“Criss Cross”

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Criss Cross (1949) / Director: Robert Siodmak

Un plano general aéreo de la ciudad, acompañado por la poderosa música de Miklós Rózsa, nos acerca a un aparcamiento. Se enfoca en primer plano a los dos personajes principales: Steve Thompson (Burt Lancaster) y Anna Dundee (Yvonne De Carlo), los amantes clandestinos que se ven a escondidas y a espaldas del peligroso Slim Dundee (Dan Duryea). Hay un plan medido pero arriesgadísimo que consiste en robar una fortuna transportada en un furgón blindado.

Steve y Anna estuvieron casados y no funcionó. Hasta se advierte algún que otro infierno en el pasado. Ella siempre ha tenido sus miserias morales y ahora está saliendo con un delincuente de mucho cuidado. Él ha regresado a casa, es un buen hombre y sabe que, posiblemente, lo mejor sería alejarse de ella. Sin embargo, su destino parece marcado y se siente atraído implacablemente por esa mujer. El cosmos parece haberse puesto de acuerdo para que la unión se produzca a pesar de los obstáculos.   

Criss Cross (aquí titulada como El abrazo de la muerte) es una de las películas que mejor definen la figura tradicional de la femme fatale, tan básica en el cine negro. El hombre se ve arrastrado por el magnetismo natural de una mujer poco recomendable. Se introduce en una espiral de perdición y ya no hay camino de regreso una vez que trate de escapar con su amada aunque ello suponga cometer un delito. A pesar de las advertencias de su entorno, se rinde ante un destino ya escrito. Y lo que se vislumbra no es nada halagüeño.

Como podéis ver, la situación planteada y desarrollada, aunque participe de las características más clásicas del género, no tiene desperdicio. Estamos ante la enésima revisitación de un esquema exprimido hasta la extenuación. Y la película, digámoslo ya, alcanza con todo merecimiento el rango de obra maestra porque saca un partido intachable de los elementos que maneja con sabiduría infinita.

A saber:

- Los personajes, bien matizados y excelentemente interpretados por un elenco brillantísimo, ejemplifican ciertos comportamientos humanos primitivos y viscerales. Así, tenemos al hombre que es esclavo de un impulso que no puede frenar y que tiene que ver con el amor, el deseo y la pasión; a la mujer de escasos escrúpulos que sólo se tiene en cuenta a sí misma; al villano que se mueve única y exclusivamente por el dinero; y al detective que es incapaz de contener a su amigo, Steve, en su avance por la senda tenebrosa que ha emprendido… Tanto la narración y la puesta en escena como el trabajo de los actores irradian agresividad, pulsiones íntimas, ambiciones imposibles.

- El entorno, el ambiente, la atmósfera, el clima… Utilicemos el término que sea, da igual. Estamos en Los Angeles y es un bar el lugar clave en donde se cuece lo fundamental. Ahí, entre copas, conversaciones de barra y bailoteos con orquesta, se produce el reencuentro entre los amantes y el comienzo de un drama in crescendo. La magnífica escena en la que Steve, petrificado, admira a una sensual Anna mientras baila es completamente representativa y consiste en un momento de pausa tan especial que detiene el tiempo para que nosotros, los espectadores, veamos a esa mujer y comprendamos la fascinación del protagonista. Y no menos destacado es el pasaje de mayor acción de la película: un tiroteo entre la densidad del humo visualmente muy logrado y de crueles implicaciones emocionales.

- La estructura narrativa recuerda de algún modo a otra de las cimas del cine negro: The Killers (1946). En ambas películas, Robert Siodmak usa el recurso del flashback y la voz en off con maestría para ir desvelando las claves y acercarnos al fuero interno. Hay en esta decisión y en su impecable técnica de dirección, elegante y sugerente, un síntoma de modernidad, de apuesta por explorar las formas para que enriquezcan y sirvan al contenido. Una muestra de ello podría localizarse en el juego que ofrece un espejo estratégicamente colocado cuando Steve, postrado en una cama, ve el reflejo de un tipo sospechoso que podría estar atentando contra su vida. Muy Hitchcock, ¿no?

- Y el final, por supuesto. Qué decir de un desenlace seco, cortante, contundente y del todo coherente. Y doloroso, además. Un final con cojones, como debe ser. Sin bajar el pistón ni un ápice.

Una obra maestra que ha soportado extraordinariamente el paso del tiempo y en la que se respira fatalidad por los cuatro costados. Y yo pregunto: ¿Alguien da más?

Valoración (0 a 5): 5

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5 pensamientos en ““Criss Cross”

  1. Ya la vi, y no defraudó en lo absoluto. Creo que lo básico de la trama y lo notable de las interpretaciones la vuelve tan poderosa.
    Tu artículo me encantó y le hace justicia a la peli. En sólo un aspecto difiero un poco y es que creo que la femme fatale en este caso no es una mujer egoísta e individualista, más bien creo que eso se muestra siempre con cierta ambigüedad, y que al fin y al cabo es una mujer cercada por las circunstancias, que quiere escapar de una decisión errada y que realmente ama al protagonista.

    Pero es sólo un pequeño matiz, te mando un abrazo.

  2. Pingback: Robert Siodmak - Criss Cross (1948) » RWarez

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