“Grupo salvaje”, de Sam Peckinpah

En las últimas semanas ha caído otra ilustre revisión: Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969).

De nuevo: COLOSAL. O lo que es lo mismo: el placer de redescubrir grandes cimas de la historia del cine.

Definitivamente, esta película y Pat Garret & Billy the Kid (1973) me parecen las cumbres de un Peckinpah desatado, con las entrañas abiertas, dando lo mejor de sí mismo en su periodo de madurez total. El Wild Bunch peckinpahiano es un viaje épico y sucio, sangriento y honorable, hacia la muerte. No queda títere con cabeza en manos de este maestro del crepúsculo, un gigante capaz de hablar de la condición humana mostrando a unos niños que disfrutan torturando a unos escorpiones (no puede ser casual) antes y después de la masacre (emparentando la infancia con la violencia ejercida por los mayores) o cachondeándose abiertamente de ese predicador y sus seguidores (la Unión Antialcohólica), a quienes acribilla sin piedad como muñecos de pim-pam-pum de un tiroteo inicial que asemeja un campo de batalla. Una mirada muy perversa, sin trapos calientes. Porque los dardos van en todas direcciones (esa ridiculización del ejército, esos mexicanos belicosos, esas mujeres accesorias u odiosas, ese repugnante representante del ferrocarril, esa miseria generalizada de ambientes, etc…), si bien queda patente una simpatía muy especial por los tipos malditos, aquellos que viven en los márgenes.

Vista ahora, la película ostenta una modernidad total por sus temas imperecederos y por su factura poderosísima. Desde el tratamiento de la violencia, tan crudo como esteticista (a su modo), hasta el aliento trágico del antihéroe, dotado de un código de honor y de una capacidad de sacrificio fuera de lo común. Siempre me han fascinado estos personajes que viven bordeando el precipicio y que son fieles a sus principios (cuestionables o no) hasta el fin de sus días. El fatalismo impregna sus vidas porque siempre han estado cerca de él. Conmueve el catártico final de Pike y los suyos (hoy continúa IMPRESIONANDO) tanto como el de Billy the Kid: hay una épica peckinpahiana genuina, única, imposible de recrear.

Me parece que en Grupo salvaje está lo mejor de su director. Una obra ambiciosa, enérgica, amarga, sublime e inagotable por mucho que se revise. Y de una belleza arrebatadora: cómo extraer lo bello de un acto de suicidio entre balas, polvo y sangre. Una película inmortal.

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