“Livide”, de Maury y Bustillo

La búsqueda de un supuesto tesoro por parte de tres atrevidos jóvenes, decididos a irrumpir en propiedad ajena, a introducirse en la boca del lobo.

Una mansión tétrica, decadente y aislada, escenario en el que todo puede suceder.

Una anciana cadavérica y repulsiva postrada en cama y con respiración asistida como moradora de la inquietante vivienda.

Una truculenta historia del pasado en torno a una estricta profesora de ballet y sus alumnas.

Y sangre. A borbotones.

Julien Maury y Alexandre Bustillo, tras el pepinazo que supuso su debut con À l’intérieur (2007) y después de haber dado muchas vueltas en relación a proyectos truncados fuera de Francia, se superan a sí mismos ofreciendo una película que es una suma de diversos referentes: el terror gótico, el giallo, la ghost story, el slasher, la Hammer, el fantástico atmosférico, etc… Porque Livide (2011) parece ser una antología reconocible del cine que adoran estos dos amantes del género, de manera que en sus (poderosas) imágenes se nota una pasión a la hora de unir en una misma cinta diversos elementos cuya combinación es tan desconcertante como estimulante.

La composición turbadora, sucia, desordenada, caótica, del escenario de la mansión denota una EXCEPCIONAL dirección artística. Este lugar oscuro y silencioso progresa hacia terrenos alucinógenos, casi incomprensibles, con una eficacia pasmosa, haciéndonos tragar con lo que se les antoja. De igual modo, el ambiente crece en densidad, en tensión. También lo sugerido se va materializando en algo explícito, en una violencia insospechada. Y la historia se acaba yendo por derroteros que, sobre todo al final, pueden ser discutibles al dejar una sensación de cierta vaguedad argumental.

Por todo ello, a mí me ha parecido realmente interesante y bastante extraña. Puede que no resulte tan visceral e impactante como su película anterior (que no me entusiasma), pero creo que aquí los dos gabachitos terribles son más ambiciosos y manejan con gran habilidad el reciclaje de elementos clásicos para otorgarles un sentido estético muy atractivo, además de retorcerlos hasta que estallan en rojo oscuro (je).

Tal vez el final sea lo que más chirríe, pues podría haber terminado antes y nos hubiéramos ahorrado cierta imagen cercana al asombro-mosqueo que provocará muchas caras raras y bufidos. Aún así, se agradece el arrojo de un trabajo que reúne un buen número de planos de enorme belleza y que fusionan lo sórdido con el puro goce estético, la fisicidad sucia con una macabra poesía.

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