“Meridiano de sangre”, de Cormac McCarthy

 

Escribir sobre una obra de la entidad de Meridiano de sangre no es precisamente fácil. La abrumadora narración de McCarthy, prolija en densas descripciones de la perturbadora atmósfera que envuelve este descenso a los infiernos fronterizos, hace surgir emociones difíciles de reproducir. La novela pertenece al privilegiado grupo de obras mayúsculas que, más que hablar sobre ellas, se distinguen por ser experimentadas por cada lector de una manera muy particular. Hay que leerla, sí, para hacerse una idea de lo que puede uno encontrarse en sus páginas.

El asfixiante recorrido que propone el escritor por un mundo desolador hasta lo imposible y habitado por personajes reducidos a los instintos primarios (animales y, en definitiva, humanos) no es un ejercicio efectista, vacuo ni gratuito. Mediante un estilo recargado y rico que podría indigestarse, preñado de largas frases significadas por el preciosismo y una grandilocuencia épica y barroca, nos transporta a un infierno metafórico que encierra almas pecadoras en permanente enfrentamiento. La violencia y la podredumbre física y moral, siempre presentes en la narración, definen el contenido salvaje de este retrato apocalíptico de las miserias humanas y de la hostilidad de la naturaleza, aquí presentada como un paisaje enfermizo.

El Grupo Salvaje de cadáveres ultraviolentos y descarnados, vestidos con extravagantes harapos y armados, dirigidos a la caza de los indios, se advierte como un pseudo-ejército de renegados. Como una plaga bíblica que aniquila todo a su paso, Glanton y los suyos son los hijos de un tiempo y un lugar aterradores.    

Es de valorar el hecho de que McCarthy sea capaz de sumergir al lector en un universo nauseabundo, y que extraiga del durísimo dibujo que propone un efecto fascinante. Hay algo conmovedor en el viaje del chaval que, atrapado en una rueda de tragedias sin fin (desde el mismo comienzo -brutal- de la novela), sobrevive a duras penas, en el mismo ojo del huracán y bajo la mirada del juez Holden, ese personaje enigmático que parece controlarlo todo desde una posición sobrenatural e inmisericorde. Ese gurú enorme, albino, sin pelo, ilustrado, omnipotente, bailarín, despiadado y bélico encarna a una presencia que domina el relato desde las alturas como un demiurgo que maneja los hilos y conoce e impulsa el inevitable destino autodestructivo de los hombres.

Los personajes, en los que no se profundiza, aparecen como meros títeres que jamás podrán escapar de la fatalidad. Lo que más importa es el escenario, el campo de acción, como pozo de perdición. No hay salida posible. 

Bailemos.

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2 pensamientos en ““Meridiano de sangre”, de Cormac McCarthy

  1. De nada, Plissken. Oye, pues no estaba yo enterado de la adaptación. ¿Ridley Scott? No sé, no me merece mucho crédito en los últimos tiempos, aunque reconozco su capacidad visual.

    La novela es tremendamente difícil de adaptar en muchos sentidos. Lo va a tener complicado de verdad.

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