“Déjame entrar” [Colaboración en Pasadizo]

En Pasadizo.com, mi reseña de Déjame entrar: CLICK!

DÉJAME ENTRAR (LÅT DEN RÄTTE KOMMA IN)

Oskar, un niño solitario y de apariencia tranquila que sufre abusos por parte de sus compañeros y cuyos padres parecen ausentes, colecciona siniestros recortes de periódicos y posee un arma blanca que nunca se atreve a usar. En su vida aparece repentinamente una extraña niña de su misma edad, Eli, que se ha mudado al mismo bloque de viviendas. Entre ambos pronto surgirá una relación tan difícil como, en el fondo, irrompible que se verá salpicada de víctimas colaterales.

Ficha Técnica

Dirección: Tomas Alfredson. Productores: Carl Molinder, John Nordling. Guión: John Ajvide Lindqvist, sobre su propia novela de título homónimo. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Johan Söderqvist. Montaje: Tomas Alfredson, Dino Jonsäter. Efectos especiales: Jens Martensson, Kalle Schröder. Intérpretes: Kare Hedebrant (Oskar), Lina Leandersson (Eli), Per Ragnar (Hakan), Henrik Dahl (Eric), Karin Bergquist (Ivonne), Peter Carlberg (Lacke), Ika Nord (Virginia), Mikael Rahm (Jocke), Karl Robert Lindgren (Gösta)… Nacionalidad y año: Suecia 2008. Duración y datos técnicos: 115 min. color 2.35:1.

Comentario

En el cine de terror de los últimos tiempos, se antoja especialmente valiosa (y valiente) la apuesta por el tono minimalista, la sugerencia, el fuera de campo, la elipsis, la parquedad, la audacia visual en modo de juego de simbolismos formales, la ocultación con visos a ir edificando un conjunto que se revele con majestuosidad… Acostumbrados a un género proclive, en muchas ocasiones, al golpe de efecto, al exceso, al subrayado, al abuso de lo explícito, a la exhibición impúdica, resulta grato encontrarse con propuestas que creen en la fórmula del menos es más, aplicándola con mano firme y mediante una plena convicción en sus posibilidades. No se trata, pues, de asaltar al espectador a través de lo obvio o de lo enteramente visible, sino de desgranar con cuentagotas y de forma esquinada detalles que componen un todo y que van perfilando un universo regido por el silencio, la contención, la soledad, la frialdad… En lugar de una sobre-explicación o de una ostentación innecesaria, se invoca al espectador, en definitiva, para que interprete, para que extraiga una lectura de lo visto sin necesidad de ofrecerle un ejercicio del todo evidente que presente el material ya masticado y regurgitado.

Tomando como base la novela homónima de John Ajvide Lindqvist, Déjame entrar contiene numerosas ramificaciones temáticas en su relato: acoso escolar, rabia reprimida, soledad, miedo, incomprensión, necesidad de afecto, ausencia de los progenitores, disfunción familiar, desprotección, incomunicación, venganza, amor eterno, fin de la inocencia, fascinación por lo siniestro, fragilidad de los sistemas de seguridad, sacrificio, autoexilio y, en suma, muchos más focos de atención susceptibles de ser citados. Así, la aparente sencillez de la propuesta, fruto de su transcurso en voz baja que sólo se rompe por puntuales alaridos, engloba, en verdad, una multitud de cuestiones que se dirimen en un universo gélido, impoluto, aislado, en cuyo seno bullen pasiones y violencias soterradas que, tarde o temprano, estallan con fuerza. Desde lo íntimo, desde una mirada a pequeña escala que se enfoca a los márgenes, la película se expande y, a partir de los códigos del fantástico, nos somete a un escrutinio: la naturaleza humana, percutida por la monstruosidad, es objeto de estudio.

Ya los primeros minutos sintetizan y anticipan de manera ejemplar las líneas maestras que luego desarrollará la película. En el arranque está todo. A saber: Nieva. Vemos el reflejo en una ventana de un chico rubio y blanquecino. Se acerca un taxi. En el interior del vehículo, un hombre mayor, de rostro lleno de surcos, ladea la cabeza y sonríe a una niña que está a su lado. Ella no le devuelve la mirada. Volvemos al chico, que está en casa, y apoya su mano en el cristal de la ventana, adelantando su intención de comunicarse y la conexión futura con alguien que se aproxima. El taxi llega a su destino. Baja una niña y se introduce en el edificio. El chico la observa por una ventana, con curiosidad, y acto seguido blande un arma blanca, pronunciando una frase amenazante sin destinatario físico. Sólo está fantaseando. A continuación, el hombre mayor, que ya se ha hecho cargo del equipaje, tapa con cartón las ventanas de la vivienda que comparte con la niña. Este párrafo resume a la perfección la condición de los personajes: un niño sólo visto a través de un cristal y mediante una imagen borrosa, signo de su carácter algo fantasmagórico, aislado y cerrado en sí mismo; un hombre que se ocupa y preocupa, que carga las maletas y previene que la luz del sol invada la vivienda; y una niña misteriosa mostrada sólo en fragmentos.

Uno tiende a pensar que la nacionalidad sueca de la película ha sido un factor fundamental para concebir Déjame entrar según lo anteriormente expuesto: como un cuento macabro, romántico, intimista y de implicaciones terribles, que, aún así, no necesita de aspavientos ni de grandes algarabías para golpear, puesto que su poder se mantiene agazapado, oculto, listo para salir propulsado ante nuestras narices con ferocidad. Un silencio, un sutil sonido o un pequeño gesto son suficientes para comunicar algo; una gota de sangre, una ventana tapada o un gato en estado de alerta, también. Tan gélido es el ambiente en el que se desarrolla la película como sobria y precisa es la plasmación de una puesta en escena ajustadísima a las necesidades narrativas. La gramática visual de Tomas Alfredson luce una elegancia y una exquisitez que sólo pueden ser calificadas como maravillosas. Con qué aplomo avanza, con qué exactitud plasma la historia y la contagia de una atmósfera glacial y según un soporte de realismo social. Y yendo más lejos, tampoco cabe desdeñar la definición de unos personajes interesantísimos que vagan, solos, en un entorno que promete cerrazón (paredes, puertas y ventanas como elementos divisores de espacios físicos y vitales de difícil acceso) a pesar de los paisajes abiertos.

Resulta conmovedora y compleja la relación de ese niño que es objeto de burlas y abusos por parte de sus compañeros y esa extraña e inquietante niña que un buen día aparece y se convierte en la vecinita de al lado. A su alrededor, todo es desapacible y la sensación es de desamparo. Pero existe una unión entre ellos inquebrantable, que quema. Ambos tienen, en teoría, la misma edad, aunque ella hace mucho que continúa en los doce años. Él colecciona recortes de periódicos concernientes a brutales sucesos e imagina, hundiendo su arma en la corteza de un árbol, la posibilidad de herir con sadismo a los que le importunan. Una bestia parece estar agazapada en su interior a la que sólo hay que desatar. Es posible que Oskar, que entra en proceso de madurez y de auto-asimilación de sus rasgos primitivos, y Eli, animalizada cuando entra en liza su sed de sangre, sean las dos caras de una misma moneda, es decir, dos seres capaces de amar y matar. Y como parte accesoria, los adultos prácticamente son un telón de fondo, un elemento secundario, casi un “objeto” más del decorado. Reducidos a jugar el papel de meras comparsas, sólo refuerzan la sensación de que la pareja protagonista no puede apoyarse en ellos.

El tratamiento del vampirismo aquí expuesto se ha de considerar respetuoso, ya que, sin pervertir los cánones tradicionales del mito, explora la vertiente trágica y maldita del mismo sobre parámetros emocionales muy creíbles, a lo que contribuye de manera decisiva la primorosa interpretación de los dos actores principales y la medida dirección de Tomas Alfredson, un realizador siempre alejado del cine de terror que, ajeno a los tics habituales de muchos otros, acierta a la hora de hacer uso de la cotidianidad y la normalidad para otorgar mayor empaque a esta fantasía que combina liberaciones, tristezas y amores suicidas y condenatorios.

Cabe señalar, al menos, una escena como candidata mayor para lucir el sello del recuerdo permanente: el clímax, localizado en la piscina, de modélica y atípica resolución, exprime el fuera de campo como pocas veces hayamos visto, componiendo una culminación de la catarsis que quita el aliento. Y el final, tan abierto como coherente, tan romántico como evocador, supone un colofón idóneo, pues ya nos permite imaginar cómo continuarán las vidas de estos amantes.

No creo muy aventurado afirmar que la película, premiada y alabada con merecimiento en multitud de citas internacionales, puede ser, fácilmente, uno de los máximos referentes del género fantástico del nuevo siglo y, desde luego, no hay duda de que se ha erigido en la rutilante última sensación del cine europeo.

Anécdotas

* El título de la novela y, por consiguiente, de la película se inspiró en una canción de Morrissey, “Let the Right One Slip In”. Por otro lado, es alusión al mito vampírico de que el ser de las tinieblas ha de ser invitado a entrar en una casa por poder acceder a ella. *Ha sido aclamada y premiada en numerosos festivales y citas cinematográficas. Algunos de los premios más destacados que ha recibido son: mejor película extranjera nombrada por las Asociaciones de Críticos de Chicago, Toronto, Washington o Boston; premio del público de la XIX Semana de Cine de Terror de San Sebastián; Méliès de Oro en el XLI Festival de Cine Fantástico de Sitges; mejor película europea/norteamericana/sudamericana en el Fant-Asia Film Festival; etc… * Ya se está planeando el pertinente remake americano, a estrenar en 2010.

Bibliografía

LINDQVIST, John Ajvide: Déjame entrar; traducción de Gema Pecharromán. Madrid: Espasa-Calpe, 2008. Traducción de: Låt den rätte komma in (2004).

Por Manel Lledó Bertomeu (Altea. Alicante. España)

7 pensamientos en ““Déjame entrar” [Colaboración en Pasadizo]

  1. LET THE RIGHT ONE IN es indudablemente una de aquellas obras que simplemente te quitan el aliento, y en los momentos finales cuando la pantalla se va a negro y comienzan a salir los creditos, aun no puedes quitar los ojos de la imagen. Y es que son pocas peliculas las que han podido evocar en mi tal nivel de fascinacion y fanatismo.
    Comparto, entonce, tus palabras…por ello me despido.

  2. Excelente comentario, de veras. La indefinición de los adultos (Cuyos rostros apenas figuran en pantalla, a excepción del acompañante de Eli, que es más bien un ex-niño, o una sombra del niño que fue) es muy interesante. ¿No crees que en el final hay cierta circularidad?. El amor prófugo entre Oskar y Eli es tanto más romántico en cuanto es posible intuir el destino de este.
    Me ha interesado mucho tu enfoque de Eli y Oskar como haz y envés de una misma hoja.

    Por cierto, ¿te parece si nos enlazamos mutuamente?. Yo ya te voy enlazando… . Un saludo, nos seguiremos viendo por aquí.

  3. Espectacular. La vi en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires del año pasado y espero ansioso su estreno comercial o su edición en DVD porque quedé maravillado. La mejor película de vampiros que he visto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s