“La última casa a la izquierda” (2009) [Colaboración en Pasadizo]

En Pasadizo.com, mi reseña de “La última casa a la izquierda” (2009): CLICK AQUÍ! 

THE LAST HOUSE ON THE LEFT (2009)

Mari y Page, dos adolescentes, caen en las garras de unos criminales despiadados tras ser atraídas por el inocente Justin, hijo del sádico Krug, el líder del grupo. Perseguidos por la justicia, no pueden dejar escapar a las dos chicas, que ya han visto sus rostros, y la situación degenerará hasta la violación, la tortura y la muerte. Después, por un caprichoso azar del destino, los malvados acabarán por buscar refugio en la casa del lago de los Collingwood, los padres de la vejada Mari, que acogen a los extraños sin conocer, aún, lo sucedido. No tardarán en descubrirlo…

Ficha Técnica

Dirección: Dennis Iliadis. Productores: Wes Craven, Sean S. Cunningham, Marianne Maddalena para Rogue Pictures, Film Afrika Worldwide, Midnight Entertainment. Guión: Adam Alleca, Carl Ellsworth, según el guión de Wes Craven. Fotografía: Sharone Meir. Música: John Murphy. Montaje: Peter McNulty. Efectos especiales: Jamison Scout Goei. Intérpretes: Garret Dillahunt (Krug), Michael Bowen (Morton), Joshua Cox (Giles), Riki Lindhome (Sadie), Aaron Paul (Francis), Sara Paxton (Mari Collingwood), Monica Potter (Emma Collingwood), Tony Goldwin (John Collingwood), Martha MacIsaac (Paige), Spencer Treat Clark (Justin)…. Nacionalidad y año: Estados Unidos 2009. Duración y datos técnicos: 110/114 min. color.

Comentario

Hay quien considera que rehacer una película de culto como La última casa a la izquierda (The Last House on the Left, 1972), una obra tan esclava de su tiempo, carece de sentido e interés en la actualidad por considerar que el efecto primigenio es casi irrepetible. Fuera del agitado contexto de su época, el rabioso periodo de finales de los sesenta y principios de los setenta, este descenso a los infiernos cimentado en la violencia, la crueldad y la venganza, que a su vez seguía el perverso esquema de la magistral El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1960, Ingmar Bergman), corría el riesgo, según algunos, de perder su potencial aterrador en clave camp, su capacidad de impacto en las audiencias menos curtidas, al estar despojada, en el remake, de las circunstancias y condiciones en las que fue rodada la original habida cuenta no sólo de lo intrínsecamente cinematográfico, sino también de la situación política y social de la América convulsa de aquel momento. No en vano, al parecer sus máximos responsables, Wes Craven, como realizador debutante, y Sean S. Cunningham, en el cargo de productor, pretendieron crear un filme atrevido y contestatario en contraposición al cine de Hollywood y aprovechando influyentes factores externos como el desencanto de una sociedad sacudida por la Guerra de Vietnam, las vicisitudes del movimiento hippie o el crimen perpetrado por Charles Manson.

En realidad, para el abajo firmante, a favor de la cinta de 1972 se puede argumentar que su (irritante) tosquedad era, curiosamente, beneficiosa para dotar de un realismo amateur, espontáneo, bruto, a lo que allí acontecía. Si bien las interpretaciones de los actores se antojaban, en el mejor de los casos, mediocres, y las acciones y reacciones de los personajes ciertamente demenciales, lo que generaba algo delirante e incluso inverosímil, se daba la circunstancia de que su muy imperfecta plasmación visual y los escasísimos medios de producción contribuían a contagiar al espectador una sensación de desconcierto, de filmación no profesional, de sordidez y suciedad desquiciantes. Todo ello, junto al contexto de la época y a su violenta sinrazón (vista hoy, excesivamente mitificada y menos turbadora de lo que su fama promulga), dio como resultado que el producto fuera situado, en algunos círculos, al nivel de un clásico de inexcusable referencia a pesar de su deficiente acabado y su chirriante voluntad de epatar.

Ahora, Dennis Iliadis, en su remake producido por las mismas cabezas visibles de la original, Craven y Cunningham, actualiza el material incorporando determinadas variaciones que otorgan mayor solidez y plausibilidad al relato, limando aristas y dotando al conjunto de una entidad más convincente y de una progresión dramática mejor hilvanada y lograda en ritmo y densidad. También en cuestiones de puesta en escena se produce un gran salto cualitativo al apostar por una oscuridad atmosférica que casi todo lo envuelve y manejar con destreza los puntos de vista y los espacios, la dosificación de los instantes más furiosos y la cadencia en la administración del suspense que desemboca en lo atroz. Más allá de que los medios técnicos actuales le permitan elaborar una factura formal correctísima, parece evidente que el conocimiento del lenguaje cinematográfico de Iliadis supera, en mucho, al que poseía el, por entonces, iniciático Craven.

Cabe reconocer que la nueva película se decanta, en cierta medida, por el llamado torture porn, signo de los tiempos que corren en buena parte del cine de terror actual, que tiende a lo explícito, es decir, a la exhibición gráfica, ruidosa y esteticista del horror aliñado con elementos sexuales. Pero, por fortuna, aquí se elude la tentación moderna y demasiado frecuente de encadenar una simple retahíla de meros golpes de efecto propulsados sin ton ni son, puesto que existe una lógica interna que sirve de soporte y espacia con sorprendente calma la barbarie, además de tener la habilidad de construir instantes emotivos (véase la desesperada huida a nado).

Esta versión, pues, reexplora con contundencia, turbiedad moral y sin ápice de sentido del humor la pesadillesca vorágine de abusos, vejaciones y torturas por la que han de pasar unas chicas a manos de unos villanos de gran peligrosidad, cuya maldad se encuentra sublimada ya desde la inesperada y bestial escena en la que irrumpen los secuaces del líder. Estos delincuentes sin escrúpulos encabezados por el temible Krug merecen todo nuestro rechazo, lo que nos coloca, por lo tanto, en una postura de odio hacia esos personajes desalmados, y es en la segunda mitad de metraje, que contiene el ajuste de cuentas de los Collingwood como consecuencia de sus ansias de venganza y la necesidad de ejercer una autodefensa pasando al ataque, cuando sentimos una liberación y sentimos que la justicia se ha cumplido, concibiendo la salvaje ejecución como la solución inevitable. En tal brete y en el rol de público que observa los acontecimientos, aplaudimos, en definitiva, el ojo por ojo.

Tal vez Iliadis recurre a lo obvio en el sentido de que define a los personajes de un modo maniqueo con el fin de provocar el choque entre clases y el dilema de cómo proceder ante el conflicto. La protagonista, así, está caracterizada como una joven limpia, atlética, pura, angelical, de fina figura, mientras que los malvados, por su parte, son escoria, gente enfermiza, demonios terrenales. El mal mancilla al bien de tal modo que el contraste se hace evidente y deriva en un enfrentamiento saldado con una catarsis liberadora (para los “buenos” de ficción y para el espectador) tan previsible, dado que ya conocíamos la historia, como, en el fondo, eficaz por su componente visceral.

Si incidimos algo más en la cuestión, hemos de citar, estemos o no de acuerdo, la intención del director griego, que en declaraciones asegura que su película conduce a que nos cuestionemos que no todo es blanco o negro, que incluso los personajes civilizados incurren en la violencia en límites extremos, lo que denota que este “virus” corre, en realidad, por la sangre de todos. Nadie parece estar exento: así es la naturaleza humana. Y es entonces cuando la línea que separa a los unos de los otros se difumina, dado que entra en juego la supervivencia como catalizadora de la emisión de nuestros instintos primitivos. Porque yendo más lejos, se puede pensar que la animalización experimentada por los padres de la víctima se ve empeorada por un factor únicamente humano: el sadismo, la sed de infligir un daño, un castigo, que en verdad duela al enemigo para satisfacer nuestros impulsos.

Pero dejándonos de lecturas éticas, morales, patológicas o sociales más o menos discutibles, estamos ante una película sombría, incómoda, vigorosa y, en ocasiones, hasta enervante, al alcanzar un grado tortuoso en pasajes como el de la dilatada violación rodada en fragmentos que sugieren una prolongada agonía. De hecho, hay que reconocer que, con independencia de la validez o no de sus instrumentos, crea tensión y perturbación, virtudes que no se han de despreciar.

Y que la innecesaria y burda escena final, casi a modo de epílogo, dé la impresión de ser un postizo, una concesión de cara a la galería, un retal añadido muy mal enlazado e integrado en la narración, no estropea las fortalezas de un filme, como mínimo, estimable que dignifica el derecho a rehacer horrores setenteros y ochenteros siempre y cuando se cubran unos mínimos de calidad.

Anécdotas

* Título en Venezuela: La venganza de la casa del lago. * Ganadora del premio al mejor director en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Bruselas, en 2009. * Se dice que el estudio consideró al menos a ¡cien! directores, antes de decidirse por Dennis Iliadis. * El co-productor Jonathan Craven, hijo de Wes, aparecía en la película original: es el niño con el balón. * Parece ser que la película se rodó con destino a estrenarla directamente en dvd en octubre de 2009, pero tras pases de prueba con gran éxito a finales de 2008 optaron por estrenarla en cines.

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea, Alicante. España)

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4 pensamientos en ““La última casa a la izquierda” (2009) [Colaboración en Pasadizo]

  1. Buenas.

    Solo mencionar que todo lo que comentas al principio del post sobre la peli de Craven, sería extrapolable a un prólogo para hablar de “La Matanza de Texas”; es curioso como el cine de terror puede ser tan cómplice de circunstancias socio-políticas.

  2. Me gustó, me gustó. Hubo momentos que me parecieron un poco ridículos, como el final que citas, o la “batalla final” entre el malo-malote y el padre, pero en general me dejó buen sabor de boca, si es que eso es algo que se pueda decir con este tipo de cine xD.

    Buena reseña, as always.

    Un saludo.

  3. Creo que nunca había coincidido tanto en tu apreciación de una película como ahora con esta reseña, especialmente en lo que se refiere a la original de Craven, que a luz de hoy se hace evidente su excesiva mitificación. Siempre he sostenido que esa película en particular es más importante como fenómeno que como “película” en sí, sobre todo por ese desastre formal del que hablas y ese espíritu amateur que llega a rayar el novamás del cutrerío.

    (elementos, por cierto y aprovechando el comentario de más arriba, no son por cierto extensibles a “La matanza de Texas”, que sigue teniendo su fuerza incluso hoy)

    Ahora, esta nueva versión pienso que ha llegado de todas formas un poco tarde, perdiéndose en esa avalancha de películas similares que parece caer sobre nosotros una y otra vez en los últimos años. ¿No te parece? ¿O aún así se le podría dar una oportunidad?

    Muchos saludos!

  4. La cinta de Craven está totalmente condicionada por su época. Eso es algo que se aprecia al verla hoy y que parece quitarle un valor que en su momento ganó. A mi me molestan especialmente las canciones de “joven adolescente en pleno proceso de cambio” que irrumpen sin avisar durante momentos claves de la cinta, y esa historia de los policias que nunca llegan a tiempo y que parece salida de la peor comedia. Rompen con el climax.
    Por eso cobra más sentido este remake, que es muy digno y recomendable y que sabe actualizar lo que estaba obsoleto de la original. (Por ejemplo, es todo un acierto que cambie el destino de la protagonista).

    Saludos Max!

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