“El último buen beso”, de James Crumley

“El último buen beso”, de James Crumley. Edición de RBA en su Serie Negra.

Reproduzco a continuación dos fragmentos de esta sensacional novela negra como ejemplo de por dónde van los tiros:

Mientras colocaba la tapa del delco en su sitio y trasladaba los bártulos a su descapotable, Trahearne trató de sacar amablemente a Fireball, malhumorado y resacoso, del asiento trasero, pero era evidente que el bulldog estaba decidido a defender su posición hasta la muerte, o al menos hasta que Trahearne escanciara cerveza fresca en el oxidado tapacubos de un Hudson. Con el hocico sumergido en su tónico matutino, el perro no nos prestó la menor atención mientras subíamos al vehículo y retirábamos la capota, pero, en cuanto nos alejamos, dio un vistazo a las puertas cerradas del local de Rosie y nos siguió al trote carretera abajo, con un jodido y resuelto balanceo, como si supiera que estábamos en posesión de las únicas cervezas antirresaca del domingo por la mañana en todo el norte de California, como si tuviera la intención de agarrar el Cadillac por el neumático trasero y soltar las botellas de una sacudida. Aminoré la marcha para vigilar sus movimientos.
—Ese estúpido hijoputa no tardará en abandonar—predijo Trahearne cuando habíamos recorrido ochocientos metros.
Tal vez eso es precisamente lo que define a los hijos de puta estúpidos: que nunca se rinden. Doscientos metros más adelante, detuve el vehículo para esperar al bulldog. El animal nos alcanzó, irascible y sediento. Trahearne abrió la portezuela, lo dejó entrar y le dio una cerveza. Fireball volvió el hocico con displicencia y se encaramó al asiento de atrás, donde se acomodó en una pose de gran dignidad, esperando como un estirado millonario a que el chófer reanudara el avance. Así lo hice. Sus carrillos temblaron con el arranque, y pareció disfrutar del sol y el paseo dominical.
—Sólo le falta pedir un puro—gruñó Trahearne.(…)
 
(Página 90 de la edición reciente de RBA)
Como le sucede a todo el mundo, yo había visto demasiadas películas. Me esperaba que la casa de Hyland fuera una finca majestuosa, una fortaleza con unas paredes muy altas y una puerta maciza protegida por un par de hombres con armas automáticas, pero era sólo una casa de obra vista, en una parcela de las afueras, rodeada con una valla metálica de poco más de un metro. Al lado de la puerta había un hombre, pero la puerta estaba abierta de par en par y el hombre, con el cuerpo apoyado contra un pilar, era evidente que era presa del aburrimiento. Al iluminarlo con nuestros faros al pasar lo identifiqué como el hombre que había estado tomando café en un área de descanso de camiones en Sheridan, en Wyoming. Incluso como guarda tenía aspecto de camionero, con esos ojos legañosos, los pies hinchados y la picazón de las hemorroides. Yo, en cambio, llegaba vestido para la fiesta, engalanado de mercenario con unas botas de la jungla y un uniforme de faena atigrado, incluso con la cara maquillada de negro como un combatiente nocturno y armado hasta los dientes, con un cuchillo de combate Ka-Bar atado con una correa a la pantorrilla, una S&W Airweight del 38 en una pistolera en el hombro y el Colt Woodsman del 22 con silenciador en la cintura.
Al pasar por delante de la puerta de la casa de Hyland, Trahearne rió y preguntó:
—¿Estás preparado para arrasar, amigo?
—Siempre a punto—dije—, ése es mi lema.
Él se burló:
—Eso es cosa de boy scouts.
Antes de que pudiera contestarle, Stacy dijo:
—Está celoso porque él no lleva uniforme—y así hizo callar a Trahearne.
 
(Página 232 de la edición reciente de RBA)
 
El último buen beso (The Last Good Kiss), excepcional novela negra con ecos románticos y estructura itinerante, que recorre territorios americanos etílicos sembrados de almas en pena, es una obra de gran amargura que aparece preñada de ironía, cinismo, soledad y miserias humanas. De un fatalismo muy doloroso. Cada giro de la trama aumenta el malestar hasta alcanzar un tramo final devastador que borra cualquier amago de felicidad. Un destino inevitable porque la condena ya estaba escrita para estos personajes intrigantes, nada unidimensionales y cuya naturaleza, a veces muy oscura, iremos descubriendo para nuestra fascinación.
 
Crumley, cuya prosa es afilada y elegante, introduce elementos simpáticos como Fireball, el bulldog aficionado a la cerveza, o la complicidad de borrachín incorregible entre el detective y el hombre al que busca y encuentra (y con el que inicia un viaje de placer de contornos casi alucinógenos), pero luego prende fuego a todo y golpea duro. Te pone cómodo y luego te mata. Su crueldad no es moco de pavo, no.

Un pensamiento en ““El último buen beso”, de James Crumley

  1. Hola, Max. No vengo a hablarle de la novela, que no la he leído (no soy un gran lector de novela negra, la verdad), sino a decirle que echo de menos un canal más privado que el focoforo para intercambiar impresiones con usted. ¿tiene usted facebook?

    Un saludo.

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