Seguimos en la carretera

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El experto Javier Aguirresarobe (El sol del membrillo, La madre muerta, Días contados, Tierra, El milagro de P. Tinto, Los Otros, Hable con ella, Mar adentro, etc… ) se hará cargo de la fotografía en la adaptación de la novela al cine. Su incorporación al proyecto, junto al australiano John Hillcoat (director de ese atípico y excelente western atmosférico titulado The Proposition) y Viggo Mortensen como protagonista, es algo que promete. Todo un desafío, en definitiva, el que va a afrontar este director de fotografía vasco a la hora de reflejar el desolador mundo de Cormac McCarthy.

En EL PAÍS (28/12/07):

JUAN CRUZ 

Javier Aguirresarobe, uno de los directores de fotografía más importantes del mundo, hablaba en México hace un mes con la novelista Ángeles Mastretta y alguien terció en la conversación para decirle: “¿Y no harías la fotografía de La carretera, de Cormac McCarthy, si se hace la película?”. “¡Se va a hacer!”, dijo con alborozo el fotógrafo. Y luego juntó las manos, como en una plegaria: “Y ojalá haga yo la fotografía. Sería para mí cumplir un sueño”.

Aguirresarobe acaba de recibir la confirmación: entre todos los que, como él, soñaron con ponerle luz a La carretera él ha sido el escogido; el 2 de enero estará en Los Ángeles y al mes siguiente se pondrá a ver cómo convierte en imágenes ese escenario de devastación que proporciona al cine la última novela de Cormac McCarthy, un escritor poderoso y extraño, de la estirpe de Juan Rulfo o de Juan Carlos Onetti, un hombre que no ha querido saber, por otra parte, de la luminaria de la literatura, como sus compatriotas Salinger y Pynchon.

La película la va a hacer John Hillcoat, un australiano que hasta ahora ha dirigido un único largometraje, The proposition (según un guión de su paisano el cantante Nick Cave); Hillcoat había visto Los otros, de Alejandro Amenábar, en la que la también australiana Nicole Kidman hacía el papel protagonista, y Mar adentro, del propio Amenábar, y algunas de las películas que Aguirresarobe ha hecho con Pedro Almodóvar.

“Se ve que le gustó la luz de Los otros; y luego hemos hablado mucho, de cómo veía él la luz de La carretera, de cómo la veo yo”. Y entre Roger Dickins (un director de fotografía que ahora competirá para los Oscar con su trabajo en la última película de los hermanos Coen, No es país para viejos, sobre un texto de Cormac McCarthy, precisamente) y Aguirresarobe, el fotógrafo de Eibar se llevó el encargo.

A ese escenario de devastación somete Aguirresarobe ahora su larga experiencia. Primero recibió el guión, en aquella reunión de México supo que la novela se había publicado en español, “y me puse a leerla frenéticamente”. Cuando la leyó en imágenes y cuando la leyó en palabras, “me pareció siempre un reto singular, acaso el más duro que puede recibir un director de fotografía”, porque el paisaje que propone la novela es el de la devastación absoluta, “y la devastación absoluta requiere el color del desastre”.

La carretera tiene dos protagonistas, un padre -que encarnará Viggo Mortensen- y un hijo, que cruzan un territorio que ha sufrido un gran desastre; aparentemente están en Estados Unidos y se dirigen hacia la costa, pero el novelista da tan pocas claves como las que existen sobre su propia vida. La rodarán, primero, en el norte de Estados Unidos, en Oregón y Pensilvania, “para acercarnos a los paisajes que propone el novelista”.

Había dos maneras de abordar “el color del desastre”, utilizando la línea digital, que lleva a falsear los fondos, “o creando los escenarios oscuros, dramáticos, en los que se desarrolla la novela, y con toda crudeza optaremos por esta segunda opción”. “Yo soy de la vieja escuela”, dice Aguirresarobe, “aunque haya un sol de muerte buscaré un mundo de grises, de ceniza, quemaremos gasolina, construiremos una nueva realidad hasta que el espectador pueda ver el color del desastre”.

Es lo que quiere Hillcoat, y es lo que él hará; “sobre todo, el director quiere continuidad, coherencia, que del primer al último plano seamos fieles al espíritu de La carretera”. Será una película pequeña, independiente, “íntima”, en la que el espectador “vea que lo que siempre creyó que era de una manera el desastre lo convierte en otra cosa; que el mar que siempre fue azul sea gris, que el desastre se presente como una ficción próxima, la que acaso se dé al fin de este proceso de cambio climático que estamos viviendo”.

Del amor al desastre. En México, Aguirresarobe trabajaba con el director Roberto Sneider en la película Arráncame la vida, basada en la novela de Ángeles Mastretta. Allí le llegó el guión que ahora le meterá en la luz de los desastres.

Y según el suplemento Babelia de EL PAÍS, La carretera es uno de los libros del año:

JAVIER APARICIO MATE 

Pynchon, DeLillo, Roth y Cormac McCarthy: cuatro grandes narradores de la literatura norteamericana contemporánea con universo propio y gigantesco, cuatro jinetes del Apocalipsis, y McCarthy en sentido literal porque sus ficciones, desde Hijo de Dios (1974), afrontan los límites de la condición humana, dibujan infiernos de la vida real y proyectan una sombra trágica de lucha a muerte contra el destino y el mal que en Meridiano de sangre (1985), su obra maestra, alcanza dimensiones insospechadas. Su obra es en verdad apocalíptica, sobrecogedora, épica como la de sus maestros Melville y Faulkner, y la prosa que la sustenta, siempre tensa y afilada como un cuchillo, de frases con ecos bíblicos y gélidos diálogos breves y elípticos como los que concibió Hemingway, avanza como un cielo borrascoso. Está muy lejos el tiempo en que demasiados críticos desidiosos no vieron en su obra sino literatura de género, o bien westerns de segunda generación o bien contribuciones a la mítica narrativa sureña de Flannery O’Connor y otros prosistas góticos. Meridiano de sangre fue la prueba definitiva de que el talento de McCarthy está por encima de consideraciones genéricas, y Todos los hermosos caballos (1992) le entregó en bandeja de plata la fama, la popularidad y el dinero ganado a pulso frase a frase. Ahora, con La carretera (Premio Pulitzer 2007 y nuevo espaldarazo a su candidatura al Nobel), nos entrega otra obra espléndida, de estirpe faulkneriana -vienen a la memoria algunos pasajes del viaje ahogado en emociones, miedos y soledad emocional que emprenden los Bundren en Mientras agonizo- y una reiterada obsesión por los límites emocionales y las condiciones infernales, aquí impuestas por una suerte de holocausto que ha convertido las tierras americanas en un páramo baldío e inhóspito. El viaje de un padre y un hijo supervivientes a un Sur que es símbolo de la infancia y de un paraíso que no fue soñado, entre bandas de malignos y desolación, preguntándose por nuestra animalidad y por el futuro de nuestro mundo, atenazan al lector como pocos textos son capaces de hacerlo. McCarthy plantea una vez más la lucha del hombre solo ante el peligro en un medio hostil que nos recuerda que el hombre no es sino un lobo para el hombre.

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