempre logró remover conciencias y reflejar el lado más oscuro y enfermizo de sus semejantes con singular maestría y precisión.

Anécdotas

* En una ocasión, Kubrick declaró que, si McDowell no hubiera estado disponible, quizá nunca hubiera hecho la película… * Antes de que Kubrick se implicase en la adaptación de la novela, ciertos repartos fueron considerados para Alex y su banda: chicas en minifalda, ancianos pensionistas… o Los Rolling Stones. * Malcolm MacDowell sufrió diversos accidentes durante el rodaje: en la escena del tratamiento Ludovico sufrió daños en los ojos; durante la paliza, tuvo roturas de costillas, y durante la escena subacuática el aparato de respiración falló y casi estuvo a punto de ahogarse… * Los fallos de raccord son intencionados -como por ejemplo, los vasos con más o menos líquido- para desorientar al espectador… * Las pinturas exhibidas en el bar de leche son las mismas que luego aparecían en El resplandor. * La inclusión de “Cantando bajo la lluvia” fue debida a que era la única canción que McDowell se sabía.

Bibliografía

Sobre el original literario:

BURGESS, Anthony: La naranja mecánica; traducción de Anibal Leal, capítulo veintiuno e introducción, Ana Quijada. Barcelona: Minotauro, 2002. Colección: Kronos. Traducción de: A Clockwork Orange.

Referente a la película:

MARZAL FELICI, José Javier: La naranja mecánica: Stanley Kubrick (1971), por José Javier Marzal Felici y Salvador Rubio Marco. Valencia : NAU Llibres; Barcelona : Octaedro, 1999. Colección: Guía para ver.

MOLINA FOIX, Vicente: La naranja mecánica: [diálogos españoles]. Madrid: [El autor], 1980.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

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6 pensamientos en ““La naranja mecánica” [Colaboración en Pasadizo]

  1. Maravillosa película. Mítico Alec violento sin razón fruto de una sociedad que se revela. Me encanta como la solución a los problemas pasa por una deshumanización aun mayor si cabe que es la ausencia de sentimientos.

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