“The Tall Man”, de Pascal Laugier

Tras la polémica (y muy discutible) Martyrs, otra muesca del nuevo terror francés (o Nouvelle Horreur Vague, como dirían los ocurrentes), Pascal Laugier regresa con esta coproducción franco-americana-canadiense protagonizada por Jessica Biel. Ambienta su historia en el aislado y decadente pueblo de Cold Rock, donde cada cierto tiempo los niños desaparecen sin explicación. Según los lugareños, aquel que se los lleva es una temible figura de la tradición oral o del folkore local, The Tall Man, que vendría a ser una especie de Hombre del Saco. Biel, por su parte, interpreta a una enfermera que auxilia a quien lo necesita, y una noche sufrirá un ataque en su casa que supondrá un punto de inflexión absoluto…

Aunque resulta más suave y menos radical que Martyrs, Laugier sigue en la línea de cambiarle la piel al relato durante el transcurso de la narración, dando un giro inesperado que vuelca las expectativas generadas y metiéndose por el camino del sufrimiento y el sacrificio femeninos. Está claro que el giro gustará o no, que decepcionará o encantará, pero hay que reconocer al director y guionista francés su interés por arriesgar y por quebrar la idea inicial que el público encuentra en sus historias, cambiando de tercio y convirtiendo sus películas en algo muy distinto de lo que a priori pensamos.

El problema mayor de The Tall Man, para mí, es la suspensión de la incredulidad que exige al espectador. En su afán por ocultar, engañar y resultar ambiguo, Laugier tensa la cuerda hasta lo imposible y fuerza un “todo vale” cogidísimo por los pelos, desafiando la lógica interna de la película a través de un encadenado de situaciones que parecen provocadas para causar un efecto muy concreto, como la aparición casual de determinados personajes en momentos precisos, la increíble resistencia física de la protagonista o preguntas no contestadas (literalmente) que sirven para contribuir a la ceremonia de la confusión.

En todo caso, me ha parecido estimable, bien punteada por algunas secuencias de lograda atmósfera siniestra y poseedora de un poso amargo final que está en sintonía con la incomodidad mediante la que el francés enfoca su visión del terror. Aquí, la infancia y su caldo de cultivo se sitúan directamente en el disparadero.

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